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el pupitre de pilu

Pilu Hernández Dopico

Pilu Hernández Dopico

Docente, formadora de formadores y divulgadora educativa

Septiembre empieza en agosto

La infancia no entiende de calendarios comerciales

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Hoy es 1 de agosto.

El mes por excelencia de las vacaciones. El de las playas llenas, los pueblos que recuperan la vida, los helados que se derriten demasiado deprisa y las noches que parecen no tener hora.

Y, sin embargo, basta con entrar en cualquier gran superficie para descubrir que agosto ya tiene un invitado inesperado.

Septiembre.

Mochilas perfectamente alineadas. Estuches. Agendas. Cuadernos. Botellas para el colegio. Carteles anunciando la vuelta a clase.

Entonces uno no puede evitar hacerse una pregunta:

¿En qué momento septiembre empezó en agosto?

No escribo estas líneas para criticar a los comercios. Ellos hacen su trabajo. Adelantan campañas porque hay familias que agradecen comprar con tiempo, aprovechar ofertas o repartir el gasto antes

de que llegue un mes tan exigente como septiembre.

La reflexión va por otro camino.

Me preocupa que nosotros hayamos acabado viviendo al mismo ritmo que los escaparates.

Todavía no hemos terminado de deshacer la toalla de la playa y ya estamos pensando en los libros de texto. Aún quedan semanas de vacaciones y ya hablamos de horarios, madrugones, uniformes y

actividades extraescolares.

Parece que nos cuesta quedarnos donde estamos.

Vivimos preparando el siguiente paso sin haber disfrutado del que tenemos bajo los pies.

Y eso también educa.

Los niños tienen una capacidad extraordinaria para vivir el presente. No piensan en el primer examen mientras construyen un castillo de arena. No calculan cuántos días faltan para volver al

colegio cuando persiguen olas o juegan hasta que anochece.

Ellos viven agosto.

Somos los adultos quienes, muchas veces, empezamos a vivir septiembre antes de tiempo.

Y quizá, sin querer, les contagiamos esa prisa.

Porque educar no consiste solo en enseñar a leer, escribir o resolver problemas matemáticos.

También educamos cuando mostramos cómo nos relacionamos con el tiempo. Cuando transmitimos que siempre hay una meta más importante que la que tenemos delante. Cuando convertimos cada

etapa en una simple antesala de la siguiente.

Acaban las notas y hablamos del próximo curso.

Empiezan las vacaciones y organizamos la vuelta.

Celebramos un logro... mientras ya pensamos en el siguiente.

Es como si nunca nos permitiéramos permanecer demasiado tiempo en el presente.

Y eso tiene un precio.

La infancia no entiende de calendarios comerciales.

Entiende de tardes infinitas.

De bicicletas.

De helados.

De juegos improvisados.

De conversaciones que empiezan con un "¿jugamos?" y terminan cuando las farolas ya están encendidas.

Habrá un último verano en el que nuestros hijos nos pidan que les enterremos los pies en la arena.

Un último paseo de la mano buscando conchas.

Una última noche en la que se queden dormidos en el coche, agotados después de un día de piscina.

No sabremos cuándo será ese último verano.

Por eso merece la pena vivir el que tenemos delante.

No se trata de ignorar que septiembre llegará.

Llegará.

Como llega todos los años.

Con su ilusión por reencontrarse con los compañeros, estrenar material escolar y comenzar un nuevo curso lleno de oportunidades.

Pero cada cosa tiene su momento.

Hoy no toca hablar de despertadores.

Hoy todavía toca hablar de atardeceres.

Quizá el mayor error no sea vender mochilas el 1 de agosto.

Quizá el mayor error sea permitir que esas mochilas pesen ya sobre nuestra cabeza cuando aún quedan treinta y un días para disfrutar del verano.

Los escaparates seguirán recordándonos lo que viene.

Pero en casa podemos recordar algo mucho más importante.

Que agosto merece ser agosto.

Porque septiembre siempre llega.

Lo único que nunca regresa es el verano que dejamos pasar mientras ya estábamos pensando en el siguiente mes.

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