Opinión
Morant y el alcalde que robó
Morant lleva una temporada cavando con una eficiencia admirable en la sima de su propio descrédito, y esta semana ha vuelto a demostrar que no es un accidente: es método. Aquí, antes que la honradez, va el carné. Antes que la verdad, la tribu. Es aquello de "queremos a Perón aunque sea un ladrón"

La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades y secretaria del PSPV-PSOE, Diana Morant
En el pueblo de mi familia metieron en la cárcel al alcalde, básicamente por robar. Pero los más acérrimos seguidores del primer edil defendían al preso: "ací no ha furtat". En el ambiente hay una hegemónica tendencia a sobreponer la ideología a la razón, y esto es insoportable. Este domingo, día de San Luis Gonzaga, arranca el verano con una ola de calor. En el ámbito político y social sube el termómetro con la mayoría de los sindicatos de la enseñanza retomando las negociaciones con el Consell con la misma disposición con la que uno va al dentista a que no le arranque nada. Vuelven las organizaciones sindicales a la mesa después de una huelga indefinida que empezó en mayo y se suspendió en junio con una ambigüedad que es, en sí misma, un arte. Amenazan con volver en septiembre.
Dicen que viene un otoño caliente. Llevan razón, claro, aunque no por las razones que ellos creen. Lo que ocurre en la mesa de negociación educativa valenciana no es un conflicto laboral al uso. Es teatro político con reivindicaciones de máximos que jamás firmarán, porque firmar acabaría con el espectáculo, y el espectáculo es el fin, no el medio. El principal sindicato educativo no tiene realmente un profundo alcance dentro del profesorado, en realidad hay muy pocos profesores afiliados a las fuerzas sindicales, pero se nos hace creer otra cosa. El STEPV, que es quien lidera las movilizaciones, tiene su genealogía en la tradición anarcosindicalista de CNT y FAI, y en esa escuela la negociación no se hace en los despachos: se hace en la calle, en la pancarta, en la acción directa o en el acoso social a los responsables políticos. El escrache digital del que ha sido víctima la consellera Carmen Ortí es fiel muestra de ello. La consellera sigue con la mano tendida, según pude entender en la conversación que mantuve el miércoles con ella, porque no le queda otra, aunque mi duda es si sabe a quien se enfrenta: activistas de viejo cuño, "duros" sindicales que pretenden conseguir sus objetivos, ahora y ya, a cualquier precio. Con elecciones sindicales en el horizonte, y autonómicas en mayo del 26, la huelga es campaña. Los niños en el aula son, en este cálculo, una variable secundaria.
La ideología sobre la razón, en este episodio de la actualidad, es el hilo que lo cose todo esta semana. Porque mientras tanto, en Madrid, José Luis Rodríguez Zapatero lleva días intentando explicar lo de las joyas y se ha tomado otro tiempo para explicarlo mejor. Da igual lo que diga. Da igual el tono, da igual la declaración, da igual si el Señor Lobo de Ferraz colaboró en la maniobra de confusión aligerando el precio de las alhajas. Hay asuntos que, cuando se convierten en meme, en chascarrillo de bar o de sobremesa, ya no tienen redención posible: date por jodido. Le pasó a Camps con los cuatro trajes de Milano. Le pasa a ZP con las joyas, que es mucho más grave. En ese momento la política ya no importa: el personaje chapotea en el barro y el ciudadano no necesita pruebas, necesita el chiste. Y el chiste ya circula.
Lo peor no es Zapatero. Lo peor es que una ministra de Ciencia -¡de Ciencia!-Diana Morant, alimente el terraplanismo con su habitual puntería. Esta mujer sale a pifia diaria. La candidata Morant ha decidido abonar las teorías conspirativas, señalar la larga mano de Trump en la caída en desgracia del expresidente. Así, sin pudor. Pero que eres el Gobierno, criatura. Como si el problema fuera el mensajero y no el mensaje. Morant lleva una temporada cavando con una eficiencia admirable en la sima de su propio descrédito, y esta semana ha vuelto a demostrar que no es un accidente: es método. Aquí, antes que la honradez, va el carné. Antes que la verdad, la tribu. Es aquello de "queremos a Perón aunque sea un ladrón". En fin, que la ideología es un lujo. El problema es que siempre lo pagamos los demás: los alumnos sin clase, los contribuyentes con el show, y los ciudadanos con ministras que confunden la lealtad con la decencia.