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Tu hijo no es un número

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Tu hijo no es un número

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Esta semana, en miles de casas de toda España, se abre un sobre, o se entra en una aplicación, o se lee un mensaje de clase, y ocurre siempre lo mismo: los ojos van directos al número. Antes de leer nada, antes de ver el nombre de la asignatura, antes de preguntar cómo ha ido el trimestre. El número. Ese que se convierte, de golpe, en el resumen oficial de lo que es tu hijo.

Un cinco. Un cuatro. Un ocho. Y a partir de ahí, la conversación familiar del fin de curso.

Lo entiendo. Lo entendemos todos. El problema no es que existan las notas. El problema es lo que les hemos hecho decir que no dicen.

Porque las notas, tal y como las seguimos usando en muchos centros, miden fundamentalmente una cosa: lo que un alumno fue capaz de reproducir en un examen escrito, en un día concreto, a una hora concreta, después de haber dormido lo que haya dormido y con el nivel de ansiedad que tenga ese día. Y ese examen, en muchos casos, sigue siendo el instrumento con mayor peso en la calificación final: el que vale el sesenta, el setenta, o directamente el cien por cien de la nota. Eso, que en el mejor de los casos es una fotografía borrosa del aprendizaje, se convierte en el veredicto del trimestre.

El problema es que la ley ya no dice eso.

La LOMLOE, en vigor al cien por cien desde el curso 2023-2024, define la evaluación como continua, competencial, formativa, integradora, diferenciada y objetiva. No como puntual, no como memorística, no como reducible a un examen final. La evaluación, según la norma, debe ser un instrumento para la mejora del proceso de enseñanza-aprendizaje, no un tribunal al que comparecer en enero, en abril y en junio.

Y las diferencias por etapa no son menores. En Infantil, la observación directa y sistemática es la técnica principal del proceso de evaluación, orientada a identificar el ritmo y las características de la evolución de cada niño o niña. Las calificaciones no tienen valor acreditativo. En Primaria, la ley pone un énfasis especial en la evaluación continua y formativa, de modo que no se centre únicamente en exámenes finales, sino que se lleve a cabo a lo largo de todo el proceso de aprendizaje. Y en Secundaria y Bachillerato, los criterios de evaluación están vinculados a competencias que, en teoría, no pueden reducirse a un único instrumento.

Porque entre lo que dice la ley y lo que ocurre en muchas aulas hay una distancia que podríamos medir en décadas. Y si esa brecha es llamativa para el alumnado general, para el alumnado ACNEAE —alumnos con necesidades específicas de apoyo educativo— puede ser directamente injusta.

Cada junio hay familias de niños con TEA, con dificultades de aprendizaje, con TDAH, con altas capacidades, con síndrome de X Frágil, entre otros, que reciben un boletín y sienten una frustración muy concreta: en casa sí se lo sabía. Y es que en realidad no lo ha comprendido, lo ha memorizado, pero no lo ha entendido y mucho menos generalizado. Y eso, queridas familias, no es un fracaso de vuestro hijo. Es labor nuestra.

La LOMLOE establece con claridad que el alumnado con necesidades de apoyo educativo tiene derecho a que se cambie la modalidad de evaluación si es necesario: una exposición oral en lugar de un examen escrito, tiempos adicionales, formatos adaptados. La observación, el trabajo diario, la participación y el progreso son datos tan válidos como un examen escrito. O más.

Un niño con TDAH que no ha podido concentrarse durante cincuenta minutos de examen no ha demostrado que no sabe. Ha demostrado que el instrumento no era el adecuado para él. Un niño con dislexia que comete errores en una prueba escrita no está mostrando su nivel de comprensión: está mostrando su dislexia. Y un niño con altas capacidades que saca un seis porque el examen no le ha exigido pensar, sino recordar, está siendo medido con el rasero equivocado.

Esto no es un reproche al profesorado ni mucho menos. La mayoría somos profesionales comprometidos que trabajamos con ratios excesivas, con apoyos insuficientes y con una formación en evaluación inclusiva que el sistema tampoco ha garantizado. Es un reproche al sistema que sigue sin poner los medios para que la ley se cumpla de verdad.

Como docente con más de veinte años en las aulas, puedo decirte algo que quizás se ha olvidado por el camino: no hay un solo instrumento de evaluación que sirva para todos los niños. No lo hay. El examen escrito tiene su lugar, pero ese lugar no puede ser el único ni el que más pesa cuando tenemos alumnado que aprende, razona y demuestra lo que sabe de formas distintas.

Así que cuando abras el boletín esta semana, léelo. Pero no te quedes ahí. Pregunta cómo ha evolucionado. Qué ha aprendido. Qué le ha costado y cómo lo ha superado. Qué necesita para el año que viene.

Porque tu hijo no es un cinco. Ni un nueve. Es mucho más que eso. Y ya es hora de que todo lo que le rodea empiece a demostrárselo.

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