Opinión
Medio país arrasado (capítulo I)

Incendio de la Vall d'Uixó
Cada verano se repite la misma historia: incendios por todas partes que asolan nuestro país. Este año, para mí, se ha sumado al dolor habitual por este tipo de sucesos el miedo por ver que el pueblo de mis ancestros, de mis veranos, estuvo a punto de ser evacuado. La noche del viernes el miedo cundió en El Barraco (Ávila), después de lo acontecido en las poblaciones vecinas de Burgohondo, Navaluenga, El Tiemblo y Cebreros. Con el corazón encogido por el desastre de la reserva natural del Valle Iruelas, en que una importante colonia de buitres negros se ha visto gravemente afectada y aún no se tienen noticias del mirador del Nido de las Águilas, y las maletas preparadas por si acaso, los barraqueños se echaron a la calle con lo que tenían a mano, para tratar de impedir que el fuego devorara su pueblo. Desde la distancia la impotencia es enorme, y las pesadillas de nuestra casa familiar ardiendo se sucedieron en esa noche en que los vecinos luchaban a brazo partido contra el fuego. El milagro de lograr parar el incendio en el casco urbano de El Barraco se logró por los pelos, gracias también a un cambio de la orientación del viento, a las diez de la noche. A todo esto, aún estamos esperando noticias de la casa de mi prima en San Ramón, en Pelayos de la Presa. Y sigue el lío en El Escorial. Y en Toledo. Y ahora también Manises. Y las semanas anteriores en Guadalajara y Soria. Total, a este paso nos va a quedar un país arrasado, del que seguramente harán el caldo gordo los señores de las placas solares. Qué asco. Duelen las vidas humanas perdidas, la naturaleza arrasada, los bosques, los animales muertos. Duelen las casas de la gente, y duele no poder hacer nada por cambiar las cosas. Todavía estamos rezando porque el Castañar de El Tiemblo, con su Abuelo de más de 500 años, haya sobrevivido a la tragedia. Y todo esto nos tiene que doler porque lo peor que podemos hacer es perder la humanidad. Que se vayan a hacer puñetas los que vean esta triste situación en clave de los posibles réditos electorales u oportunidades de negocio.
Necesitamos más presupuesto contra incendios y mejores políticas de prevención, para evitar tener este polvorín cada verano. Y que los políticos no aprovechen la coyuntura para echarse las culpas los unos a los otros, en lugar de ponerse a trabajar para solucionar el problemón. No puede ser que, de catorce hidroaviones que tiene España (el Estado, no las Comunidades Autónomas, por cierto), que ya me parecen poquísimos, al parecer sólo siete u ocho estén en uso este verano, porque o faltan piezas o están estropeados. A ver, que esto de los incendios es una prioridad nacional, señores, que dependen muchas personas de cómo se hagan de bien o de mal las cosas. Que tendremos que comprar varios hidroaviones más, métanselo en la mollera.
Ni cambio climático ni leches en vinagre, que lo que sucede es que no se están limpiando los montes por causa de una norma absurda y de cuatro descerebrados que dicen ser ecologistas, que no tienen idea de por dónde les sopla el viento, así como por causa de los inexplicables recortes presupuestarios en las partidas de prevención. Y hay que revisar urgentemente, además, la Ley 42/2007, que es la madre del cordero, puesto que exige pedir autorización para cualquier aprovechamiento natural, y que ordena sanciones en caso de incumplimiento. Total, el campo lleno de piñas, que cualquiera que haya encendido una barbacoa sabe que prenden como nadie y, con la sequedad de la tierra, en cuanto salta una chispa arde Troya. Toda esa biomasa, en tiempos, se la llevaba la gente a su casa para encender la chimenea en invierno, y no hacía daño a nadie. No sé el porqué de estas prohibiciones tan irracionales. Un cliente mío cortó una mata de manzanilla y le cayeron 600 euritos de multa. Yo creo que se nos ha ido la olla.
Antes el campo estaba bien gestionado, el ganado se comía el pasto y lo limpiaba así a su paso, se hacían cortafuegos y se vigilaban los bosques. Ahora, por el contrario, los montes han sido abandonados a su suerte y nadie los cuida, con el consiguiente peligro de incendio. ¿Acaso pensaban los políticos que, como a Madrid no iba a llegar, no pasaba nada? Pues sí, sí que pasa. Pasa que la gente quiere vivir donde le da la gana. Pasa que igual derecho tienen a vivir en paz en Madrid o Barcelona que en Navaluenga o en San Juan de la Nava. Y me indigna ver la pasividad y los pocos recursos que se dedican a todo esto. Es una vergüenza que España haya tenido que pedir ayuda a Italia, Grecia y Turquía para tratar de sofocar los incendios, porque no se daba abasto con los medios propios y necesitábamos sus hidroaviones. Parecemos del tercer mundo.
Claro está que en este desastre hay más de un responsable. El sistema es obvio que no funciona y nadie quiere ponerle el cascabel al gato. Mientras los políticos se echan los trastos a la cabeza, los aviones siguen en tierra, nuestro precioso país se quema y a nadie parece de verdad importarle. Debemos exigir los ciudadanos un cambio normativo y la dotación de muchos más medios para la prevención y la extinción de los incendios, y dejarnos de monsergas. Que ya somos mayorcitos y estamos muy mosqueados. No nos quieran tomar por tontos.
Y la próxima semana el capítulo II, porque no doy abasto para contarles todo de una vez.