Opinión
El factor valenciano de Análisis Relevante
La condición de empresario, desde los parámetros de la cultura empresarial, no tiene nada que ver con la configuración humana y "profesional" de esta caterva de aprovechados.

El empresario Julio Martínez
Intuyo que el Estado profundo, en esta ocasión, sí que ha estado rápido alertando a tiempo a José Luis Rodríguez Zapatero de los registros que se le venían encima, por eso habrá logrado paliar el efecto de la acción policial sobre el terreno y quizá por ello ZP se manifestaba, en la misma mañana de la Operación Tíbet, confiado en su inocencia. Sin embargo, un alicantino puede ser la clave de la caída del expresidente y perejil de todas las salsas, desde la paternidad política de Diana Morant al apoyo incondicional a la candidata Montero, pasando por el asesoramiento áulico al presidente del Gobierno: al tal "Julito", el valenciano de Elda Julio Martínez, presunto corruptor y líder de la famosa "Análisis Relevante", le han preguntado qué tenía en los discos duros de sus sociedades intervenidas y ha respondido algo así como "había de todo". Todo esto son imaginaciones mías, no se crean.
A veces los medios identifican a quienes —como el presunto corruptor Julito— pululan alrededor de la corrupción como "empresarios", y es sobre esto sobre lo que me gustaría abundar. La condición de empresario, desde los parámetros de la cultura empresarial, no tiene nada que ver con la configuración humana y "profesional" de esta caterva de aprovechados, de todo signo siempre, pero ahora, con más afición, vinculados al Partido Socialista. Un empresario no es simple y llanamente quien posee un negocio o figura en un registro mercantil. Ser empresario es una identidad construida sobre un conjunto de valores, actitudes y comportamientos que una sociedad —o una comunidad de negocios— reconoce y legitima como propios del mundo de la empresa. Aquí se combinan la creación de valor, la toma de riesgos, la visión y la construcción de cultura. Nada de esto son esta banda de pillos que han hecho del bandidaje una forma de vida.
En este sentido, creo que hay dos tipos de patronos en España y en la Comunitat Valenciana. El que existe en la imaginación de Belarra y sus cofrades —explotador en serie, enemigo del planeta y del proletariado— y el que uno se encuentra cuando sale a la calle a hablar con ellos o cuando ha de relacionarse con la patronal desde un punto de vista profesional. El segundo resulta bastante más aburrido para el relato: le preocupan el empleo de calidad, la sostenibilidad, la igualdad y la inmigración legal. Eso último no es "papeles para todos"; es asumir, con frialdad contable, que la crisis poblacional también vacía las plantillas.
Llegados a este punto y a la vista del clima social y político —huelgas educativas, corrupción, politización de la justicia—, lo que realmente preocupa al empresariado valenciano, al grande y al pequeño, es la polarización. No tanto las ocurrencias de los extremos —esas tienen fecha de caducidad—, sino la crispación estajanovista que cultivan con devoción los partidos mayoritarios, incapaces de pactar absolutamente nada. PP y PSOE, que en Andalucía, por ser el último ejemplo conocido, han competido por arrastrar a los extremos al centro y lo que han hecho es alimentarlos. Sobre la polarización hay ahora mismo un intenso debate que consiste en averiguar si lo que está haciendo Pedro Sánchez es llevar al matadero a sus ministras —Montero, Alegría o Morant, "la niña de ZP"— para que, a una sola vuelta y en las generales de 2027, las izquierdas territorializadas y lo que quede del partido que fundó Pablo Iglesias logren parar la tendencia hegemónica conservadora.
Para combatir la crispación y la polarización hay que trabajar, cohesionar y sumar. Históricamente, la CEV —la patronal valenciana—, en los últimos años viene haciendo un sufrido trabajo para vertebrar esta tierra alargada. Cuando, por obligación, nuestros empresarios tuvieron que asumir el modelo autonómico —a la fuerza ahorcan y la operación rescate en Alicante permitió esta oportunidad—, su mayor desvelo fue, efectivamente, cohesionar una realidad inconexa y pseudocantonalizada. Inexistencia de red patronal al norte, máxima organización en el centro con sus realidades comarcales especializadas y, al sur, los reinos de taifas conocidos en las "8 Alicantes" posibles.
Ahora el reto de los empresarios radica en romper las reglas del juego de la polarización, un empeño, si quieren, ingenuo, pero no imposible. Se trata de empezar. Francamente, opino que el fin de los Montescos y los Capuletos llegará cuando la calle lo reclame por agotamiento, cuando la sociedad civil diga basta. La CEV y los sindicatos —sí, juntos, Belarra— han dado el primer paso. Han demostrado que cuando la sociedad civil se pone de acuerdo, hasta el ministerio sella la carta. Ha sucedido con la necesidad de que esta autonomía pueda incrementar su endeudamiento para solucionar la tragedia de la dana en una tierra infrafinanciada. El president Llorca se dio de bruces con la pared del no administrativo, incluso ante un moderado como Arcadi España. En definitiva, la pregunta es si alguien se atreve a pedirles a los dos grandes que firmen unos mínimos de convivencia institucional. Nadie parece dispuesto todavía.
La polarización es lo que impide el agotamiento de los plazos legislativos, la normalidad institucional y la gestión de un calendario electoral razonable. El president Pérez Llorca deshoja la margarita porque seguramente su dilema está entre lo malo y lo peor. Los empresarios ya avizoran elecciones; no en vano, sus equipos trabajan con hipótesis y en su ADN está anticipar las crisis, si no, no serían empresarios. Y aquí auguran elecciones anticipadas en la Comunitat, pasada la dana y antes del siguiente lío. El president Llorca, que como Juanfran es más Juanma que Isabel, parece haber optado —también está en su ADN— por el perfil andaluz en el debate entre si la clave del futuro del PP está en el estilo de Moreno o en el de Ayuso. Como me decía el otro día Paco Marhuenda, cada casa es un secreto. Para nuestra comunidad, con Vox instalado a perpetuidad, la respuesta debería ser obvia. Aunque lo obvio, en política, siempre es lo último en llegar.