De robustez y resiliencias varias
Afortunadamente buena parte de los jueces y fiscales españoles se mantienen incólumes en los principios que juraron en su toma de posesión tras una exigente oposición a la plaza. Una suerte de juramento hipocrático propio

Universidad Politécnica de Valencia
Mi abuelo Lucas, que ejerció profesionalmente de abogado y añadía a su formación la de filólogo y doctor en teología por la Universidad de Comillas, sostenía que, en rigor, la condición de deleznable corresponde exclusivamente a los materiales que presentan estructuras fácilmente quebradizas, por mucho que en su época se hubiera extendido la versión coloquial, aplicable a personas y cosas, de baja calidad, poco confiable y finalmente despreciable. Poco amigo de florituras verbales, forjó su reputación en los juzgados, en el manejo estricto de los hechos y eligió siempre este método y estrategia para batir al contrario con éxito.
En el clímax del eufemismo, el relato, las medias mentiras y las verdades a medias que nos está tocando vivir, hasta la justicia y sus procedimientos parecieran verse contaminados por esa subversión de la opinión interpretativa frente a la realidad y los datos. Afortunadamente buena parte de los jueces y fiscales españoles -de la instancia que resulte- con la permanente carencia de medios materiales y personales y la abusiva acumulación de expedientes que, pese a ellos, evidencian un retraso insoportable de los procesos, se mantienen incólumes en los principios que juraron en su toma de posesión tras una exigente oposición a la plaza. Una suerte de juramento hipocrático propio.
Mi padre José María, que se formó en ciencia jurídica en Deusto y se licenció en Salamanca en Derecho, optó luego por oposiciones generales del Estado y se desarrolló ejerciendo responsabilidad pública primero durante la dictadura, luego durante la transición y finalmente en la autonomía de nuestra Comunidad Valenciana y alcanzar la jefatura territorial en Alicante hasta su jubilación.
Fiel a la tradición familiar y siempre atento a la actualidad, me advirtió en cuanto escuchó por primera vez el uso descontextualizado del concepto de “resiliencia”. Me hizo revisar mis apuntes de resistencia de materiales, las clases de Jaime Llinares, Miguel Pecourt y Juan Manuel Valiente, y las características de ductilidad y capacidad de deformación sin romper y de recuperación de algunos de ellos. Los que denominamos elásticos o plásticos, en los que la ecuación ductilidad más tenacidad disipa energía y previene daños irreparables. Una suerte de amortiguación o de prevención paliativa, que me inclina a apostar por la incómoda tenacidad más que por la confortable resiliencia.
Desde que oí al ingeniero y vicerrector de la UPV Eugenio Pellicer clamar por la robustez a propósito de la reconstrucción tras la DANA, he comprendido la importancia de esa capacidad que una estructura -no necesariamente física- debe tener para resistir fallos sin colapsar. He entendido en algún lugar -quizás una respuesta sencilla y genérica de la IA- que la robustez podría ser definida como “capacidad de soportar cargas y deformaciones sin quiebra, acreditando la estabilidad y seguridad de su propia estructura”.
Con la aparente democratización del acceso a la información y la creciente dificultad en discernir sobre su veracidad, con el vértigo mediático que hace de la noticia -a menudo condensada en un titular llamativo- asunto inmediatamente compartido por la opinión pública, muchas estructuras -también físicas- exhiben una escandalosa ausencia de robustez, no menos llamativa y preocupante en el plano jurídico.
La cosa es que el colapso, tarde o temprano, acaba produciéndose en consecuencia y a ello sigue una vergonzosa búsqueda de justificaciones exculpatorias o, lo que es peor, de terceros culpables que no es otra cosa que un auto incriminatorio “sálvese quien pueda”.
Datos de excelencia y robustez programática. No hay otra.