opinión
A valencian man in New York
Pérez Llorca le ha sobrado nobleza y le ha faltado la camisa menos apretada. Va de frente, que es lo importante. Pero, en un contexto de hiperconexión, el relato ha de estar medido.

Pérez Llorca en la final del Mundial
Profeso devoción emocional por la canción de Sting Englishman in New York, una fábula cantada donde el intérprete inglés mezcla reggae, soul y rock y que, en resumen, es una glosa al desarraigo. La letra está creada por quien se ve fuera de lugar, en una tierra extraña, y reclama para sí una pequeña porción de mundo. Es precisamente la reivindicación de uno mismo lo que imagino que ha llevado al Molt Honorable President de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, a marcarse un "fuera de agenda" —y, sin embargo, convenientemente agendado— con su comentado viaje a la Gran Manzana. La final de Nueva York, o Nueva Jersey, atrapa a los muy cafeteros y, sobre todo, al valencianismo deportivo con una serie de gestos y presencias: el cuarteto que interpretó el himno nacional, el protagonismo de Mario Alberto Kempes en la previa —días atrás, JC Rivero, el insufrible narrador de La 1, ni siquiera lo reconoció en la grada—, la extraña reacción de Ayala, la callada presencia de Aimar y, sobre todo, el gol del xiquet Ferran… Con tantos ingredientes, efectivamente, al evento no podía faltar el primero de los valencianos, su president.
Juanfran Pérez Llorca no fue el único, como podrán imaginar. Muchos valencianos han asistido a la final: empresarios de la galaxia Mercadona, diputados rasos, directivos y profesionales, ciudadanos de a pie, eso sí, capaces de amochar los 8.000 euros, como mínimo, que costaba cada entrada. Pérez Llorca quiso vivir la final como un ciudadano normal, puede que sin medir que en política hasta la espontaneidad tiene coste. Se subió a la ola de la selección con naturalidad y algo de FOMO, y terminó regalando un debate que no necesitaba. Y que, a estas horas, seguro que nos divide entre quienes pensamos que le beneficia o le perjudica, aunque me inclino por lo primero, más por la oportunidad que por la gestión. Por la oportunidad, porque apoyar a los valencianos que juegan con España a través de su presencia y hacerlo pagándose sus gastos es un punto de inflexión a la hora de entender la representación pública.
En cuanto a la gestión, tengo dudas. Apagados los aplausos de la final, cuando nadie, desde el rigor, le pedía explicaciones, salió a darlas. De nuevo cabe preguntarse si hay detrás de lo acontecido algo de estrategia o si, por el contrario, ha salido a la corta. A Pérez Llorca le ha sobrado nobleza y le ha faltado la camisa menos apretada. Va de frente, que es lo importante. Pero, en un contexto de hiperconexión, el relato ha de estar medido. En comunicación política la pregunta es cuándo interesa crear un debate y cuándo conviene desplazar el foco. La clave no es el mensaje, sino el objetivo del mismo. Ya lo dejó dicho Maquiavelo: al príncipe no le hace falta poseer todas las virtudes; le basta con saber aparentarlas. En esto nos repetimos. Nuestro president, hay que reconocérselo, se ha ahorrado el paso intermedio: ni aparenta ni disimula, lo cual en Nápoles habría sido un pecado capital y, en Valencia, según se mire, casi una rareza higiénica. Fíjense, en cambio, en Pedro Sánchez, posiblemente un maestro del disfraz semiótico, discípulo aventajado de aquel florentino sin necesidad de haberlo leído. El presidente del Gobierno entiende como nadie que una foto sirve para colocar el foco donde quiere, o para desviarlo si es menester. Dos ejemplos bastan, muy recientes: la anunciada visita a la maltrecha Ford de Almussafes o los 14 magníficos perros adoptados por 24 horas en Moncloa, como escenografía ideal para el Día Mundial del Perro. Imagino que irían con los dueños para la foto. A él, perros adoptados no le faltan.
La oposición ha creído tener un bocado político en el viaje de Llorca a los Estados Unidos, pero me temo que ha pinchado en hueso. A nadie le hubiera extrañado la presencia de Ximo Puig en Nueva York —como no extraña que desempeñe el cargo de embajador sin carrera diplomática— y, sin embargo, dos esgrimistas corajudos, como el síndic socialista José Muñoz con la visita presidencial y el portavoz parlamentario de Compromís, Alberto Ibáñez, con las propiedades que gestiona la familia de Ferran Torres, han decidido convertir el Mundial en una cancha política, saliendo torrefactados del envite. Quiero conocer al estratega detrás del ataque de Sumar al jugador de Foios. Al héroe nacional, también en el Regne, lo condenan por ser poco menos que un fondo buitre con espinilleras. Pero el mismo partido, cuyo alcalde es follero, lo va a nombrar hijo predilecto. Ferran, además de cambiar la tendencia del peinado adolescente —gracias a Dios—, va a generar otra brecha en la inconsistencia interna del partido de Oltra. Y van muchas.