opinión
Pero no tanto
Moncloa cree haber descubierto en la xenofobia y en la ausencia de humanidad de otros la receta para endilgar a fachas de carnet, o de simple vocación, la responsabilidad del desorden ciudadano.

La monja argentina Sor Lucía Caram.
Hay muchos que sostienen, incluso entre la clase política, que Sánchez les tiene tomada la medida a los españoles. Pero este cronista discrepa. Lo que nos tiene es la billetera ocupada. Como Marruecos a Ceuta. Con el mismo disimulo y picardía. Y con idéntico objetivo a largo plazo: quedarse con ella.
Otros mantienen que nos tiene por tontos. Y aquí caben los matices. La picaresca española cursa en nuestra literatura histórica con grandes y didácticos ejemplos. Desde el Lazarillo hasta el propio Sancho Panza. Fuera Diego Hurtado de Mendoza el autor, o el valenciano Luis Vives, no consta que el ciego, el clérigo, el escudero, ni el fraile, hasta llegar al arcipreste, establecieran con el pillo un acuerdo de conveniencia inicial que finalmente acabara superándolos. Ni se ha leído en los numerosos estudios e investigaciones más recientes sobre la materia. Pero cabe imaginarlo como posibilidad factible.
La relación del hidalgo cervantino con su asistente era más sutil y el pasaje de la ínsula Barataria desvela un toma y daca que permite hacer una hipótesis de cómoda complacencia con el contubernio en sus narices.
En la España que hemos admitido llamar sanchista, hasta la loquita monja argentina que ha sido azote de la derecha y se atrevió a besar al Papa Francisco en visita privada en el Vaticano, dice haber votado allá al de la motosierra y pone ahora a podemitas y sumandos de chupa de dómine al acaecer rápidamente en extrema gauche caviar. Por indumentaria, salarios, hábitos y habitaciones. Y los compara con los Kitchner sin necesidad de citar a Perón ni a la Evita por quien no debía llorar Argentina, auténticos artistas en la técnica de vaciado de la cartera del contribuyente.
La clave siempre está en retribuir generosamente al descamisado, una vez -por supuesto- haber colmado suficientemente las arcas propias.
Trujillo – hay que leer "La Fiesta del Chivo" de Vargas Llosa- fundó el Partido Dominicano que funcionó en la práctica como único aunque admitiera la existencia de otros en un simulacro democrático. Batista en Cuba consintió partidos de oposición fuertemente controlados, incluidos el Partido Comunista que acabaría monopolizando Fidel Castro o el más independiente Movimiento 26 de Julio fundado por el luego dictador y una élite intelectual. En Dominicana -hoy tan frecuentada por socialistas españoles- Balaguer condujo una transición aceptable, pero en La Habana se perpetuó Castro con sus barbudos y ahí siguen hasta nuestros días.
La táctica de aprovechar todos los mecanismos del Estado de Derecho hasta pervertirlos al servicio del autarca goza de ejemplos tan actuales como el de Venezuela. Por no citar, como tanto lo hace recientemente esa ministrilla que todo lo ignora aunque ejerza de Ciencia y Universidades, el tristemente conocido episodio alemán del Partido Nacionalsocialista Obrero.
El laboratorio de fabricación de opinión de Moncloa cree haber descubierto en la xenofobia cruel y en la ausencia de atisbo alguno de humanidad de otros la receta para endilgar a fachas de carnet, o de simple vocación, la responsabilidad del desorden ciudadano al que la ciudad autónoma española está sometida en la práctica. Sin embargo, hasta la monjita activista antes citada acusa al gobierno de coalición de izquierda y extrema izquierda, de recrear y fomentar la ultraderecha más salvaje.
Tal vez nos tomen por tontos. Unos lo dicen indignados y otros, resignados. Pero lo cierto es que, como en la corrupción política, la malversación, la prevaricación y el tráfico de influencias, la figura jurídica del pequeño colaborador necesario cursa hoy en España con total impunidad. Los estómagos agradecidos con ayudas, subvenciones y paguitas amparadas por la presuntamente generosa función humanitaria “del gobierno más progresista de la historia”, se saben con la transferencia dineraria asegurada y a salvo de banquillo. Potenciales votantes cautivos.
Así que tan pícaros como los más históricos. Tontos quizás, pero no tanto.