Bajar al moro
Tras semanas de improvisación, fingimientos, medias mentiras y pocas verdades, de la visita relámpago del presidente Sánchez, de la benéfica procesión de ministros se toma la decisión reclamada el mismo día de la invasión

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hizo un paréntesis en sus vacaciones para liderar la reunión de coordinación sobre la situación de Ceuta.
Con la situación absolutamente desbordada e insostenible, el vacante Gobierno de España ha decretado la emergencia en Ceuta y ordenado el mando único. Tras semanas de improvisación, fingimientos, medias mentiras y pocas verdades, de la visita relámpago del presidente, de la benéfica procesión de ministros incomparecientes donde debieron y de la injustificable oposición a la presencia del Jefe de Estado, se toma la decisión reclamada el mismo día de la invasión, que el ministrillo de interiores rechazó y el no menos ministrillo de exterior (las erratas son intencionadas) desoyó argumentando la noble, leal y permanente colaboración marroquí. Más vale tarde que nunca, reza el dicho histórico.
El ministrillo de territorios ejercerá de cabeza visible, e hipotética de turco, cuando sus paisanos están poniendo las barbas a remojar y se han inundado las redes de referencias al tratado de Wad Ras (Tetuán,1860), solemnemente firmado a perpetuidad por el sultán de Marruecos Mohammed IV y por la reina de España Isabel II, con el expreso reconocimiento de una soberanía española de las dos plazas africanas, sus fortalezas y recursos, ejercida desde algunos siglos atrás.
El sultán de entonces no era el presunto monarca parlamentario que desde su suntuoso ático parisino con vistas al Arco del Triunfo, o desde la suite imperial del hotel de lujo que proceda, ordena y manda a través de su camarilla de amigos y colegas de universidad en una falsa democracia rica en recursos naturales y pobre en las economías domésticas hasta el punto del abandono y la huida a mejor que su juventud tiene por bandera. Y por patera.
Y el actual no es Hassan II, aquel a quien el rey Juan Carlos llamaba hermano mientras templaba las gaitas siempre exacerbadas en exceso en la voluntad expansionista del joven reino alauita, que ya se había estrenado con éxito con la marcha verde sobre el Sáhara. Tampoco el rey Felipe puede hoy por hoy llamarle primo ni templar gaita alguna, cuando el primo lo está haciendo España entera y parece ser el otro el que tiene más que templado a este gobierno.
Bajar al moro, que nadie se mosquee, escandalice o pretenda cancelar como tiene el ministrillo de la cosa cultural por costumbre, fue frase acuñada con los primeros años de libertad tras la dictadura, cuando primero los hippies y luego los pijos empezaron a fumar hachís sin demasiado disimulo. Bajar al moro era cruzar el estrecho para consumirlo in situ, preferentemente en las montañas recién cultivada la hoja, y traerlo con facilidad en el equipaje de vuelta cuando los controles aduaneros eran escasos. Hasta la malhadada Verónica Forqué y el gran Antonio Banderas protagonizaron entre otros nombres de postín la divertida película dirigida por Fernando Colomo con el título Bajarse al moro, en 1988.
Hoy no es preciso, cuando el narcotráfico revestido de armamento militar y medios náuticos de excelencia campa por sus respetos desde Huelva hasta el Guadalquivir ante la impasividad de la directorilla (imputada por corrupción) de una desesperanzada Benemérita que asiste impávida al entierro de sus agentes.
Hoy parece que es, por fin, el Gobierno de España quien baja al moro con intenciones e intereses más legítimos y serios que el trapicheo del hachís (que no es asunto baladí). Ya no vale ridiculizar en las redes al presidente de la Ciudad o al de la oposición, ya no valen las excusas de agenda ni las chanclas en la logística veraniega de La Mareta. Así que vamos a mantenernos atentos y expectantes, aun a sabiendas de que “no es oro todo lo que reluce”, y que hay otro dicho más popular y escatológico que califica como de mala calidad “el oro que cagó el moro”.