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Memoria, identidad y esperanza: una conversación sobre el judaísmo, Sefarad y el anhelo de la paz

El rabino principal de Barcelona, Samuel Garzón Barchilon, explica el significado de una celebración marcada por la reflexión, la familia y el deseo de "un año bueno y dulce"

Samuel Garzón, gran rabino de Barcelona

Samuel Garzón, gran rabino de Barcelona

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Juan de Oleza

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Con motivo de Rosh Hashaná 5787, que comienza al anochecer de este 11 de septiembre de 2026, desde el rabinato de la Comunidad Judía de Barcelona, conversamos con el Rabino Principal de Barcelona Samuel Garzón Barchilon sobre el significado profundo del Año Nuevo judío, la memoria de Sefarad, la identidad sefardí, el lugar del judaísmo en la sociedad española contemporánea y la necesidad de transformar la memoria histórica en una herramienta de encuentro.

En tiempos en los que las sociedades necesitan más espacios de diálogo que de confrontación, resulta especialmente importante poder acercarnos al judaísmo desde el conocimiento y no desde los prejuicios. ¿Qué significa para un judío la llegada de Rosh Hashaná?

Ante todo, quiero agradecerle a usted la sensibilidad de promover esta conversación. El periodismo, cuando se ejerce con rigor y con voluntad de comprender, puede convertirse en un verdadero puente entre personas, culturas y tradiciones. Porque cuando un periodista decide preguntar antes de juzgar, escuchar antes de opinar y acercar antes que separar, está haciendo algo que va mucho más allá de su oficio. Está contribuyendo a la convivencia.

En cuanto a su pregunta, Rosh Hashaná significa literalmente “cabeza del año”, pero reducirlo a la idea occidental de un simple Año Nuevo sería insuficiente ((como en valenciano o en catalán cap d'any) . Es mucho más profundo. Es un momento de renovación, de introspección y de responsabilidad. El calendario judío nos invita a detenernos y preguntarnos quiénes hemos sido durante el año que termina y quiénes queremos ser durante el año que comienza. No se trata únicamente de pedirle a Dios que nos conceda un buen año. Se trata de preguntarnos qué estamos dispuestos nosotros a hacer para que ese año sea mejor.

Entiendo que se trata de otra dimensión…

Hay una dimensión espiritual muy poderosa: la persona examina sus actos, sus palabras, sus relaciones y sus omisiones. Es una oportunidad para reparar. En hebreo hablamos de teshuvá, que suele traducirse como arrepentimiento, pero cuyo sentido profundo es “retorno”: volver a aquello que sabemos que debemos ser. Por eso Rosh Hashaná no es solamente una celebración. Es también un espejo.

Para un público que no conoce el judaísmo, puede resultar incluso inquietante escuchar que es un día de juicio. ¿cómo explicaría el concepto de juicio asociado a Rosh Hashaná?

Puede resultar inquietante si entendemos el juicio exclusivamente desde una perspectiva punitiva. En el judaísmo, el juicio tiene también una dimensión profundamente moral. Nos recuerda que nuestras acciones tienen consecuencias y que nuestra vida posee una responsabilidad ética. El ser humano no es un espectador de la historia. Es protagonista de ella.

¿Rosh Hashaná interpela a los judíos?

Rosh Hashaná nos invita a preguntarnos: ¿he sido justo?, ¿he tratado dignamente a los demás?, ¿he pedido perdón cuando correspondía?, ¿he sabido perdonar?, ¿he utilizado correctamente mis capacidades?, ¿he contribuido a mejorar el mundo que recibí? Y aquí aparece un concepto muy hermoso de la tradición judía: tikkun haolam, la reparación o mejora del mundo. No significa que un individuo pueda arreglar el universo por sí solo. Significa comprender que cada acto de justicia, cada gesto de solidaridad, cada palabra de reconciliación y cada acción responsable puede contribuir a reparar una pequeña parte de la realidad

Hay un símbolo particularmente conocido de Rosh Hashaná: el shofar. ¿Qué representa realmente el sonido de ese cuerno?

El shofar es uno de los sonidos más antiguos de nuestra tradición. No es una melodía convencional. Es un sonido que rompe el silencio. Y precisamente por eso posee una enorme fuerza espiritual. El shofar nos despierta. Nos dice: “Detente. Escucha. Mira dentro de ti”. A veces el ser humano vive rodeado de ruido y, paradójicamente, deja de escuchar lo esencial. El shofar no viene a entretenernos; viene a despertarnos.

¿Un aldabonazo a la conciencia?

Efectivamente, su sonido puede interpretarse como una llamada a la conciencia. Y creo que esto trasciende completamente al judaísmo. Cualquier ser humano, sea cual sea su tradición religiosa o filosófica, puede comprender la necesidad de detenerse alguna vez y preguntarse si está viviendo de acuerdo con sus valores.

Rosh Hashaná también está asociado a la mesa familiar, a las manzanas con miel, a la granada y a otros alimentos simbólicos. ¿Qué lugar ocupa la alegría dentro de una festividad que también habla de introspección?

Un lugar fundamental. El judaísmo no entiende la espiritualidad como una negación de la vida. Al contrario: bendecimos los alimentos, la familia, la amistad, el matrimonio, los hijos, la comunidad y tantos aspectos cotidianos de nuestra existencia. La manzana con miel expresa el deseo de un año dulce. La granada recuerda, entre otras interpretaciones, la abundancia de frutos y de buenas acciones. La mesa judía tiene una importancia extraordinaria porque alrededor de ella se transmite la memoria. Un niño que escucha una bendición de sus padres, que ve a sus abuelos repetir una costumbre y que participa en una comida familiar está recibiendo mucho más que una tradición religiosa: está recibiendo una parte de su identidad.

Hablemos precisamente de identidad. Usted es rabino en Barcelona, nació en Caracas y sus padres y antepasados proceden de Tetuán. Su propia historia familiar parece contener varias geografías mediterráneas y americanas.

Así es. Y esa multiplicidad forma parte de la experiencia sefardí. Mi historia personal comienza en Venezuela, pero mi memoria familiar conduce hacia Marruecos, hacia Tetuán, y desde allí hacia una memoria mucho más antigua: Sefarad. Los judíos sefardíes llevamos siglos transmitiendo una memoria que no depende únicamente de haber nacido en España. Sefarad se convirtió en una patria de la memoria.

¿Sus apellidos?

En mi caso existe además una particularidad que siempre me ha impresionado. Mi segundo apellido, Barchilon, está vinculado a Barcelona y a una tradición familiar que ha preservado durante generaciones el recuerdo de esa relación con la ciudad. El apellido Garzón también despierta una reflexión lingüística y familiar interesante. Se ha relacionado tradicionalmente con raíces que evocan al expulsado, aunque la etimología de los apellidos puede ser compleja y no debe reducirse a una única interpretación. Pero más allá de la filología, para mí existe una dimensión emocional. Hay familias que durante siglos han llevado consigo la memoria de un lugar que ya no habitaban. Eso es Sefarad.

Pero ¿qué significa Sefarad para un sefardí contemporáneo?

Sefarad es memoria, no solamente nostalgia. Es también gratitud. La historia judía en la península ibérica produjo figuras extraordinarias en la filosofía, la medicina, la poesía, la astronomía, la traducción, el comercio, la diplomacia y el pensamiento religioso. Personajes como Maimónides de Córdoba, Yehudá Haleví de Toledo, Hasdai ibn Shaprut de Jaén o Shlomo ibn Gabirol de Málaga, Najmánides de Girona, Rabi Salomón Ben Aderet de Barcelona, Rabi Yehuda Barchiloni de Barcelona, Rabenu Yoná de Girona forman parte de una herencia intelectual que pertenece al pueblo judío, pero que también forma parte de la historia cultural de la península, muchos originarios de al-Ándalus.

La cultura sefardí…

Hay algo que considero particularmente hermoso: la cultura sefardí sobrevivió a la expulsión. Sobrevivió en el norte de África, en los Balcanes, en el Mediterráneo oriental, en América y en muchos otros lugares. Sobrevivió en las palabras, en las canciones, en las recetas, en las melodías, en las oraciones y en los apellidos. El judeoespañol, el ladino, es uno de los testimonios más conmovedores de esa memoria. Una lengua puede convertirse en una casa.

Cuando se habla de la España medieval aparece con frecuencia la expresión “convivencia de las tres culturas”. ¿Cómo debería contemplarse esa historia desde una perspectiva contemporánea?

Con admiración, pero también con honestidad histórica. Hubo momentos extraordinarios de intercambio entre judíos, musulmanes y cristianos. Hubo ciudades y períodos en los que el conocimiento circuló de manera extraordinaria y en los que las distintas comunidades participaron en una vida económica, intelectual y cultural compartida. Pero tampoco debemos convertir el pasado en una postal idílica. Hubo persecuciones, discriminación, conflictos y violencia. La historia debe ser recordada completa. Precisamente por eso resulta tan valioso rescatar los ejemplos de cooperación. La historia no debe utilizarse para construir enemigos, sino para aprender. España posee una herencia judía extraordinariamente rica. Recuperarla no significa vivir mirando hacia atrás. Significa comprender mejor quiénes somos.

Durante siglos se han construido en Europa numerosos prejuicios acerca de los judíos. Algunos todavía sobreviven, incluso en sociedades modernas. ¿Cómo combatirlos?

Con conocimiento y con humanidad. El prejuicio convierte a millones de individuos distintos en un personaje imaginario. El judío de la imaginación antisemita no existe. Es una construcción. Los judíos somos personas diferentes entre nosotros: religiosos y seculares, conservadores y progresistas, sefardíes, ashkenazíes, mizrajíes, israelíes, europeos, americanos, africanos y asiáticos.

¿Y políticamente?

Tenemos diferentes opiniones políticas, diferentes sensibilidades y diferentes maneras de vivir nuestra identidad. No existe “el judío” como una personalidad colectiva. Y hay algo que debemos recordar: el judaísmo no enseña a despreciar al diferente. Al contrario, nuestra tradición posee una extraordinaria preocupación por la dignidad humana, la justicia, la responsabilidad hacia el extranjero y la protección del vulnerable. La Torá contiene una idea que debería conmover a cualquier sociedad: recordar que nosotros mismos fuimos extranjeros.La memoria de haber sido extranjero debe convertirnos en personas más sensibles, no más cerradas.

¿Tiene algo que aportar el judaísmo a una Europa que parece atravesar nuevamente una época de polarización?

Creo que toda tradición que posea una auténtica cultura del diálogo puede aportar algo. La tradición rabínica tiene una característica fascinante: no teme al debate. El Talmud conserva discusiones entre maestros que podían discrepar profundamente y, sin embargo, sus opiniones quedaban registradas juntas. Eso es extraordinariamente moderno. Podemos discrepar sin deshumanizarnos. Una sociedad democrática necesita aprender nuevamente que tener razón no nos autoriza a humillar al otro.

Hay otra cuestión que me parece especialmente importante: el papel actual de los judíos en la sociedad española. ¿Cómo describiría hoy a la comunidad judía española?

Como una comunidad profundamente integrada en la sociedad española y, al mismo tiempo, orgullosa de preservar su identidad. Los judíos españoles contemporáneos estudian, trabajan, emprenden, investigan, crean empresas, ejercen profesiones liberales, participan en la cultura y contribuyen a la vida social del país como cualquier otro ciudadano. Ser judío y ser español no son identidades incompatibles. Tampoco lo son ser sefardí y sentirse plenamente parte de la sociedad contemporánea. De hecho, creo que una sociedad madura no debería exigir a nadie escoger entre sus distintas pertenencias. Podemos tener raíces múltiples. Yo puedo ser sefardí, tener una historia familiar marroquí, haber nacido en Caracas, vivir en Barcelona y sentir que todas esas geografías forman parte de mí. Eso no es una contradicción. Es una riqueza.

¿Existe todavía una responsabilidad especial de los sefardíes hacia la memoria de Sefarad?

Existe una responsabilidad, pero también una oportunidad. No debemos transmitir únicamente el recuerdo del exilio y la expulsión. Debemos transmitir también la grandeza cultural que existió antes y después. Nuestros antepasados no fueron únicamente víctimas de la historia. Fueron médicos, filósofos, comerciantes, poetas, científicos, traductores, agricultores, artesanos, juristas y hombres y mujeres de familia. Preservar esa memoria significa devolverles su dimensión humana completa. Y quizá esa sea una de las formas más nobles de honrar Sefarad: no convertirla únicamente en una herida, sino también en una fuente de conocimiento.

Me gustaría regresar a Rosh Hashaná. Si tuviera que explicar a una persona que jamás ha entrado en una sinagoga cuál es el mensaje esencial de esta festividad, ¿qué le diría?

Le diría que Rosh Hashaná nos recuerda que siempre podemos comenzar de nuevo. No podemos cambiar el pasado. Pero podemos cambiar nuestra relación con él. Podemos pedir perdón. Podemos reparar. Podemos reconciliarnos. Podemos llamar a alguien con quien hace tiempo no hablamos. Podemos decirles a nuestros hijos que los queremos. Podemos mirar a nuestros padres con mayor gratitud. Podemos decidir que el próximo año nuestra presencia en el mundo será un poco más justa, un poco más generosa y un poco más humana. Eso también es Rosh Hashaná.

Quisiera profundizar en una expresión que ha mencionado: tikkun haolam. En un mundo tan complejo, ¿qué significa realmente “reparar el mundo”?

Significa comprender que el mundo nunca está terminado. Cada generación recibe una realidad y tiene la obligación moral de entregarla un poco mejor a la siguiente. Quizá no podamos solucionar todos los problemas de la humanidad, pero podemos solucionar alguno. Quizá no podamos construir la paz universal mañana, pero podemos evitar una palabra que provoque odio hoy. Quizá no podamos reconciliar a dos pueblos, pero podemos reconciliarnos con nuestro vecino. El tikkun haolam comienza muchas veces en lugares muy pequeños: en una casa, en una mesa. en una conversación, en una decisión, en la manera en que tratamos a una persona que no puede ofrecernos nada a cambio. Y quizá ahí esté una de las grandes enseñanzas de Rosh Hashaná: el futuro no llega solamente; también lo construimos.

¿Cree que es posible superar en España los prejuicios del pasado?

España tiene una historia compleja, hermosa y dolorosa. Judíos, cristianos y musulmanes han compartido durante siglos espacios, ciudades, conocimientos, lenguas y culturas, aunque también hayan conocido períodos de conflicto y persecución. Nuestro deber contemporáneo no es idealizar aquel pasado. Es aprender de él. Si conseguimos conservar la memoria sin convertirla en resentimiento, y preservar nuestras identidades sin convertirlas en muros, podremos hacer algo extraordinariamente valioso: convertir la diversidad en una forma de riqueza.

¿Qué desea usted para Barcelona, para España y para el mundo en este Rosh Hashaná 5787?

Deseo algo que quizá parezca sencillo, pero que es extraordinariamente difícil: que aprendamos a mirarnos unos a otros como seres humanos antes que como etiquetas. Deseo paz para quienes viven en guerra, seguridad para quienes viven con miedo y dignidad para quienes sienten que han sido olvidados. Deseo que el diálogo vuelva a ser considerado una virtud y que la discrepancia no sea sinónimo de enemistad. Deseo una España consciente de la riqueza de todas las comunidades que han formado parte de su historia. Y deseo que los judíos españoles podamos continuar aportando a esta sociedad desde nuestra identidad, nuestra cultura y nuestra tradición, con absoluta normalidad y con orgullo.

Yo le deseo lo mejor en este Año Nuevo.

Ése es también mi deseo para este Rosh Hashaná. Que el nuevo año nos encuentre con más humanidad, capaces de escuchar, dispuestos a reparar. Y que cada uno de nosotros pueda dejar detrás de sí un mundo, aunque sea mínimamente, mejor del que encontró. Shaná tová umetuká. Un año bueno y dulce. Y que sea un año de paz, salud, dignidad, reconciliación y esperanza para todos.

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