Las condenas del caso Ábalos
El presidente se refugia en la retórica del "respeto a la justicia", pero evita la única frase que un verdadero líder debería pronunciar: "asumo la responsabilidad política".

Pedro Sánchez, durante la reunión del Comité Federal del PSOE
Entre la sorpresa y el desconcierto, las condenas a prisión a Ábalos, Koldo García y Aldama han supuesto un mazazo para la ciudadanía española. Y no me refiero a los votantes de otros partidos, muchos de los cuales se han alegrado y hasta lo han celebrado, sino en general a todas las personas de bien, incluidos muchos de los votantes del PSOE.
La sentencia del Supremo que los ha condenado es mucho más que el cierre de un caso: es el retrato descarnado de cómo se puede pervertir el poder, cuando se confunde el despacho público con los intereses particulares. Veinticuatro años para Ábalos y diecinueve para Koldo por una trama de comisiones, enchufismo y mascarillas, aprovechando la época funesta de la pandemia-pues las condenas han sido por delitos de organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias, según el Alto Tribunal- son incontestables, aunque algunos se refugien en la remota posibilidad de darle la vuelta a la tortilla en un recurso. Ciertamente, no envidio al abogado defensor, menudo palo.
Y, mientras Ábalos y Koldo afrontan penas históricas, Aldama, el conseguidor, esquiva la cárcel gracias a su colaboración con la Justicia, aunque no la condena, que certifica su papel en la maquinaria de la corrupción. La fotografía es nítida: un ministro que aportaba poder, un asesor que ejecutaba y un empresario que financiaba. Se trató, en palabras del Tribunal Supremo, de una organización criminal perfectamente estructurada, que no solo saqueó contratos públicos, sino que ha erosionado -una vez más- la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Lo más inquietante de la reacción de Pedro Sánchez no es el silencio, sino la puesta en escena. Ese gesto calculado de “esto no va conmigo”, mientras el Supremo considera probada la existencia de una organización criminal, nacida en el seno de uno de sus ministerios. El presidente se refugia en la retórica del “respeto a la justicia”, pero evita la única frase que un verdadero líder debería pronunciar en una situación semejante: “asumo la responsabilidad política por haber nombrado y mantenido a quienes hoy están condenados”. Claro que, si pronunciara estas palabras, debería acto seguido dimitir de su cargo, algo que obviamente no está dispuesto a hacer. Sánchez parece creer que con el respeto a la justicia está ya todo dicho por su parte, cuando en realidad éste no es sino un presupuesto básico de cualquier presidente del Gobierno elegido democráticamente, pues en caso contrario se estaría situando por encima y se convertiría en un dictador.
No es, por tanto, nada extraordinario ese respeto, sino parte de las reglas del juego. Sánchez parece creer que la ejemplaridad es un concepto delegable, como si bastara con que los tribunales hagan su trabajo para que él no tuviera que hacer el suyo. Y esa huida hacia adelante, ese pasemos página, es en realidad una grieta muy seria que está resultando como consecuencia de esta sentencia: la de un poder que se indigna cuando le investigan y que después no contesta con suficiente contundencia cuando condenan a los suyos.
La sentencia lo que viene a demostrar es que, durante aquellas catorce semanas de encierro, en que ni siquiera los niños pequeños podían salir a la calle a pasear -y, en cambio, sí los perros, por absurdo que nos pareciera entonces y ahora- mientras en nuestras casas se acumulaban el silencio y la angustia y nos hallábamos todos en un estado de franca incertidumbre y miedo, mientras escribíamos -como hice entonces, una columna por cada semana de encierro- sobre la sumisión de un país detenido a golpe de decreto, estos señores estaban ocupados en hacer negocios gracias a la propia pandemia.
Ya se sabe que, a río revuelto, siempre hay ganancia de pescadores, pero no era de esperar que un miembro tan destacado del Gobierno de Sánchez se estuviera llenando los bolsillos a costa de la desgracia colectiva, precisamente en ese momento de tanta vulnerabilidad de la sociedad. La sentencia del Supremo ilumina con crudeza esa doble realidad. Nosotros contábamos los días, y ellos contaban las comisiones en términos de lo más chuscos. Koldo resultó ser efectivamente el personaje de Ibáñez que siempre pareció, pues ya saben que la cara es el espejo del alma.
Lo que no esperábamos es que Ábalos fuera tan sumamente indigno del cargo de ministro que le había sido adjudicado. Nosotros vivíamos el confinamiento como una prueba colectiva de resistencia, mientras ellos lo veían como una oportunidad de llenarse los bolsillos. Y por ello duele tanto releer esas columnas de entonces a la luz de la sentencia, porque mientras nosotros veíamos cómo nuestros hijos se perdían la graduación del colegio, que tantísima ilusión les hacía, los ahora condenados estaban en el mercadeo, aprovechando la desgracia de la emergencia sanitaria y usando para ello el poder que les había sido indebidamente otorgado. Y ese poder indebidamente otorgado apunta directamente al presidente, le guste o no.