Opinión
La gorra de Ferran
Que cada uno le ponga el acento ideológico que quiera, pero la frase, en su versión valenciana, en la cabeza de un chaval de Foios, no necesita ni a un traductor de urgencia ni, mucho menos, a un exorcista.

Ferran Torres durante las celebraciones de la Copa del Mundo
Foios celebra su fiesta principal en honor a su patrona el 17 de agosto, cuando todavía no habrá pasado la canícula, agravada estos días por la tontería nacional. A la Virgen del Patrocinio deberemos encomendarnos junto al resto de los folleros y pedirle paciencia ante el ridículo de ciertos opinadores sociales. O sea, que Ferran Torres marca el gol que da a España su segunda estrella, se sube al bus de la rúa y se pone una gorra roja con un lema que reza "Make Spain Great Again" y España entera, bueno media, la sincronizada, la de siempre, la que no sabe de joyas pero sí de gorras, se lleva las manos a la cabeza como si el chico de Foios hubiera profanado algo sacrosanto. Que si es Trump, que si es Vox, que si es fachita, que si el pobre muchacho no sabe lo que se pone en la cabeza.
Miren, si de algo me ha convencido el valenciano, que jugó 97 partidos profesionales con el Valencia C.F y que abandonó el club por la puerta de atrás gracias al imperio Meriton, es que tiene sentido común, una voluntad comprometida, los pies en el suelo y la madurez suficiente para medir sus actos. No conozco a Ferran Torres, es solo una sensación tras las palabras que pocos medios le han arrancado tras la final de New Jersey, principalmente a pie de campo. Y sí, sorprende, la verdad, que sorprenda. Porque el lema, adaptado del "Make America Great Again", tampoco es tan distinto de lo que cualquier español normal sentiría este verano viendo a su selección campeona del mundo por segunda vez, porque España, en efecto, ha vuelto a ser grande. Que cada uno le ponga el acento ideológico que quiera, pero la frase, en su versión valenciana, en la cabeza de un chaval de Foios, no necesita ni a un traductor de urgencia ni, mucho menos, a un exorcista.
Ferran no es un producto de laboratorio ni un perfil de márketing político. Es un chico de l'Horta Nord, madurado en Paterna, cuna de futbolistas cuya lista recitaríamos muchos de memoria, que aprendió a driblar en la alquería del abuelo paterno, entre naranjos y una familia de labradores de toda la vida, mientras el abuelo materno, lo llevaba cada tarde a los entrenamientos de la ciudad deportiva del Valencia C.F. Al parecer, el padre no era futbolero, lo que no le quita mérito en todo caso. Y de ahí pasó a debutar en Mestalla siendo el primer futbolista nacido en este siglo en pisar la Liga, pasando por el City de Guardiola, la Premier, el Barça y, ahora, la segunda estrella de España marcada de un latigazo en la prórroga de una final. Un recorrido desde el bancal hasta la gloria mundial que a la intelectualidad de salón le parece menos interesante que una gorra.
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Ferran no ha escondido nunca quién es. Ha contado sin complejos que lleva la cruz y una Virgen encima, que reza y que su fe le sostiene, en un vestuario donde tampoco él es el único que lo dice en voz alta, gracias a Dios. Como Rodri, por ejemplo. Esos que se pierden a media España están ojipláticos ante semejante profesión de fe sin complejos, pero es que hay muchos jóvenes que piensan así, y solo hay que escuchar y oler el ambiente de las aglomeraciones gigantescas que se han producido estos días en Valencia o Madrid, en Zaragoza, pero también en Bilbao o Barcelona, ojo. Ferran, además, ha demostrado, con hechos y no con posados, su compromiso social ya sea con el abandono de animales o, con mucha más trascendencia, con los valencianos de la Dana, cuando arrasó su tierra. El chico de Foios estuvo donde tenía que estar, señalando incluso a la Administración central por sus ausencias. Fe, tierra, familia, cercanía, compromiso. Casi nada, para quien solo quiere ver una gorra.
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Lo cierto es que el lema de la gorra retrata mejor que cualquier encuesta a una generación que empieza a hartarse. Hartarse del paro juvenil que no baja, de tener que hacer la maleta hacia Alemania o Países Bajos para ejercer lo que estudiaron aquí gratis, de la fuga de talento que nadie frena, de una inmigración irregular que no se gestiona, sino que se padece. No hace falta ir muy lejos para constatar el fenómeno: quienes estudian la deriva generacional coinciden en que buena parte de esa juventud no se ha radicalizado por ideología, sino por hartazgo material, por una precariedad que ninguna retórica progresista ha sabido resolver en dos décadas. Y sí, buscan referentes, si es posible trascendentales. Nuevo si quieren, deseable también. Ferran no ha escrito un tratado. Ha hecho algo más eficaz: clamar por los valores, ponerse una gorra y dejar que la sincronizada se indigne sola.