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Luis Motes

Luis Motes

Periodista

Vamos al lío, en El Faro

A Morant le recomendaría que leyera a Postman. Dice este veterano profesor de la Universidad de Nueva York, que vetar a un medio o buscar -opuestamente- el medio amigo solo, es un lujo innecesario

Luis Motes.

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Hay que reconocerle una cosa al Ministerio del Interior: la meticulosidad. Ochenta y una fichas, cincuenta y cuatro folios, fotografía, trayectoria y, por si el funcionario de turno tenía dudas sobre a quién estaba fichando, una etiqueta ideológica bien visible, como la que llevan los tomates en Mercadona: "afín al PSOE", "tendencia conservadora", "extrema derecha", "periodista polémica". Falta solo el código de barras y la fecha de caducidad. Y miren, coincido con Fernando García Bonet en ESdiario, también me siento ninguneado al no aparecer en las listas negras de Marlaska.

Por tanto, habrá que seguir haciendo méritos y en esa dirección y, por una vez, van a disculpar la autopromoción, pero es de obediencia debida. Comienza la decimoctava temporada de El Faro, en La 8 Mediterráneo, la cadena autonómica privada. Junto a mi equipo, liderado en la sala de máquinas por Chaimae Boullala, Joan Gimeno, Ernest Giner y el resto de compañeros, tertulianos, colaboradores y expertos, podremos volver a poner nuestro grano de arena en la construcción de la agenda diaria y en el enriquecimiento de una conversación pública plural.

Una de las cosas en las que tenemos mayor empeño en esta temporada -como siempre- es en poder atraer y convocar al programa en el plató a las voces más importantes del panorama informativo político, social, económico, periodístico o científico. Y contra lo que pudieran imaginar ustedes -porque al político se le supone un prurito permanente por la visibilidad- hay personajes que de un tiempo a esta parte se nos resisten. Les confieso que hay políticos que no se dejan preguntar en los últimos años y eso es un fenómeno que tiene que ver con la polarización, sí, pero también con el sesgo de confirmación o confimation bias en su versión anglosajona. Es decir, la tendencia psicológica a buscar, interpretar y recordar solo la información o las ideas que confirman aquello en lo que ya creemos. El sesgo afecta a los telespectadores, pero también a los protagonistas. Festinger decía que seleccionar información afín -como plataformas afines- ayudaba a reducir la disonancia cognitivga, que es esa incomodidad que surge -o urticaria- cuando algunos ven a Sánchez, o sensu contrario, a Feijóo. Personalmente me he dedicado a esto de la TV durante 24 años en una primera etapa y 8 en una segunda fase, cuando ya creía que había pasado página. Pues bien, en 32 años de profesión televisiva he podido entrevistar en plató, como ustedes comprenderán, a muchísima gente.

Sin embargo, si limitamos la casuística a miembros de la clase política y de alta graduación, ocurre algo. Haciendo un repaso desordenado, nada empírico, Rajoy o Rita Barberá aceptaron encantados, como Lerma; a Zaplana no logré entrevistarlo porque se traía entrevistadores de Madrid, los camarlengos de Camps eran más papistas que el Papa y pretendían orientar el cuestionario -él nunca aceptó el enjuague-, pude hacer algunas preguntas al Príncipe de Asturias, hoy Rey, en Georgetown; con Mazón me sucedió que era muy persistente en que lo pusiera en aprietos -eso sí, antes de la Dana, claro-, y Ximo Puig nunca dijo que no. Es más, abrió y cerró temporada en El Faro de La 8 mientras fue President.

El otro día, viendo la entrevista de Cintora a Pedro Sánchez en TVE me acordaba del fenómeno mediante el cual algunos políticos solo se dejan interrogar por determinados compañeros. Hay una escena que se repite con la puntualidad de un tren suizo: el gobernante de turno -o el candidato a sucederle- concede entrevista, sí, pero solo a la cadena -o al tipo- que le ha jurado fidelidad eterna, esa que pregunta por sus hobbies antes que por sus decretos. Al medio incómodo se le veta con la naturalidad con que se aparta a un pariente pesado en una boda, y luego se le desprecia. A un servidor le viene ocurriendo esto con Diana Morant, la candidata socialista a la presidencia de la Generalitat, que no contempla -no a este suscribiente- sino a los miles de telespectadores de la cadena que me paga. Yo a Morant le recomendaría que leyera a Postman. Dice este veterano profesor de la Universidad de Nueva York, que vetar a un medio o buscar -opuestamente- el medio amigo solo, es un lujo innecesario.

Para que nos entendamos, el medio no está diseñado para transmitir las cualidades de un político. Su gramática interna -el primer plano, el corte, el ritmo- hace imposible esa evaluación, la tele solo transmite imagen. Vetando a una tele a favor de otra, y hacerlo ley de vida, es una doble cobardía porque la televisión solo permite al político que se convierta en un espejo de lo que el espectador quiere ver al sintonizar ese canal. La valentía radica, precisamente, en ir donde no te buscan.

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