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Desconectar

Hay una épica extendida de la comunicación inútil (...) Blogueros e influencers se proyectan como politólogos y políticos de listas de canciones y recomendaciones para el ocio dimitidos del servicio pero nunca del cargo, pueblan un mundo cada vez más superficial.

Airbus con el nombre de Thomas Cook (1808-1892), un mpresario británico, conocido por ser la primera persona en crear un viaje organizado.

Airbus con el nombre de Thomas Cook (1808-1892), un mpresario británico, conocido por ser la primera persona en crear un viaje organizado.

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Con la mejor voluntad -de eso estoy seguro- la gente te propone “desconectar” durante las vacaciones. Una recomendación frecuente de quienes van a pasar la mayoría de su tiempo pendientes del móvil, buscando wifi en hoteles y restaurantes, preguntando donde recargarlo durante la comida o un simple café y, en el mejor de los casos, captando fotos, selfies y vídeos de todo lo que va aconteciendo prestando menos atención a su simple disfrute. O viendo estúpidos y adictivos cortos sin parar en las redes sociales. Tampoco los culpo. Somos fruto maduro de una estrategia de comunicación de masas bien orquestada entre el capital y la dirigencia política. La orteguiana rebelión de las masas es asignatura definitivamente pendiente.

Parece que hasta aquellos que invaden todavía Ceuta andan conectados. Y muy conectados, por cierto.

Ya sé que el bien pensante consejo no persigue que elijamos un lugar de nula o baja cobertura -feo palabro más próximo a las prácticas ganaderas- sino que la bienhechora pretensión es que olvides la rutina habitual, las cuestiones laborales y los problemas más frecuentes. Que procures instalarte en un medio inusual, irreal, casi fantástico en el que apenas te reconozcas, pertrechado -naturalmente- con la tarjeta de crédito y localizado el cajero automático más próximo.

Un servidor, que como todo quisqui en vacaciones hace uso y abuso de los dispositivos electrónicos y suele dejar el plástico bancario más seco que una bacalá, discrepa de la esa suerte de desconexión hiperconectada. Prefiere, siendo más manazas que manitas, trabajar con las manos. Lijar y alimentar la madera vieja con aceite de linaza (mejor el que ya incorpora secante en el bote), arreglar muebles estropeados, cambiar cuadros de sitio o sustituirlos por nuevos, cuidar flores de estación o ensayar recetas de cocina raras, si se está en casa propia. O conocer, comprobar, anotar y aprender como lo hacen otros, más aún si se trata de diferentes culturas.

Mi amigo arquitecto Miguel Pecourt distinguía entre viajar y desplazarse. Y ya es un tópico que nadie que se precie se autodenomina turista, para desgracia de la memoria de Thomas Cook conocido inventor del turismo de masas, hoy más desprestigiado y abandonado por los propios que la ministra española de defensa. Que ya es decir.

Tampoco estoy seguro de que el verbo conectar -o desconectar- sea el apropiado. Y advierto que no puedo con el de “interactuar” tan al uso. Unos y otro tienen algo que cosifica al individuo y lo vacía de sus valores más profundos, sustituyéndolos por las herramientas y habilidades que posee. Incluidas las sociales.

Hay una épica extendida de la comunicación inútil -un oxímoron- alimentada por los poderosos que pretende desplazar la mística, hoy en absoluto descrédito y en peligro de extinción. Blogueros e influencers -otra vez, qué palabros- que se proyectan como politólogos y políticos de listas de canciones y recomendaciones para el ocio dimitidos del servicio pero nunca del cargo, pueblan un mundo cada vez más superficial. Menos íntimo.

Y así nos está yendo.

Conectado o desconectado, reivindico un optimismo revolucionario y en cierta medida silencioso, que hace de lo esencial y lo profundo lo más preciado y productivo. Y de la cultura en su conjunto el mejor caldo de cultivo. Un antídoto contra la vulgaridad.

Y en eso ando en mi modestia.

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