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Ceuta, la tumba del Sanchismo

Esa rebelión municipal demuestra que el partido del Gobierno ya no es un búnker hermético y que la gestión de la crisis está erosionando su propio poder

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, el pasado jueves.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, el pasado jueves.Europa Press

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El informe policial que implica a Marruecos y la "inacción calculada" del Gobierno convierten la crisis de Ceuta en el mayor desafío a la credibilidad de Sánchez y su partido, el PSOE. ¿Cuáles son los hechos expuestos el pasado jueves en el Congreso de los Diputados? Pues… que después de un mes desde aquel 30 de julio en el que el sueño de una ciudad española se convirtió en una pesadilla orquestada, ninguna respuesta viable ha sido decidida por el actual gobierno de España…

Lo que ocurrió en Ceuta no fue una avalancha migratoria espontánea, sino una invasión planeada y ejecutada por el Reino de Marruecos contra la integridad territorial de España, utilizando a miles de personas como arma de chantaje político. Y frente a esta agresión, la respuesta del Gobierno de Pedro Sánchez ha sido una mezcla de pasividad, negacionismo y una inquietante sumisión a Rabat que ha dejado a los ceutíes desamparados. La ciudad autónoma se ha convertido en el cementerio político del sanchismo.

El relato oficial del Ejecutivo, que insiste en una supuesta cooperación con Marruecos, se ha derrumbado tras la contundencia de un informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras (Cenif) remitido a la Audiencia Nacional. El documento, que contradice las palabras del presidente, concluye que la entrada masiva fue un ataque planificado y coordinado por las autoridades marroquíes. Según la Policía, gendarmes uniformados y agentes de paisano dirigieron activamente a los miles de personas que cruzaron la frontera por franjas horarias, primero con hombres jóvenes equipados con trajes de neopreno y, posteriormente, con mujeres y niños, para desbordar la capacidad de respuesta de las Fuerzas de Seguridad españolas. Incluso hay constancia de que la Policía ya había emitido una alerta por riesgo de entradas masivas la víspera de la avalancha, una advertencia que, según Jucil, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, ignoró deliberadamente.

La indignación en Ceuta es máxima. La ciudad, que llegó a ver duplicada su población con la llegada de decenas de miles de personas, vivió días de caos y miedo, con comercios cerrados y un racionamiento de alimentos. Mientras los ceutíes se encerraban en sus casas y los cuerpos de seguridad y Cruz Roja se desbordaban para atender una crisis humanitaria, la respuesta institucional del Gobierno se caracterizó por la desconexión con la realidad. La visita de Sánchez fue recibida con frialdad, y su marcha casi inmediata de vacaciones, mientras la ciudad seguía ardiendo, se interpretó como una afrenta. Incluso las Fuerzas Armadas, desplegadas finalmente, habrían recibido la orden de "figurar como atrezzo" sin un mandato claro de cerrar la frontera.

La inacción no ha sido solo sobre el terreno, sino también en el plano diplomático. La líder de Podemos, Ione Belarra, ha denunciado una "inacción calculada" y ha exigido a Sánchez que explique si su ausencia de críticas y su sumisión a Marruecos responden al "miedo o a amenazas" por parte del régimen alauí. Las dudas sobre quién protege realmente a España han llegado hasta el punto de que Sánchez busca una polémica artificial con la Casa Real, a través del viaje del rey Felipe VI, para "pasar de puntillas" por la gestión de la crisis. Mientras tanto, el goteo de menores migrantes continúa en Melilla, desmintiendo la supuesta colaboración de Rabat. La estrategia de desgaste y la búsqueda de un rédito político han sustituido a la defensa de la soberanía nacional y la protección de los ciudadanos.

La defensa a ultranza de un "régimen totalitario" que no oculta sus ansias expansionistas sobre el Sáhara, Canarias o las propias ciudades autónomas ha dejado al descubierto una política exterior débil y sin principios

Esta crisis de Estado ha abierto la mayor grieta en el sanchismo desde su llegada al poder. El PSOE, temiendo que las concentraciones de apoyo al pueblo ceutí se conviertan en un clamor contra su gestión, ordenó a sus cargos públicos no participar en ellas. Sin embargo, la orden ha sido desoída por más de una decena de alcaldes socialistas, especialmente en Andalucía, que se juegan su futuro en las próximas elecciones municipales y se niegan a ser cómplices del abandono de Ceuta. Esa rebelión municipal demuestra que el partido del Gobierno ya no es un búnker hermético y que la gestión de la crisis está erosionando su propio poder.

El sanchismo, que se jactaba de su fortaleza y de haber eliminado cualquier disidencia interna, ha encontrado en Ceuta un muro contra el que se estrella. La defensa a ultranza de un "régimen totalitario" que no oculta sus ansias expansionistas sobre el Sáhara, Canarias o las propias ciudades autónomas ha dejado al descubierto una política exterior débil y sin principios. El "Día de Ceuta" se ha convertido en el certificado de defunción de una forma de hacer política donde la propaganda, la mentira y la inacción han llevado a España a su peor crisis fronteriza en décadas. La tumba del sanchismo no está en las urnas, sino en las playas de una ciudad española abandonada a su suerte por un Gobierno que ha preferido arrodillarse ante el chantaje antes que defender la integridad de su territorio y la seguridad de sus ciudadanos.

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