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el faro de motes

Luis Motes

Luis Motes

Periodista

Ojo al autogolpe

Sánchez siempre tiene un plan. La estrategia es la tensión, la movilización, la única que puede sacar a los votos de izquierdas de sus cuevas de vergüenza en las que les ha metido su líder

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente.

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente.Europa Press

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Aunque la realidad se explica mejor con sencillez, a los periodistas nos gustan las conspiraciones porque adornan los argumentos que construimos para entender la verdad. Estaríamos, en ese caso, a medio camino entre lo simple y la elucubración. 

Fernando Giner, el ex de Ciudadanos que ahora disfruta de las mieles de la vuelta a la vida civil, suele compartir sus miradas largas. Es Giner expolítico sin puertas giratorias ni lobbys tras el dinero público, ha hecho la vuelta a casa dedicándose honradamente a lo que sabe hacer, a lo que hacía antes de aventurarse en la procelosa política. Sus miradas, como digo, suelen anticipar cosas que acaban sucediendo, como los posos del café. Me ha sucedido ya en dos o tres ocasiones con él. La última sospecha compartida es que nos está sucediendo algo, pero que aún no lo sabemos. Que nos estamos perdiendo algo. Yo pienso lo mismo. 

Si un naviero valenciano, sin perspectiva de retorno financiero, invierte en la nueva TDT española, un nuevo canal de TV, algo pasa. La televisión no es negocio, al menos no directamente. Montar una cadena de televisión tiene otros objetivos, más cercanos al control del mensaje. La pantalla requiere de importantes desembolsos tecnológicos, una sideral inversión en talento y el obligado y oneroso coste de la mano de obra. Y no es tierra de ebitdas. Así que los movimientos que apunta Giner, y que aprendo a mirar, forman parte más bien del proyecto antídoto del sanchismo. El antibiótico anti golpista de Sánchez.

A las puertas de la visita de León XIV a España, que será un remanso temporal de paz y un bálsamo episódico para el Gobierno, el ejecutivo y el PSOE atraviesan la crisis más profunda de las últimas décadas. Los casos de corrupción se acumulan en el entorno del presidente, joyas, oro, petróleo, prostitutas, un watergate sanchista con complicaciones carnales, uso de las cloacas y de las estructuras de seguridad para fines propios, una kitchen en sentido inverso, en definitiva. 

La derecha, que es bastante ingenua en múltiples ocasiones, la derecha sociológica digo, anda eufórica y se realimenta el fenómeno festivo porque hasta los medios genéticamente progresistas empiezan a exhibir extraños malabarismos editoriales: reperfilamientos en la prensa escrita y alineamientos empresariales de grupos editoriales con televisiones públicas conservadoras, movimientos inopinados en la radio líder con el desplazamiento de los elementos más incómodos para la derecha y los gobiernos PP-VOX en las autonomías. Algo se mueve en el ecosistema mediático, y no precisamente a favor del PSOE de Sánchez.

Algo se mueve en el ecosistema mediático, y no precisamente a favor del PSOE de Sánchez

Al mismo tiempo, una marea azul barre Occidente, la gente vuelve a las iglesias y la derecha celebra. Se diría que se ha configurado un escenario ideal para el cambio político en el país y hay pocos que piensen que no se va a producir, ni siquiera aquellos que pueden ser relevados del poder. Y, sin embargo, algo flota en el ambiente que nos hace sospechar que no todo el pescado está vendido. Y no es fatalismo, es simplemente que la derecha, que nunca ha sabido muy bien qué hacer con sus victorias, suele malbaratar en España los escenarios favorables, se pierde en su funesta política de recursos humanos y sigue sin encontrar intelectuales que traduzcan ese estado de ánimo en relato hegemónico. 

En definitiva, no son grandes expertos en movilizar ni en construir una narrativa eficaz, por complejo o porque no contratan a los mejores. Es su debilidad histórica, y Sánchez la conoce. Y es que Sánchez tiene un plan. Un plan que venía de lejos y que ha madurado cuando se fue a recogerse bajo la capa protectora del Santo Padre el día que la Guardia Civil registraba la sede de su partido. Porque Sánchez siempre tiene un plan. Como escribió Gramsci, "la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer". Sánchez ha leído bien esa frase, aunque probablemente en sentido inverso: si lo viejo no termina de morir, hay que mantenerlo en soporte vital con la tensión permanente. Y es la tensión, estúpidos.

La estrategia es la tensión, la movilización, la única que puede sacar a los votos de izquierdas de sus cuevas de vergüenza en las que les ha metido su líder. Es elevar el voltaje hasta que el país sienta que está al borde del abismo. Ya están en ello, denunciando una conjura, Óscar Puente y cía, una campaña combinada, aznaresca. Jueces conspiradores, guardias civiles hostiles, empresarios reaccionarios, un estado profundo dispuesto a aplastar las libertades. Y la guinda conceptual, el “golpe blando”, ese relato tan útil como inverificable. Porque la izquierda, a diferencia de la derecha, sí sabe movilizar. Lo ha demostrado con el 11M, con el metro, con la DANA. Con la huelga educativa en la Comunitat Valenciana, ese trasunto político que, tras una campaña a las elecciones sindicales de las potentes organizaciones del sector, oculta un castigo a la clase media y a la derecha. La izquierda tiene externalizada la máquina catalizadora a de votos en sindicatos, organizaciones feministas, ecologistas, culturales. Tiene músculo. Y el sanchismo sabe convertir cada crisis en combustible electoral.

Además, para los eufóricos, resulta que el suelo socialista es amplio y mullido, especialmente en la Comunitat, donde la DANA les devolvió oxígeno y las casas del pueblo siguen abiertas en cada localidad. No es baladí, como digo, la aparición de una nueva TDT con accionistas tan identificables como Adolfo Utor. El plan, en definitiva y llegado el momento, tras los meses de reconocimiento y desgaste de los gobiernos autonómicos PP-VOX, es que votar a Sánchez parezca el mal menor para frenar a los golpistas. Construir una ficción en la que las fuerzas fácticas amenazan las libertades y el estado de bienestar, mantener el cabreo constante, alimentar el miedo. Que los golpistas existan o no, eso es lo de menos

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