la pupitrera
Ya no entra
PISA vuelve a dejarnos malos resultados. Pero quizá, antes de buscar culpables dentro de las aulas, deberíamos preguntarnos qué estamos metiendo en ellas

Ya no entra: Pilu Hernández Dopico
España vuelve a bajar en PISA. 23 puntos menos en lectura, 16 en matemáticas y 8 en ciencias respecto a 2022. Y la Comunitat Valenciana no sale precisamente airoso del retrato: 424 puntos en lectura, 435 en matemáticas y 450 en ciencias. Está entre las cuatro comunidades con peores resultados en lectura y entre las tres últimas en matemáticas y ciencias.
Ya tenemos titulares. Y también tenemos la cantinela. Que si los móviles. Que si las redes. Que si la inteligencia artificial. Que si los niños de ahora no se esfuerzan. Que si antes se estudiaba más.
Y aparece, como siempre, aquello de “la letra con sangre entra”, como si entre la vara de fresno y el PISA hubiera un secreto pedagógico que se nos hubiera extraviado por el camino.
Pues no. No quiero volver a una escuela donde aprender dolía. Pero tampoco creo que hayamos hecho ningún favor a nuestros niños confundiendo poner límites con ser autoritario o exigir esfuerzo con exigir demasiado. Porque hay algo que PISA no puede medir. Un examen empieza cuando el alumno se sienta delante de él. La educación empieza mucho antes.
En las aulas recibimos niños que necesitan aprender a leer, a escribir, a calcular y a comprender el mundo. Pero también recibimos niños que todavía están aprendiendo a esperar, a escuchar, a aceptar un “no”, a pedir las cosas, a respetar un turno o a entender que no todo lo que quieren puede suceder inmediatamente.
Y claro que la escuela educa. Educar forma parte de nuestro trabajo. Pero algo estamos haciendo mal si pretendemos que el colegio sea, al mismo tiempo, escuela, familia, agenda, despertador, negociador de límites y servicio técnico de la crianza. Después nos preguntamos por qué cuesta mantener la atención. Quizá porque fuera del aula hemos construido un mundo que no soporta demasiado bien la espera.
Un mundo de respuestas inmediatas, vídeos de pocos segundos, entretenimiento permanente y adultos que tampoco somos precisamente campeones olímpicos de desconexión. Y aquí viene la parte que menos nos gusta.
No podemos pedir a los niños hábitos que no ven en los adultos. Queremos que lean, pero ¿nos ven leer? Queremos que se concentren, pero ¿somos capaces de cenar sin mirar el teléfono? Queremos que resuelvan sus problemas, pero ¿cuántas veces corremos a solucionárselos antes de que lo intenten? Queremos que acepten la frustración, pero ¿cuántas veces convertimos cada pequeño disgusto en una emergencia nacional?
No se trata de culpar a las familias. Ni a los docentes. Ni a los móviles. Se trata de asumir que educar es una tarea demasiado grande para dejarla en manos de un solo adulto durante unas horas al día.
Y tampoco podemos mirar atrás con unas gafas que solo nos dejan ver lo que nos interesa. Aquella escuela tenía disciplina, sí. También tenía miedo, desigualdad y castigos que hoy no aceptaríamos. No necesitamos regresar allí.
Necesitamos avanzar. Con tecnología, sí. Con inteligencia artificial, también. Con nuevas metodologías y nuevas herramientas. Pero sin perder algunas cosas bastante antiguas: leer, pensar, esperar, esforzarse, escuchar y hacerse responsable de uno mismo.
Porque quizá el problema no sea que nuestros alumnos tengan demasiado acceso a la información. Es que tener el mundo entero al alcance de la mano no garantiza saber qué hacer con él. Y eso sí es una tarea educativa.
La escuela puede enseñarles a encontrar respuestas. Pero necesitamos que alguien, dentro y fuera de ella, siga enseñándoles algo todavía más importante: que no todo debe ser inmediato, fácil ni entretenido para merecer la pena. La letra ya no entra con sangre. Pero aprender tampoco entra solo porque esté al alcance de un clic.