Pirómanos
"La agenda de un político español en agosto ya no se mide en reuniones, sino en catástrofes visitadas"

La delegada del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Pilar Bernabé, en el PMA del incendio de Vall d'Uixó (Castellón)
Xàbia no era noticia desde aquello de la carabela asesina y ahora me explico. Pero permítanme que mencione una costumbre. Desde hace décadas es tradición, algo alicaída, eso sí, que los vecinos de Gata de Gorgos —"gateros" en dialecto "xabienc"— invadan de forma civilizada y modélica la playa de la Grava en Xàbia cada domingo, aprovechando la caída del sol, para cenar a la fresca con sus neveras, mesas portátiles y cachivaches. La tradición ha ido, como digo, languideciendo, pero todavía se mantiene. Se trata de una entrañable licencia histórica de quienes buscaban la brisa marina y el infinito del horizonte, un valor eterno todavía mayor para quien procede de una población sin fachada litoral.
Digo yo que no es esta la invasión a la que se refiere la buena de Rosa Cardona, alcaldesa de la localidad javiense, cuando plantea reservar parte de la Granadella o la Cala de la Barraca para los empadronados en el pueblo, habida cuenta del colapso que desde hace más de diez años sufren sus principales rincones naturales por el aluvión de turistas de todos los países, incluido el nuestro. Al no quedar ni un centímetro cuadrado para los naturales de Xàbia, que pagan sus impuestos, la primera edil ha propuesto —sin concretar demasiado— "reservar" parte de las calas para los paisanos, así que me río yo de la prioridad nacional de VOX. Me parece legítima la pretensión de Cardona, aunque irrealizable: si todos y cada uno de los alcaldes de la Comunitat con problemas de masificación turística aplicaran esta norma —que tampoco parece fácil de implementar—, imaginen el caos. Por cierto, la izquierda estará de acuerdo con esta prioridad nacional de reservar cachos de playa para los locales, porque no ha dicho ni mu. Curioso silencio, el suyo, para quienes tanto hablan de fronteras cuando les conviene y tan poco cuando no.
No tengo a Cardona por pirómana, aunque este agosto hemos vivido casos encadenados de piromanía de todo pelaje. El primer pirómano ha sido Sánchez, que ha utilizado la crisis ceutí para desviar la atención, aunque me temo que sus asesores se han pasado de frenada y han terminado alimentando un conflicto que amenaza con llevarse por delante su propio califato. La ausencia de Mazón me parece caza menor comparada con las vacaciones canarias de Sánchez. Ya lo dejó dicho Rahm Emanuel, el estratega que asesoró a Obama: nunca hay que dejar que una buena crisis se desperdicie. Aquí nadie la malgasta: se administra, se dosifica y, sobre todo, se fotografía. Desde la Dana, sobre todo, pero no solo, los políticos en general y los gobernantes en particular se han vuelto locos por estar, por aparecer, por visibilizarse. Sus actuaciones y palabras muchas veces convocan la polémica e inquietan al personal cuando lo que deberían hacer es tranquilizar a los ciudadanos. Los hemos visto en aglomeraciones turísticas, golpes de calor, reventones térmicos e incendios: la agenda de un político español en agosto ya no se mide en reuniones, sino en catástrofes visitadas.
Los incendios merecen mención especial. En Valencia anda suelto un pirómano, o varios, al parecer responsables del último y más grave fuego acontecido en El Saler. De pirómanos hay dos tipos: los que lo son por problemas mentales y los que atentan por causas económicas, sindicales o políticas. A mí, personalmente, me preocupan más los segundos, porque a los primeros se les ve venir. Un vecino de El Saler me contó que el último siniestro tuvo lugar un día después de que un conocido sospechoso volviera de vacaciones, y no sé si es a ese individuo al que se refiere la alcaldesa Catalá. Leyenda urbana o no, se diría que ni la justicia ni el sistema están haciendo lo suficiente por atrapar a esta gentuza y evitar el desastre en el principal patrimonio natural de los capitalinos.
Con la Dana llegó aquello de que "el pueblo salva al pueblo", y el eslogan ha resucitado en Ceuta. Esta consigna, tan populista como inconveniente, lleva camino de dejar a los políticos sin trabajo, y por eso se han multiplicado en discursos, apariciones y postureos, no vaya a ser que se note. Meteotsunamis, reventones, incendios, invasiones migratorias o turísticas, este agosto, más que nunca, a los políticos les ha dado por dar explicaciones de todo. A Sánchez lo vimos en Ceuta —en Paiporta todavía le esperan—, a Morant en Segorbe, a Ayuso en su ático, a Llorca de fuego en fuego o argumentando su viaje a Nueva York. Tantas explicaciones faltaron en la Dana, de la que están a punto de cumplirse dos años, que ahora se detecta una pulsión compensatoria por aparentar, todos agolpados en los 16/9 de la pantalla de televisión, robando un cacho de plano a mayor gloria de la propia visibilidad. Que no se diga que no estamos trabajando. Yo, a Pilar Bernabé, preferiría verla dando explicaciones por el robo del siglo en el museo de Villena que en cada incendio, recién salida de la piscina. Mencionar a Diana Morant ya parece casi un insulto, porque la mujer siempre parece comparecer fuera de contexto, hablando de ciencia en lo que es, con toda evidencia, un caso de orden público. Que durante un incendio aparezca dando la matraca sobre el cambio climático y lo bien que lo hace el Gobierno del que forma parte es como si el ministro de Agricultura se apuntara los éxitos de Ferran Torres por la buena fruta que come. En julio ya arrancó la cosa con el "reto marrón" en las piscinas públicas, y hemos acabado farmeando aura, que es realmente a lo único que se han dedicado nuestros próceres este verano. Yo, el agosto que viene, si me llega el presupuesto, me pillo el vuelo de United y me marcho a Nueva Yol.