Diana, o el hacerse de notar a costa de lo que sea
Ni con declaraciones escandalosas logra remontar, más bien abochorna y causa vergüenza ajena

Diana Morant en una intervención
Necesita hacer declaraciones ofensivas, más que escandalosas, para hacerse de notar. El caso de Diana Morant al frente del PSPV es, a estas alturas, un ejemplo de manual de cómo el poder puede intentar ejercerse sin autoridad, y de cómo la ausencia de proyecto puede disfrazarse de continuo movimiento abocado al abismo electoral. “Hacerse de notar a costa de lo que sea”, es lo que se escucha en voz baja en la calle Hospital, la sede del PSPV, aún convulsa por el tremendo bochorno que ha causado su recién comparación: la del actual líder de la oposición con el antiguo dictador alemán nacionalsocialista. Tremendo y ofensivo error que escuece en las posaderas de los que allí se asientan.
Y es que liderar a los socialistas valencianos desde un palacete madrileño, desde la sede del Ministerio de Ciencia del gobierno de Pedro Sánchez, es no entender que a un partido histórico como el PSPV se le hace cuesta arriba el "síndrome del telemando". Además, la estrategia de Pedro Sánchez de situar a ministras al frente de las organizaciones territoriales del PSOE no solo ha resultado ser un fiasco, sino que en el caso de Diana la ha puesto en evidencia; según el CIS, relativamente la más desconocida y la menos valorada.
La primera gran mentira del "morantismo" fue la de la "renovación". Se vendió su llegada como el relevo generacional necesario, la ingeniera de prestigio que pondría orden tras el fracaso de Ximo Puig en el 2023. Pero lo que hemos visto no es orden, sino una suerte de vacío giratorio. Un liderazgo que no marca directrices, que no disciplina a los suyos, que no impone criterio ni dentro ni fuera del partido. Diana Morant ha conseguido lo más difícil: unificar al PSPV en torno a una sensación compartida de desorientación, por ahora solo ha ganado unas ficticias primarias para ser la candidata para presidir La Generalitat en las próximas elecciones autonómicas.
En el terreno de las propuestas, el vacío es todavía más clamoroso. Durante meses, la oposición en las Cortes Valencianas tuvo en Carlos Mazón un blanco fácil: gestión errática de la DANA, escándalos judiciales, imputaciones cercanas, relatos contradictorios... El contexto no podía ser más favorable para una alternativa fuerte. Sin embargo, el PSPV de Diana fue incapaz de traducir el desgaste del adversario en crecimiento propio. ¿Dónde están las iniciativas legislativas? ¿Dónde los documentos estratégicos, las propuestas de financiación autonómica, la alternativa en sanidad o educación? No hay nada. O peor: hay ocurrencias.
Tampoco ayuda a disipar este vacío su conversión en la portavoz valenciana del “sanchismo militante”, un papel que la ha llevado a defender con una fidelidad acrítica al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en las causas judiciales que le salpican por presunta corrupción. Lejos de exigir responsabilidades o pedir transparencia, Morant ha antepuesto la lealtad a su mentor político a cualquier atisbo de coherencia ética, convirtiendo el PSPV en una correa de transmisión de la estrategia de la dirección madrileña. Así, mientras el partido se estanca en la Comunidad Valenciana, ella pierde el tiempo en Madrid ejerciendo de abogadodefensor de un pasado que ya no pide clemencia, sino cuentas. Ese papel secundario, sumiso y provinciano, no hace sino confirmar que su liderazgo no responde a las necesidades de los valencianos, sino a los designios de la calle Ferraz: la sede madrileña del PSOE.
Hoy Diana Morant ha terminado por encarnar el síntoma más preocupante del actual socialismo valenciano: la institucionalización de la mediocridad. Su liderazgo no es fuerte, ni siquiera autoritario es débil, errático, y lo que es peor, indiferente a su propia debilidad. Porque el problema no es que se equivoque: es que ni siquiera parece consciente de hasta qué punto su gestión está acelerando la demolición de lo que un día fue el principal partido histórico de la Comunitat Valenciana. Lo más trágico del caso es que, a estas alturas, ya ni siquiera hay sorpresa: solo la certeza de que, mientras siga al frente, el PSPV lo tiene complicado en las urnas de 2027. O peor, Diana lo tiene, pero como espectadora secundaria de una historia que ya no escribirá. Ni con declaraciones escandalosas logra remontar, más bien abochorna y causa vergüenza ajena.