La puipitrera

Pilu Hernández Dopico

Maestra y divulgadora educativa

No se preocupe, su madre ya está en el grupo

«Mamá, pregunta en el grupo qué hay que llevar mañana», tal vez podamos probar una respuesta diferente: «¿Y tú qué apuntaste?»

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Nació para facilitar la comunicación entre familias. A veces termina haciendo de agenda, recordatorio, objetos perdidos, mediador de conflictos… y, en más de una ocasión, también consigue alimentarlos.

Son las nueve y media de la noche. El grupo de WhatsApp lleva demasiado tiempo en silencio.

Hasta que alguien escribe:

«Perdonad la hora, ¿alguien sabe qué tienen que llevar mañana?»

Y comienza la función.

Una familia recuerda una cartulina. Otra cree que también había que llevar una foto. Alguien pregunta si los deberes eran de la página 34 o de la 43. Aparece la fotografía de una agenda con una caligrafía que necesitaría peritaje judicial y, veinte mensajes después, quizá seguimos sin saber qué hay que llevar mañana, pero ya sabemos quién ha perdido el estuche.

Bienvenidos al grupo de WhatsApp de familias.

Una herramienta estupenda que nació para facilitar la comunicación y que ha terminado ampliando competencias: agenda escolar, tablón de anuncios, oficina de objetos perdidos, recordatorio de exámenes y servicio de asistencia para emergencias académicas.

Porque si no se apuntaron los deberes, alguien los pregunta.

Si el libro se quedó en clase, alguien fotografía las páginas.

Si no recuerdan la fecha del examen, el grupo responde.

Y si mañana había que llevar una cartulina verde tamaño A3, tranquilos: antes de acostarnos habrá localizado una media docena.

Todo resuelto.

Salvo una pequeña cuestión: la responsabilidad de quien tenía que acordarse.

No hablo de dejar a un niño a su suerte por olvidarse un cuaderno. Hablo de aceptar que olvidar también forma parte de aprender a organizarse.

Llegar un día sin el material, tener que reconocer que no se apuntaron los deberes o descubrir que conviene preparar la mochila con algo más de atención no constituye una catástrofe educativa.

Constituye aprendizaje.

Sin embargo, los adultos tenemos una extraordinaria capacidad para detectar el problema, intervenir y solucionarlo antes incluso de que quien debía afrontarlo haya tenido oportunidad de hacerlo.

Porque ponerle el cascabel al gato es otro cantar. Resulta mucho más rápido hacerlo nosotros que esperar a que aprendan a hacerlo ellos. Y para eso hace falta una cosa bastante menos inmediata: paciencia. Esa vieja dama de la ciencia que tan mal se lleva con nuestras prisas.

Enseñar autonomía lleva tiempo. Resolverles la papeleta, bastante menos.

Después nos preguntamos por la autonomía.

Queremos que organicen sus cosas, pero revisamos la mochila. Queremos que recuerden sus responsabilidades, pero vigilamos la agenda. Queremos que aprendan a resolver pequeños problemas y, al primer contratiempo, activamos el grupo.

Y luego está la otra especialidad de WhatsApp: los conflictos.

Basta un «mi hijo dice que…» para que un asunto ocurrido durante el recreo adquiera dimensiones de comisión parlamentaria.

Aparecen testimonios, hipótesis, versiones de terceros y conclusiones de adultos que no estaban allí.

Lo que quizá podía resolverse hablando con el centro por los cauces adecuados corre el riesgo de crecer a golpe de mensaje.

El grupo que pretendía mediar termina, algunas veces, alimentando aquello que quería solucionar.

El problema no está en tener un grupo de WhatsApp. Puede ser muy útil para compartir información entre las familias. El problema empieza cuando lo utilizamos para resolver aquello que nuestros hijos e hijas deberían empezar a gestionar por sí mismos.

Cuando deja de servir para comunicarnos y empieza a convertirse en la memoria, la agenda y el equipo de rescate de quienes van al colegio.

La autonomía no se enseña con una ficha.

Se aprende teniendo responsabilidades proporcionadas a la edad, tomando decisiones, olvidando alguna cosa, afrontando pequeñas consecuencias y descubriendo que la próxima vez conviene hacerlo de otra manera.

Quizá no haya que abandonar el grupo.

Solo utilizarlo un poco menos como salvavidas.

La próxima vez que escuchemos: «Mamá, pregunta en el grupo qué hay que llevar mañana», tal vez podamos probar una respuesta diferente: «¿Y tú qué apuntaste?»

Puede que al día siguiente falte una cartulina.

Sobreviviremos.

Y es bastante posible que la siguiente no se olvide.