OPINIÓN
Por una ciencia en mayúsculas

Cruelty Free International / Carlota Saorsa
Hace justo 5 años el mundo se estremecía ante las imágenes que una trabajadora de una empresa dedicada a la experimentación animal, con sede ubicada en Madrid, hizo públicas. Perros desangrándose, ratones a los que se extrae sangre directamente de los ojos, sin anestesia, conejos con la columna partida sobre los que se sigue experimentando, eutanasias sin sedación previa… Y, por si esta atrocidad no fuese suficiente, tratos vejatorios, insultos y violencia también verbal hacia los animales.
Cuerpos inmovilizados, jaulas metálicas, suelos desnudos, temblores, vómitos, convulsiones, dolor… Ojos que se salen de las órbitas como consecuencia del terror, miradas que imploran una clemencia que nunca llegará y desesperanza dibujada en sus rostros. Un sufrimiento físico y psíquico insoportable que debería avergonzarnos.
Una crueldad sostenida en el tiempo durante meses o incluso años, dependiendo del experimento y de lo que el animal sea capaz de soportar. Hasta que llega la muerte. Como consecuencia del propio experimento o como punto final al mismo. Esa muerte con que termina el infierno que otro heredará.
Este es el horror que destaparon unas imágenes que consiguieron superar las estrictas medidas de seguridad que caracterizan a estos centros de experimentación, donde, amparados por la confidencialidad y la opacidad, lo que les ocurre a los animales utilizados como instrumentos sobre los que realizar todo tipo de barbaridades en el nombre de la ciencia queda oculto.
Han pasado 5 años, y a esos animales les han sucedido en su macabro destino un número de iguales imposible de conocer. Pese a las imágenes, ningún animal fue rescatado.
Tampoco el escándalo y el procedimiento judicial, todavía abierto, han impedido que Vivotecnia, la empresa en cuestión, reciba millones de euros de nuestros impuestos en contratos.
La experimentación con animales es una de las cuestiones más aberrantes, degeneradas y perversas que sostiene la ciencia.
Su justificación se basa en la absurda contradicción de que experimentamos con animales porque consideramos que tenemos tanto en común con ellos que los resultados obtenidos pueden ser extrapolables a las personas; sin embargo, no reconocemos sus intereses propios y derechos básicos porque les consideramos diferentes a nosotros.
La realidad es que cada vez más voces dentro del ámbito científico apelan al freno que la experimentación en animales supone en los avances científicos. En medicamentos, por ejemplo, los ensayos con animales suponen un largo proceso del que ni siquiera un 15 % de los experimentos son válidos para pasar a la fase de ensayos clínicos con humanos.
Por no incidir en los fármacos que se habrían descartado por resultar tóxicos en los modelos animales seleccionados, como la penicilina, o los que dieron “buenos” resultados en animales y resultaron nefastos para las personas, como la talidomida.
Porque cuando se experimenta con animales, se experimenta con animales sanos. A estos animales se les hace enfermar y se les obliga a vivir en ambientes aislados. Esto explica que la realidad de la evolución de nuestras enfermedades sea distinta.
Si a ello sumamos que existen diferencias entre las características anatómicas, fisiológicas y patológicas de las diferentes especies, de modo que la extrapolación de resultados no se puede predecir con antelación hasta que se hacen pruebas con humanos, estos resultados son esperables.
Sin embargo, la resistencia al cambio que, paradójicamente, impera en el ámbito científico, la necesidad de seguir determinados métodos para conseguir publicaciones, financiación y prestigio, además de los intereses económicos creados alrededor de la utilización de animales, prevalecen sobre la ética y, aunque sea paradójico, sobre la propia ciencia.
Cinco años después de que esas terribles imágenes vieran la luz, las últimas estadísticas publicadas, de 2024, nos dicen que casi 900.000 animales fueron utilizados durante ese año solo en nuestro país. Ratas, cobayas, perros y gatos, entre otras especies. Más de 22.000 de ellos murieron directamente como consecuencia de las pruebas y casi 70.000 sufrieron daños severos. Más de 12.000 fueron “reutilizados” en diversos experimentos.
Sin embargo, mientras más investigadores reclaman financiación para desarrollar, mejorar y extender nuevos métodos éticos, nuestro Gobierno sigue sin destinar recursos a hacerlos posibles. El 24 de abril se conmemora el día del animal “de laboratorio” para visibilizar y recordar el infierno que viven todos esos miles de millones de inocentes que, en el nombre de la ciencia, cada año son torturados en todo el mundo, la mayoría en repetidos, innecesarios y desatinados ensayos.
Ojalá no tarde en llegar el día en que la ciencia lo sea en mayúsculas y todas las jaulas queden vacías.