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Luis Motes

Luis Motes

Periodista

Liderazgos de barro

(Archivo) El presidente de la Generalitat Valenciana, Juanfran Pérez Llorca (d), la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades y secretaria general del PSPV-PSOE, Diana Morant (2d), y la delegada del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Pilar Bernabé

(Archivo) El presidente de la Generalitat Valenciana, Juanfran Pérez Llorca (d), la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades y secretaria general del PSPV-PSOE, Diana Morant (2d), y la delegada del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Pilar Bernabérobersolsona

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Pronto se cumplirán 2 años de la dana y también, en noviembre, de la visita de Su Majestad el Rey y el presidente del Gobierno a la zona cero. En Paiporta, cuando llueve, huele a mierda y los imbornales no desaguan porque están, todavía, embozados, como la trombosis venosa de un enfermo terminal. El Gobierno ha financiado a los ayuntamientos para que liciten las necesarias obras de reparación del alcantarillado, pero la burocracia municipal y la cultura funcionarial de este país condenan al ciudadano al desastre. Dicen que van a tardar 4 años, más dos que llevamos desde la barrancada, en arreglar el asunto. Y eso no habla bien de los liderazgos.

Pedro Sánchez, tras la espantá de Paiporta, también se ha borrado de la fiesta de Trump con motivo de lo de la ONU, en Washington. Precisamente, el liderazgo consiste, como ya he escrito, en ir donde no te esperan, así que todo en orden. Y miren, contemplo con preocupación la gestión de los liderazgos en nuestra tierra. Imagino, por ejemplo, incómodo al entorno de Pérez Llorca, y pistas no faltan. Pero, sinceramente, chicos, no hay razones —la verdad— y creo que la literatura derramada sobre el proceloso camino de JFK hacia su candidatura oficial no da para más. Créanme, los valencianos no están en eso. No creo que el PPCV ni la sala de máquinas de la Presidència de la Generalitat tengan realmente un problema con el limbo de liderazgos en el que el oráculo de Génova mantiene al Molt Honorable. Creo, más bien, que hay un exceso de ruido alrededor de este asunto y que, si es cierto que la dana ha colocado al presidente del Consell en el foco por su unción inconclusa, dentro del muy centrípeto talante del Partido Popular, no es menos cierto que Feijóo tampoco ha coronado todavía a ningún otro barón regional, de modo que el presidente de los populares valencianos está, simplemente, empatado.

Lo que sí que veo es más bien engolosinados a determinados cuadros populares que creen haber descubierto un scoop filtrando la reunión sin aristas de Llorca con Tellado —no news, good news—. Si alguien quiere profundizar en el asunto, pregúntense quién y a quién se filtra, y entenderán cosas. Y tampoco tiene nada que ver con que no se haya sentado con Feijóo, porque estaba ausente, porque no es el proceder, porque el líder gallego ya decidió y porque los barones, para la fontanería del día a día, se sientan con el fontanero mayor y ya se sabe que quien funda su poder solo en el favor ajeno construye sobre arena, cosas de Maquiavelo.

Pero ay de la otra acera. Porque teniendo a Arcadi España, que también es ministro, al que no se le conoce error ni dislate, comedido, elegante y valencianoparlante, duro en el fondo —dicen— y suave en las formas, conversador y dialogante, y que sí, este sí acepta entrevistas... Digo que, teniendo un valor así en sus filas, que el PSPV vaya a presentar a la elección de los valencianos a Diana Morant para la presidencia de la Generalitat y a Bernabé para la alcaldía responde a un error de juicio o a esa miopía atávica de las grandes organizaciones. La segunda ha sido descubierta por el fuego, ¿amigo?, y por esas plumas versallescas que, como dagas, aparecen en los fondillos dominicales. Entre líneas se le alabó el gusto por completar sus estudios —genio y figura— a la candidata que perdió la licenciatura por el camino y ahora, poco a poco y con buena letra, acabará sus estudios. Entrañable.

La mentira está tan entreverada en la política española que algo que avergonzaría a una sociedad anglosajona aquí se contempla como falta leve. Parece lógico, pero escandaliza. En los países calvinistas hay una interiorización más estricta de la culpa y un autocontrol moral más severo, incluida la relación con la verdad y el cumplimiento de la palabra dada, rigor protestante frente a laxitud católica, será. Cuando se miente, se relaja algo la presión social sobre la mentira cotidiana, porque siempre hay una vía de reparación posterior, o la vuelta al pupitre.

Ahora que, para llorar, lo de Morant. Diana. Líder en la pancarta contra la justicia, principal desacreditadora del tercer poder, a quien acusa de poco ecuánime y decididamente fascistón. Morant se ha acostumbrado a dejar mudos a los analistas más prudentes. Igual atiza a los reyes que acusa al juez Peinado por acabar su trabajo antes de jubilarse, poco procrastinador que es el magistrado. Un problema para cada solución, un dislate en cada polémica. La exalcaldesa de Gandia encadena argumentos que avergüenzan al más mundano, acumula comparaciones sin sentido, apuesta por la visibilidad incoherente. No ha salido de una cuando ya se ha metido en otra. Se coló en los incendios sin estar invitada, iguala a Hitler con Feijóo, se erige en defensora de ZP y compara a un expresidente imputado con los negocios —legales, queramos o no— de los hijos de Aznar y su inversión inmobiliaria. Sus intervenciones públicas, en las que últimamente ha acentuado su participación en canutazos, forman ya parte de la antología del disparate. A ella le trae sin cuidado la trazabilidad de sus motivos o la verosimilitud de sus palabras. Si ha de defender a Sánchez por salir corriendo de Paiporta, introduce, si cabe, el comodín del Rey, que a buena parte de la parroquia republicana legítimamente acomoda. Si ha de comparar las joyas de ZP con la operación Tormenta del Desierto, quiénes somos nosotros para pedirle orden y concierto. Si ha de relacionar Ceuta con la dana, no lo hace por el abandono que el Gobierno perpetra sobre los ceutíes, sino por la violencia verbal de la derecha que, asegura, genera violencia en la calle a orillas del estrecho. No he visto a nadie jamás que conecte argumentos impares con tan pocos escrúpulos, y lo peor es que ni sus propios amigos le piden prudencia.

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