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Luis Motes

Luis Motes

Periodista

¿El 11M de Sánchez?

La derecha va perdiendo el complejo de manifestarse

Cientos de personas durante una concentración en solidaridad con Ceuta, a 2 de septiembre de 2026, en Valencia

Cientos de personas durante una concentración en solidaridad con Ceuta, a 2 de septiembre de 2026, en ValenciaEuropa Press

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El helicóptero de Bernabé sobrevuela la Plaza del Ayuntamiento en modo mascletà contando fachas —oficialmente menos de los que allí se dieron cita, claro— y la derecha va perdiendo el complejo de manifestarse -ma non troppo-, aunque nunca alcanzará la excelencia coreográfica de la izquierda. Mis sensaciones son las de un ciudadano observador, arrastrado por cierto pudor autoimpuesto hasta la concentración del día de Ceuta, pero también por deformación profesional del interés público y pura curiosidad: no suelo ir a manifestaciones. Fui a la del 23F, con mis padres, y a la que inundó España de palmas blancas tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA. Poco más. Durante años he acudido profesionalmente a cubrir funerales, aglomeraciones y cosas así. En este caso la concentración parece transversal, en efecto, pero la transversalidad es conservadora. Que ya era hora.

La del 2 de septiembre ha sido una manifestación mayoritariamente de gente de orden: jóvenes de colegio privado o concertado, alguno de público, algunos con patinete, burgueses del Ensanche y algún tatuado emboscado, algún mochilero despistado, profesionales recién salidos del trabajo y de Rodríguez, los fans de Mayrén —entre los que me cuento—, ellas con sus cardados, jóvenes, boomers y mayores, tiernamente con rojigualdas al cuello. Mucha gente, y mucho facha debe de haber entonces. La plaza está llena desde el antiguo Ivex hasta Balanzá, desde Correos hasta San Vicente. Banderas de España en su mayoría, alguna senyera, otras tantas cruces de Borgoña y una pancarta con el yugo y las flechas, la excepción ultra, munición suficiente para alimentar la coartada gubernamental de que, en efecto, esto es cosa de fascistas. Como las cargas policiales y los disturbios de Madrid: unas decenas de indocumentados que ensucian el clamor de una España harta.

Levantar la voz contra la traición y la mentira de un Gobierno hacia sus contribuyentes bien vale invertir unos minutos. El acto es breve, un parlamento moderado que apenas se escucha a cargo de la representantes de los municipios, los himnos, y un tercio del personal con más ganas de insultar a Pedro Sánchez que de atender a la representante de los municipios. Pero ojo, para quien se rasga las vestiduras por el sonsonete habitual que menta a la madre del presidente, recuerdo que con más fiereza se ha insultado a Mazón o a Feijóo en estos meses, y después de la dana.

Sin embargo, siento ser el aguafiestas. Esto no es el 11M de Sánchez, lamento decepcionar, y eso que se han conjugado todas las circunstancias que acabaron con Aznar: un Gobierno sorprendido en la mentira que la mantiene horas después, que utiliza los resortes del Estado para camuflar la ignominia, que sostiene su versión perversa pese a que todas las pruebas —incluidas las de sus propios aparatos de seguridad— contradicen su relato. No es un 11M porque la derecha carece de manual de instrucciones para manifestarse, y porque jamás alcanzará el grado de iniquidad y letal operatividad de las izquierdas y sus terminales, que lograron, escrachando las sedes del PP y tomando la calle, torcer el curso de unas elecciones y de la historia. De aquello salió ZP, guárdame la cría, que dicen en mi pueblo. La siniestra toma las calles con mayor solvencia y construye el relato con la velocidad de quien lleva siglos ensayándolo porque nació para conquistar el poder y se ha entrenado para ello generación tras generación. De Gramsci es aquello de que quien controla la hegemonía cultural no necesita ya conquistar el Estado, porque el Estado le será entregado. La derecha, en cambio, estaba cómodamente instalada en los palacios, no está en su ADN conquistar el poder, sino conservarlo. Y todavía no ha aprendido la lección, ni en comunicación ni en nada, al menos aquí.

Y eso que el problema es gravísimo. Ceuta no es un caso aislado, sino el primer escalón de un cambio de régimen y de estatus. He escuchado en privado, aquí en Valencia, a un coronel del Ejército de Tierra decir que con solo cuatrocientos caballeros legionarios de Ceuta o de Almería, en cuatro horas, limpiaban la ciudad autónoma de ese ejército sin uniforme, sin víctimas, porque, como ya sabemos, los miles de invasores no son en su mayoría ni familias necesitadas ni víctimas de una tragedia migratoria. No hace falta una guerra, como dice Rufián, solo se necesita acción y energía. Lo atestiguan nueve alertas y un informe policial que Sánchez se ha encargado de infravalorar desde la tribuna parlamentaria. Pero ¿por qué? Sí, esa es la gran pregunta que todo el mundo se hace: ¿por qué no los echan?

Debe de haber varias hipótesis al respecto, pero yo me inclino por la más elemental. Pedro Sánchez no ha organizado él mismo la invasión de España, ni mucho menos, pero sabe sacarle un buen rédito político. A Pedro Sánchez, inteligente gobernante con pocos escrúpulos, no le importa llevar a la nación a un clímax de polarización y crispación, ni siquiera situarla en una excepcionalidad institucional, si eso le permite ganar tiempo y, por ejemplo, retrasar unas consultas electorales de las que no espera salir bien parado. Es precisamente en la fermentación de esa excepcionalidad donde puede movilizar a una izquierda todavía escandalizada y avergonzada por los últimos casos de corrupción que salpican a su familia y a su entorno —el último de ellos, el de ZP, del que ya nadie habla—. Como advirtió Maquiavelo, al príncipe le conviene más ser temido en tiempos de urgencia que amado en tiempos de calma, y Sánchez ha entendido esa lección mejor que nadie de su generación. En España hay censalmente más electores de izquierdas que de derechas, y la alternancia solo es posible cuando los votantes de izquierda se quedan en casa el día de las elecciones, hastiados por el escándalo o el agotamiento. Que la derecha se organice, se movilice, salga a la calle y exteriorice sus soflamas —algunas de ellas altisonantes y al borde del régimen democrático— alimenta precisamente la posibilidad de que los votantes del otro lado se activen. Eso es lo que parece buscar el galgo de Paiporta, que con cada día que pasa, y pese a su cara de Judas, compra boletos para que se produzca alguna muerte en Ceuta —de un invasor, de un vecino ceutí, de un militar—, mientras eleva la tensión entre el electorado. Y eso, para él, le va de madre.

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