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Luis Motes

Luis Motes

Periodista

La política es el nuevo corazón

"No es que la televisión haya dejado de hacer 'culebrones', lo que sucede es que ha cambiado el reparto"

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, y la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, y la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana MorantCarlos Luján / Europa Press

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Diana Morant ha comparado a los menas magrebíes atrapados en Ceuta con los niños rubios ucranianos que, a miles seguramente, llegaron a la Comunitat Valenciana con el comienzo de aquella guerra. Con su entrevista en la SER, su mentor, Pedro Sánchez mantiene su estrategia de banalizar la realidad para que sea percibida como un contenido opinable, susceptible de generar la polarización que a él le puede mantener en el poder. Si mañana un servidor tuviera que configurar los argumentos informativos a tratar en El Faro de La 8 Mediterráneo, que arrancará si Dios quiere el 14 de septiembre, sin duda el falaz razonamiento de la líder socialista valenciana o la evidente táctica sanchista ocuparían buenos minutos de la escaleta.

Los políticos han logrado por fin, a base de soplapolleces, ocupar el espacio que antes tenía el corazón en las pantallas de televisión. El boom televisivo de la política -hay quien mantenía que la política o el periodismo habían muerto- tiene que ver con la función hertziana que cumple la res pública: ofrece personajes recurrentes, conflicto, bandos, traiciones, escándalos, frases memorables y capítulos nuevos cada día. No es que la televisión haya dejado de hacer “culebrones”, lo que sucede es que ha cambiado el reparto. Acuérdense de Tómbola, que fue un acierto en la tele de Carrascosa y abrió la veda a lo que vino después porque la crónica rosa era una máquina narrativa perfecta para la televisión. Ya saben, protagonistas conocidos y reconocibles, relaciones personales que daban giros continuos, parejas, rupturas, herencias y cuernos, enemistades, ruinas o reconciliaciones. El espectador podía tomar partido y cada noticia abría una secuela para el día siguiente.

La política contemporánea ofrece ahora una materia prima muy, muy parecida, pero conectada con asuntos de mayor enjundia: gobiernos, partidos, corrupción, impuestos, vivienda, inmigración, justicia, guerras culturales o liderazgo. Un pleno, una declaración, una filtración o un tuit pueden convertirse en el “episodio de hoy” pero ¿qué ha cambiado? ¿por qué ahora sí y antes no tanto? Yo creo que la clave es que el acontecimiento ya no se presenta sólo como información —qué ha ocurrido y cuáles son sus consecuencias—, sino como relato. O sea, quién gana, quién pierde, quién traiciona, quién queda humillado, qué bando “domina” la conversación y qué pasará mañana.

Además, por si quieren una visión algo más concienzuda, hay varios elementos que obedecen a las rutinas productivas de la producción, aquello de Villafañe, que han multiplicado ahora y en esta vuelta del verano de 2026 en particular los espacios políticos en los 16/9 de la pantalla, aunque algunos ya llevamos algunos trienios en esto. Para empezar, una tertulia requiere mucho menos presupuesto que una ficción, un gran entretenimiento o un programa de reportajes. Con un plató, un presentador, colaboradores, piezas de vídeo y conexiones el guiso está completo y, además, puede cocinarse a diario, durar muchas horas y reaccionar en tiempo real a lo que ocurra.

Luego está la metamorfosis temporal de la política. Antes la política televisiva se concentraba más en campañas electorales, entrevistas institucionales y grandes debates, o en el “declaracionismo” de los informativos. Ahora existe una campaña casi en sesión continua, durante toda la legislatura en la que cada medida, protesta, caso judicial, encuesta, declaración parlamentaria o choque entre dirigentes se convierte en contenido inmediato. Esto no ha parado desde 2020 o antes. Desde la crisis económica, el 15M, la aparición de nuevos partidos, el procés, la pandemia y la creciente confrontación en redes, la política ha adquirido una intensidad dramática diaria. Luego llegó Trump, los apagones, la Dana, Zapatero, y ahora Ceuta. Solo nos faltan los ovnis.

El infoentretenimiento ha llegado pues a nuestras vidas, vigorizado además por las redes sociales, que surge de los platós, en fragmentos de 30 segundos, y lo que funciona en el social media vuelve al plató porque da que hablar y conserva ese bucle virtuoso de la expectativa, el choque y el comentario. Es precisamente ese mecanismo lo que ha alterado lo que alimenta a las audiencias, que ya no consumen solo noticias sino también experiencia de pertenencia, porque elegimos del mando la opción que consolida nuestra visión de las cosas.

Volviendo al principio, y puesto que es argumento de los infoshow políticos estos días, llevo unos días dándole vueltas a una palabra bastante fea: mena. Menor extranjero no acompañado ocupa demasiado espacio para un titular y cuatro letras solucionan enseguida el inconveniente porque el palabro cabe en una entradilla, en una tertulia, en una pancarta y, sobre todo, permite meter dentro casi cualquier cosa. Una frontera, una subvención, una ONG, un miedo, una campaña electoral y hasta las relaciones diplomáticas con Marruecos. Para cuatro letras, no está mal.

La reciente crisis de Ceuta ha vuelto a demostrarlo. España entera clama en sus plazas en solidaridad con los ceutíes, la ciudad autónoma se ha visto desbordada por una invasión que supera de largo su capacidad ordinaria de acogida y, a partir de ahí, comenzó el desastre: delincuencia, violaciones, generalizaciones, un Gobierno incapaz escurriendo el bulto y, sobre todo, el drama de los menores de edad.

El tema de los menores cambia de propietario cuando se cruza la frontera. La frontera es competencia del Estado, pero el mena empieza enseguida a pertenecer un poco a todos. A la Comunitat Valenciana, a Madrid, Murcia… Pedro Sánchez juega especialmente bien en este tablero porque una agresión territorial se ha tornado en un conflicto entre la Zarzuela y la Moncloa o qué hacer con los niños marroquíes. Sánchez no acaba con las crisis, pero sabe cambiar el encuadre. Diana Morant pretende copiar a su jefe, pero “una cosa és el sant, i una altra la peana”. La ministra de Ciencia que sortea los éxitos verbales ha vuelto a hacer pedagogía moral desde la pantalla, ese lugar desde el que todo se ve más claro cuando no hay que gestionar nada. Comparar a los menores ucranianos con los menas de Ceuta no es un desliz, es método: la ministra necesita una guerra ajena para justificar una gestión propia que no cuadra. Que "rubios" fuera el adjetivo elegido dice más de su cálculo que de su sensibilidad. Llamar racista a Pérez Llorca por hacer preguntas incómodas es la vieja treta del sectario: cuando falta argumento, sobra etiqueta. Gramsci lo llamaba hegemonía. Aquí, simplemente, se llama Morant.

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