faro de verano
Efecto llamada
Mientras nos entretenemos con el drama humanitario, la invasión de Mohamed y el efecto llamada, es la pugna por el control de las dos orillas el principal reto que subyace

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Prometí al director Errazu una trilogía agosteña, así que aquí va el primer fondillo, que no se si formará parte de una serie única o trina. Están leyendo una visión muy personal de un valenciano en la frontera sur de la península, con el compromiso de no revelar demasiados secretos sobre el lugar. Todo sea por evitar eso, el efecto llamada. Hace unos 25 años un grupo de valencianos desembarcó en este rincón en el que se para el tiempo para pasar los veranos, por las virtudes del viento, las largas conversaciones y los inabarcables espacios y claro, no pretendo fastidiarles el plan. Es este un enclave privilegiado, donde Poniente y Levante porfían por dominar el escenario e hicieron un trueque con su termostato: aquí Levante es tórrido y Poniente, fresco.
La Playa de los Lances es un arenal como mil mestallas alineados, sin edificaciones u obstáculos, que dan para largas conversaciones, mucho deporte y alguna misa. Discurre el litoral de forma paralela al Jara, un río ocasional que todavía otorga al paisaje atributos más descomunales y, justo cuando las olas se amansan, al final del trayecto, aparece Tarifa que, si la miras desde lejos, resalta con su blancor sobre las montañas del Atlas marroquí. Hay un mural en la Puerta de Jerez de la villa, nuestras Torres de Serranos para entendernos, que recuerda la conquista de Sancho IV porque en el siglo XIII arrebató la ciudad a los “moros”, literal, como ilustra la foto que encabeza el texto. Aquí, en la ciudad cuya isla -un istmo realmente- separa el Mediterráneo del Atlántico -de propiedad militar con sus secretos y sin acceso- escribo en los albores de agosto.
Aquí, con centenares de velas surferas en un enjambre de bordos interminables parece difícil desviar la atención ante el drama que tiene lugar unas pocas millas en dirección sur
Esta región, que huele a frontera desde Sotogrande al Roche, siempre ha sido, pero ahora más, una joya geoestratégica que ahora gana foco por el desastre de Ceuta. Hablar desde la lejanía de este drama es lícito, pero solo puede uno acercarse al problema si logra familiarizarse con la geografía del lugar. Como digo, el Atlas africano emerge imponente desde este lado del estrecho, Tánger nos enseña sus luces y se distinguen hasta los camiones que acceden como una serpiente sin fin al Tánger Med, el hub portuario más importante del Magreb. Aquí, con centenares de velas surferas en un enjambre de bordos interminables parece difícil desviar la atención ante el drama que tiene lugar unas pocas millas en dirección sur. Y sin embargo se puede entender la razón por la cual miles de personas se han jugado la vida al invadir una parte de España: de nuevo, el efecto llamada.
Junto al mismo puerto de Tarifa, habilitado ocasionalmente para la operación del Estrecho, mientras uno puede paladear los resultados del ronqueo del atún en La Chalada, la cola para acceder al ferry de Baleària Tarifa-Tánger -que pasa frente a la comandancia de la Guardia Civil- te da algunos datos. Hace años, no muchos, los marroquíes o argelinos que volvían en verano para ver a sus familias conducían vetustos vehículos familiares aplastados por fardos imposibles transportando neumáticos o colchones para sus padres, primos o abuelos. Hoy sorprende el mayor octanaje y la exhibición de marcas alemanas que han sustituido los desvencijados armatostes de antaño. Mercedes, BMW, Bravus, Audis, etc, sustituyen a la flota de autos locos de hace una década o dos. Según me cuentan, es precisamente esta exhibición automovilística otra de las causas del fenómeno más manoseado estos días. Sin querer, provoca el efecto llamada.

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El Estrecho de Gibraltar completa el principal eje defensivo de España, el más sensible: Baleares, Gibraltar y Canarias. Nuestras Fuerzas Armadas están organizadas sobre el terreno en función de esa diagonal. Pero ahora más. Los estrechos -check point- se han convertido en “choke point” porque por estos accidentes geográficos transita el 75% del comercio mundial y su control es crucial para las naciones, me explica Jesús de Salvador. Estrangular el tráfico es una tentación, caramba, miren Ormuz, donde Trump ha perdido su guerra precisamente porque es tremendamente sencillo pertrecharse en estos enclaves geográficos para dominar el mundo con un enjambre de drones -Ucrania los fabrica a millones-.
Digo que mientras nos entretenemos con el drama humanitario, la invasión de Mohamed y el efecto llamada, es la pugna por el control de las dos orillas el principal reto que subyace. Ni las víctimas de la tragedia de Ceuta, ni el decadente descanso estival casi ajeno a lo que pasa a pocas millas, en el Tarajal, ni una operación orquestada en la que las aletas de los migrantes y sus flotadores eran sospechosamente de la misma marca y color, ni la tardía e insuficiente reacción de España -como en la Dana- que ha denunciado el presidente ceutí Vivas, evitan la gran realidad porque existe: el efecto llamada.
Ceuta es estos días lugar de tránsito propagandístico para los líderes políticos españoles. A Vito y a Alvise los han sacado a patadas, Abascal y Feijóo, como Sánchez, han estado en la ciudad autónoma, con poco éxito la verdad. El presidente del Partido Popular ha aplazado hasta la tercera semana de septiembre -eso parece- la designación de Juanfran Pérez Llorca como candidato a la presidencia de la Generalitat. Realmente Feijóo se ha marcado un Abascal o, lo que es lo mismo, pretende ungir desde la distancia al candidato, sin congreso ni nada parecido, abundando en esa evidencia de que importa más la marca que el apellido. No se preocupe el señor Feijóo, los valencianos no se lo van a reprochar. Realmente les da igual. Ojo, que Sánchez hizo lo mismo con Diana Morant. Según se mire, lo del gallego sí que está siendo un modelo claro. Seguramente quiere evitar lo inevitable en los flujos internos del PP valenciano: el efecto llamada.