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El eclipse que todo lo tapó

(Foto de ARCHIVO) Más de 7.000 personas vivieron en Valonsadero (Soria) el eclipse

(Foto de ARCHIVO) Más de 7.000 personas vivieron en Valonsadero (Soria) el eclipseAYUNTAMIENTO DE SORIA

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España se desmorona por los cimientos y el Gobierno, en un alarde de responsabilidad, decidió que lo urgente era explicarnos cómo mirar al sol sin quedarnos ciegos. Porque, claro, qué más da que Ceuta esté colapsada, que Italia nos haya expulsado de facto de Schengen y que el presidente se haya ido de vacaciones como si el país fuera un chiringuito de temporada: lo importante es que no nos quemáramos la retina durante el eclipse.

En Ceuta han entrado decenas de miles de personas en tiempo récord, y el Gobierno ha respondido con la contundencia de quien anuncia un sorteo de la ONCE: "todo bajo control, no hay riesgo, confíen en nosotros". Mientras tanto, los cuerpos de seguridad improvisan, los centros de acogida se convierten en campamentos y los políticos se dedican a medir quién ha dicho qué y cuándo, como si la frontera fuera un debate de La Sexta. La estrategia es brillante: si repites suficientes veces que no hay crisis, la crisis se convierte en un problema de percepción, no de realidad.

Italia, en un gesto de soberanía ejemplar, suspende Schengen con España y nos trata como si fuéramos un foco de infección migratoria. La respuesta del Gobierno español ha sido de una contundencia pasmosa: reintroducir controles recíprocos y anunciar que "defenderemos nuestros intereses". Traducción: dos países que no comparten frontera terrestre se ponen a hacer teatro de fronteras para que sus ciudadanos crean que mandan algo en un Mediterráneo que se les escapa de las manos. Lo mejor es que ambos gobiernos venden la medida como un triunfo de la seguridad, cuando en realidad es un fracaso de la diplomacia.

En Madrid, la crisis no es migratoria, es institucional: Moncloa se enzarza con la Casa Real y con Defensa en una guerra fría de comunicados, filtraciones y silencios muy sonoros. El rey aparece, desaparece o se desmarca según la foto, y Defensa emite notas que parecen escritas para que se note que no las ha redactado Presidencia. El Gobierno insiste en que todo es normalidad constitucional y coordinación modélica, pero lo único coordinado es el arte de no asumir responsabilidades. Cada actor se reserva el papel de garante de la patria frente a la torpeza ajena, y el ciudadano asiste a la función sin saber si lo que ve es una comedia de enredo o un ensayo general de crisis de régimen.

En este contexto, las vacaciones del presidente dejan de ser un derecho laboral para convertirse en un género literario. Cada foto de descanso se lee como un editorial: si aparece relajado, es que no se toma en serio la crisis; si aparece preocupado, es que escenifica la angustia; si no aparece, es que se esconde. El Estado puede reintroducir controles fronterizos, permitir que la gasolina se dispare y mantener a miles de personas hacinadas entre concertinas y pabellones, pero lo verdaderamente polémico es si el líder se ha ido a la playa de siempre o a otra más cara. El Gobierno, en su infinita generosidad, nos permite disfrutar de sus vacaciones mientras nosotros disfrutamos de sus crisis.

Y en medio de todo esto, el eclipse. Minuto y resultado: especiales informativos, entrevistas a astrónomos, listas de consejos para no quemarse la retina mientras intentamos no quemar el sueldo en la gasolinera. No es que el fenómeno no haya tenido interés científico o cultural, es que, convenientemente inflado, funcionó como una perfecta cortina de humo. Hemos convertido el firmamento en un canal temático; lo único que faltó es que nos advirtieran que, si no sube el rating del eclipse, había que subir otra vez los impuestos especiales para compensar la falta de audiencia. El Gobierno, en su infinita creatividad, decidió que la mejor forma de gestionar la crisis es distraernos con fenómenos celestes.

El drama es que la estrategia funciona: fascina más la idea de que el Sol desaparezca unos minutos que la certeza de que los derechos de libre circulación pueden desaparecer en cualquier momento por decreto. Nos hemos acostumbrado tanto a vivir en crisis que ya solo reaccionamos ante eventos celestes, porque la catástrofe terrestre se ha vuelto rutina. Al regresar la luz tras el eclipse, no hubo epifanía: seguíamos en lo mismo, con las mismas concertinas en Ceuta y los mismos rifirrafes entre Moncloa, la Corona y los ministerios, pero al menos nos dieron algo bonito que recordar en Instagram. El Gobierno, en su infinita sabiduría, decidió que la mejor forma de gestionar el país era distraernos con fenómenos celestes mientras el país se desmoronaba.

Y quizá esa sea la verdadera imagen que deja el eclipse: durante unos minutos desapareció el Sol, pero cuando volvió a salir, todo seguía exactamente donde estaba. La oscuridad fue temporal; las crisis, en cambio, siguen formando parte del paisaje. Quizá el problema no sea que el Gobierno nos distraiga con el cielo, sino que cada vez nos resulte más difícil apartar la mirada de él para comprobar lo que ocurre en la tierra.

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