el faro de motes
¿Multar a Cáritas? Ya puestos, también al Pare Jofré
Si ayudar a personas vulnerables se convierte en sospechoso, igual convendría ir ampliando la lista: parroquias, ONG, voluntarios… y ya que estamos, hacemos una redada teológica completa
Imagen de colas junto al Ayuntamiento de Valencia coincidiendo con el arranque del nuevo proceso de regularización de inmigrantes.
Los dos motores sociales de la movilización social son la esperanza y la ansiedad, el temor, y esto segundo es lo que, como percepción aprovechable por algunos, generan ya las colas del miedo, las interminables aglomeraciones de inmigrantes que viven aquí y que buscan certificados de vulnerabilidad y de empadronamiento a las puertas de nuestros ayuntamientos.
Estoy seguro de que ya hay ciudadanos tomando nota de ese “efecto invasión” que ha provocado Pedro Sánchez haciendo un enorme favor a Vox. Ahora mismo la huelga educativa quita el sueño en el Consell —como es lógico—, pero el pequeño detalle de que la inmigración vaya a ser, junto a la vivienda, el gran campo de batalla político de los próximos años parece generar bastante menos insomnio. Y es curioso, porque ambas cosas van de la mano, hasta el último informe de la Cátedra Observatorio de la Vivienda de la UPV lo detecta: más gente, menos casas, más tensión. Más personas, menos camas, menos ayudas… No hace falta un doctorado para verlo. Incluso la huelga educativa tiene una vinculación al fenómeno migratorio. En esta legislatura la Administración valenciana ha tenido que contratar a 5000 maestros más, por el crecimiento demográfico, y eso ha vaciado las arcas del Consell, a decir del propio gobierno.
El caso es que, mientras tanto, el debate migratorio se desliza entre la consigna gruesa. PP y Vox han decidido competir en ese terreno pantanoso donde la “prioridad nacional” suena muy bien en un mitin, pero empieza a hacer aguas en cuanto alguien abre un código legal. Los debates de brocha gorda son perniciosos. En ese mismo espacio se mueve Mónica Oltra con sus referencias al “hombre blanco depredador”, aunque con un pequeño problema de coherencia doméstica que, en su caso, con un ex en Picassent, conviene no olvidar.
Pero vayamos al núcleo del asunto: la brillante idea de sancionar a quienes “fomenten” la inmigración irregular. Y aquí surge la pregunta incómoda, casi de primero de catecismo: ¿multar a Cáritas? ¿En serio? ¿Y por qué no a la Cruz Roja? ¿O por qué no descolgar la imagen del Pare Jofré, defensor de “folls i innocents”. Porque claro, si ayudar a personas vulnerables se convierte en sospechoso, igual convendría ir ampliando la lista: parroquias, ONG, voluntarios… y ya que estamos, hacemos una redada teológica completa.
Incomoda, la verdad, ver cómo partidos que se reivindican herederos —en mayor o menor medida— del humanismo cristiano entran en este tipo de derivas. Unos lo llevan en el ADN discursivo, otros lo citan de forma más elegante y secularizada, pero ambos parecen coincidir en que, llegado el caso, la caridad organizada puede pasar de virtud a infracción administrativa. Una reinterpretación bastante audaz del Evangelio, todo sea dicho.
Luego está el pequeño detalle de la realidad. Esa que suele estropear los buenos eslóganes. La “prioridad nacional” no es que sea discutible: es que, directamente, no cabe en el marco jurídico actual. No se puede montar un sistema sanitario solo para nacionales sin saltarse unas cuantas leyes por el camino. No se puede negar atención básica sin estrellarse contra la Constitución.
El arquitecto de esta deriva para la derecha es Pedro Sánchez, practicando ese deporte tan suyo de prometer acogida sin presupuesto
El PP endurece el tono lo justo para que no le adelanten por la derecha, pero sin comprometerse demasiado con medidas que luego habría que explicar ante un juez. Una estrategia cómoda… hasta que deja de serlo. Porque en algún momento habrá que aclarar si se está en el terreno del titular o en el de la política real. Como decía, el arquitecto de esta deriva para la derecha es Pedro Sánchez, practicando ese deporte tan suyo de prometer acogida sin presupuesto. Se lanza el mensaje humanitario —que queda estupendo— y luego se pasa la factura a comunidades autónomas y ayuntamientos, que bastante tienen con cuadrar cuentas. Es el niño del patio dueño del balón, el cuñado rácano, el que invita a la fiesta... en casa de los demás. Solidaridad, sí; financiación, ya tal. Un clásico.
Al final, la pregunta no es ideológica, sino casi de sentido común: ¿alguien tiene un plan que vaya más allá del titular fácil? Andalucía y Madrid, con todos sus matices, han empezado a poner ciertos límites a las ocurrencias más extremas. Aquí queda por ver qué se hace. Y, sobre todo, qué decide el President.
Porque una cosa es endurecer el discurso y otra muy distinta empezar a poner multas… a quien da de comer.