opinión
Carta a la ciudadanía

Carta a la ciudadanía
Han pasado casi treinta años.
No escribo estas líneas para pedir comprensión. Tampoco para justificar decisiones políticas. Ni para defender a unos o señalar a otros. Las escribo porque hay una pregunta que lleva demasiado tiempo esperando una respuesta.
¿En qué momento dejamos de mirar de frente a nuestra propia memoria?
Vivimos en una sociedad donde todo pasa demasiado deprisa. Las noticias duran unas horas. Las indignaciones, unos días. Las promesas, hasta las siguientes elecciones. Y los recuerdos... los recuerdos parecen tener fecha de caducidad. Hubo un tiempo en que España entera se detuvo.
No importaba la ideología. No importaba el lugar de nacimiento. No importaba el voto.
Solo importaba una vida. Una sola vida.
Millones de españoles salieron a la calle espontáneamente. No había redes sociales que convocaran. No existían campañas virales. Solo existía un sentimiento compartido: la convicción de que ninguna idea política podía justificar el asesinato de un ser humano.
Durante cuarenta y ocho horas, un país entero esperó un milagro. Pero el milagro nunca llegó. La barbarie fue más rápida que la esperanza.
Y España lloró. Aquel joven se llamaba Miguel Ángel Blanco. Tenía familia. Tenía amigos. Tenía proyectos. Tenía una vida por delante.
Y se la arrebataron con una crueldad que todavía hoy resulta imposible comprender.
ETA no solo asesinó a un concejal. Intentó asesinar la libertad. Intentó imponer el miedo como forma de hacer política. Intentó obligar a un país entero a arrodillarse.
Y fracasó. Fracasó porque millones de ciudadanos respondieron con dignidad.
Porque nació el Espíritu de Ermua. Porque España entendió que había momentos en los que no existían la izquierda y la derecha. Solo existían los demócratas y quienes pretendían destruir la democracia.
Han pasado casi treinta años. Y, sin embargo, me invade una sensación incómoda. La de que estamos olvidando demasiado deprisa.
Pregunte hoy a muchos jóvenes quién fue Miguel Ángel Blanco. Pregúnteles qué ocurrió aquellos días de julio de 1997. Pregúnteles por qué millones de españoles salieron a la calle.
Muchos no sabrán responder.
Y no porque ellos hayan fallado. Sino porque nosotros hemos dejado de contarlo.
Porque un país que deja de enseñar su historia acaba condenado a no comprender su presente. La memoria no consiste en abrir heridas. Consiste en impedir que vuelvan a abrirse. No consiste en alimentar el odio. Consiste en proteger la verdad.
Porque una democracia no puede construirse sobre el olvido de quienes fueron asesinados por defenderla. Hoy hablamos mucho de memoria. Se aprueban leyes sobre memoria. Se organizan actos sobre memoria. MSe pronuncian discursos sobre memoria.
Pero la memoria no puede ser selectiva. No puede recordar solo aquello que resulta cómodo. No puede depender del color político de las víctimas. La memoria, si quiere ser digna de ese nombre, debe abrazarlas a todas.
No escribo esta carta para decirle a nadie lo que debe pensar. Escribo esta carta para pedir algo mucho más sencillo.
Que no olvidemos.
Que cuando pronunciemos el nombre de Miguel Ángel Blanco no pensemos únicamente en una víctima del terrorismo. Pensemos en el hijo que nunca volvió a casa. En el hermano al que le robaron el futuro. En el amigo al que le negaron la oportunidad de cumplir sus sueños. Pensemos en los cientos de familias que jamás pudieron cerrar del todo su duelo.
Y pensemos también en aquella España capaz de dejar a un lado sus diferencias para defender algo infinitamente más importante que cualquier ideología: la vida.
Hace algún tiempo, otra "Carta a la ciudadanía" invitó a los españoles a detenerse y reflexionar. Hoy quisiera hacer una invitación distinta. Detengámonos.
Miremos atrás, no para vivir instalados en el pasado, sino para entender quiénes somos.
Preguntémonos qué país queremos dejar a nuestros hijos. Uno donde las víctimas sean recordadas solo en los aniversarios. O uno donde su memoria forme parte de nuestra conciencia colectiva. Porque los pueblos no desaparecen cuando pierden su economía.
Ni cuando cambian sus gobiernos. Empiezan a desaparecer cuando olvidan a quienes dieron la vida para que los demás pudiéramos seguir viviendo en libertad.
Han pasado casi treinta años. Y quizá ha llegado el momento de escribir, entre todos, la única carta que de verdad sigue pendiente.
La carta de una España que nunca olvide a sus víctimas.
Porque mientras recordemos sus nombres, el terrorismo jamás podrá escribir el final de nuestra historia.