Budapest expulsa al profeta del Kremlin

La victoria de Magyar revitaliza al Partido Popular Europeo, demostrando que la firmeza en la defensa occidental no es incompatible con el patriotismo, sino la única forma seria de ejercerlo

Peter Magyar ganador de las elecciones ondea una bandera húngaraAlexander Ryumin

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Hungría ha votado, y Europa —por fin— ha exhalado. Este 12 de abril de 2026, los húngaros despacharon a Viktor Orbán al rincón de las reliquias políticas, ese museo imaginario donde ya reposan los caudillos del “patriotismo soberano”, al lado del busto polvoriento de los mitos que juraron “defender la civilización europea” mientras se arrodillaban ante Moscú. Arrestado en su propia caricatura, Orbán creyó durante años que podía ser el Lenin de la ultraderecha: el revolucionario de las banderas, el mesías del pesimismo, el estadista sin Europa. Hoy, la urna lo ha devuelto a la categoría de recuerdo incómodo.

Péter Magyar —quien hasta hace poco era para los ortodoxos del “orbanismo” poco más que una tecnócrata sin carisma— ha demostrado que el liberalismo conservador, cuando se saca el acomplejado miedo de encima, puede ser no sólo moralmente superior, sino electoralmente irresistible. Su victoria no fue solo contra un hombre, sino contra un modelo de política: la del ruido, el victimismo y la geopolítica de rodillas ante Rusia.

El terremoto húngaro resuena en Bruselas y, de modo particular, en el eurogrupo Patriots. Ese club de naciones cabreadas que a falta de ideas decidió hacer del Kremlin una fuente de inspiración moral. Qué espectáculo verlos esta noche masticando banderitas y relamiendo su fracaso. Abascal, Le Pen, Salvini y compañía repiten como autómatas que “Bruselas impuso su voluntad sobre el pueblo húngaro”, cuando la realidad —siempre tan dañina para los conspiranoicos— es que el pueblo húngaro simplemente se cansó de vivir en una parodia de soberanía.

Por años, esa cofradía de la nostalgia nos vendió el cuento de que Europa debía ser “una fortaleza cristiana” frente a los valores liberales. ¿Y quién custodiaba la fortaleza? Pues Vladímir Putin, el apóstol de todos los antimodernos. Qué romántico: soñar con una cruzada continental financiada por Gazprom. Pero los tiempos cambian. Hoy, su supuesto bastión oriental ha sido reconquistado por el viejo enemigo que tanto despreciaban: la Europa democrática, occidental y atlantista.

La victoria de Magyar revitaliza al Partido Popular Europeo, demostrando que la firmeza en la defensa occidental no es incompatible con el patriotismo, sino la única forma seria de ejercerlo. Los patrioteros del Patriots pensaban que la bandera bastaba para ocultar la mediocridad, pero resulta que hasta el nacionalismo exige un mínimo de competencia y decencia. El votante húngaro, acostumbrado ya al teatro autoritario, ha cambiado el atrezzo por el contenido.

Y mientras los demagogos del sur aplauden con melancolía los restos de Orbán, Europa da un paso al frente. La derecha sensata vuelve a marcar el paso, y lo hace con elegancia: bandera en la mano, pero brújula en dirección a Occidente.

Orbán se marcha como llegó: creyéndose eterno. Pero la eternidad, en política, pertenece solo a las ideas que no se venden a la propaganda. El suyo fue un proyecto de simulacro, una ópera bufa de “valores tradicionales” cuyo libreto estaba escrito en cirílico y cuyas ovaciones llegaban desde el despacho equivocado. Se fue el profeta del Kremlin y, con él, se desinfla el aire viciado de tantos falsos patriotas que, por fin, tendrán que aprender a vivir sin manuales rusos ni subvenciones populistas húngaras.

Hungría ha votado por Europa. Y al hacerlo, ha recordado a todo el continente que el patriotismo auténtico no consiste en gritar más fuerte, sino en defender con serenidad lo que nos pertenece: la libertad, la ley y el sentido común.