opinión
Tradiciones y falacias
Que una actividad se lleve realizando desde hace mucho tiempo, no la convierte, per se, en algo positivo o merecedor de continuidad

(Archivo) Concurso de Tiro y Arrastre
Cuando tenía 8 años mi tío me llevo a ver un concurso de tiro y arrastre. Tuve que marcharme, llorando y con un dolor en el pecho que me impedía respirar.
No entendía cómo a aquel caballo al que habían enganchado a un carro repleto de sacos de arena, le pegaban por no arrastrarlo.
¿No veían que el animal no podía con tanto peso, menos todavía, con las patas hundiéndose en la arena?
En lugar de ello, le insultaban y le golpeaban de forma furibunda con una vara.
Décadas después, en un debate sobre esta actividad, me dijeron que aquel recuerdo de infancia era algo alejado de la realidad. Que a los caballos ya no se les pegaba y se les trataba muy bien.
Ante las dudas que nos generó esa afirmación, un amigo y yo decidimos comprobar si era cierta y estuvimos documentando diversos concursos, en diferentes municipios.
La realidad es que poco había cambiado el recuerdo que yo tenía de mi infancia, salvo que la música que acompaña estos actos incluye reguetón.
Así que hoy, todavía menos, soy capaz de entender cómo en la actualidad no solo se permite, si no que se sigue promocionando y financiando desde las administraciones públicas esta barbarie.
Sin ir más lejos, este fin de semana, se ha llevado a cabo en Náquera un concurso de tiro y arrastre.
El Ayuntamiento lo justificaba en sus redes sociales aludiendo a dar continuidad a una supuesta tradición que en el municipio tenía un arraigo de tres años con una brecha de 20 (solo habían tenido lugar exhibiciones los años 2004, 2005 y 2006).
También se aseguraba la integridad de los animales, supervisada por la Federación de Tiro y Arrastre, una organización presente en diversos concursos denunciados por incumplir su propio reglamento.
No hace falta imaginar con cuanto “amor y respeto” se trata en el tiro y arrastre a los animales, que su reglamento debe especificar el número máximo de varazos o dónde no se les puede dar puñetazos a los caballos. Toda una demostración de lo normalizada que está la violencia en esta actividad.
No obstante, este anuncio del Ayuntamiento, además de cinismo, pone de manifiesto dos cuestiones.
La primera, la utilización de la tradición (en casos como éste, además de forma falaz) como pretexto para defender aquello falto de ética para lo que no hay otra justificación, más allá del beneficio los interesados.
Dado que, que una actividad se lleve realizando desde hace mucho tiempo, no la convierte, per se, en algo positivo o merecedor de continuidad. De hecho, es probable que ya no tenga encaje en una sociedad que ha evolucionado y que considera que, maltratar a los animales por diversión es inaceptable.
La segunda cuestión es la necesidad del Ayuntamiento de Náquera de vender que no se maltratará a los animales, que nos vuelve a llevar al punto anterior. La ciudadanía de forma mayoritaria rechaza el maltrato animal.
Sinceramente, no sé en qué piensan quienes nos gobiernan cuando promueven y destinan recursos a este tipo de actos, crueles, brutales y minoritarios, que no aportan nada positivo al conjunto de la sociedad.
Imagino que, o deben recibir algún tipo de compensación a cambio, o temen oponerse a quienes hacen de la violencia un modo de diversión y de negocio.
Además de demostrar una falta de empatía absoluta y una gran desalineación con el sentir social mayoritario, que sí ha evolucionado y ha incluido a los animales en su círculo de consideración moral, a pesar de que algunos desearían lo contrario.
En cualquier caso, y pese a que cuando conocí estos hechos tengo que reconocer que sentí abatimiento, saber que esta actividad de maltrato animal institucionalizado, que hace apenas unos años era prácticamente desconocida no pasa ahora desapercibida y es ampliamente rechazada, pese a los intentos de blanquearla, me reconforta.
Porque esto sólo significa una cosa. Que los movimientos que se oponen a la pérdida de un privilegio, en este caso, tratar a un animal como un simple instrumento con el que hacer lo que se desea, sin importar sus intereses básicos, son únicamente una reacción ante aquello que se avecina inevitable.
Y aunque los golpes a cada caballo nos duelen, llegará un día en que nadie podrá obligarles a tirar de carros cargados de sacos de arena.