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El alumnado y el claustro ya están. ¿Y las obras, para cuándo?

El CEIP 106 de Malilla ha empezado el curso con el proyecto educativo en marcha, mientras el centro sigue esperando que lo provisional deje de serlo.

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Estrenar colegio suena estupendamente.

Edificio nuevo. Aulas nuevas. Proyecto nuevo. Casi dieciséis millones de euros de inversión y uno de esos centros que, sobre el papel, hacen pensar que por fin ha llegado el futuro al barrio. El nuevo CEIP 106 de Malilla está proyectado para crecer hasta las tres líneas y sustituye al antiguo Colegio Municipal Fernando de los Ríos.

Hasta aquí, la parte bonita del folleto.

Y entonces llegó septiembre.

El curso comenzaba el día 9. Nosotros pudimos entrar en el edificio apenas dos días antes.

Dos.

Tiempo más que suficiente, como todo el mundo sabe, para conocer un colegio completamente nuevo, organizar espacios, preparar aulas, colocar materiales y recibir al alumnado con esa serenidad monástica que caracteriza cualquier inicio de curso.

Y arrancamos.

Porque los colegios tienen esa curiosa costumbre: cuando llega el alumnado, hay que hacer que funcionen.

El problema es que ya antes de abrir se sabía que el centro no estaba terminado. Y no hablamos solo de pequeños remates: había partes por empezar, otras por acabar y alguna, como el patio, que hubo que volver a levantar para empezar de nuevo.

Y mientras tanto, el colegio abrió.

El patio sigue siendo, digamos, un concepto en desarrollo.

El alumnado tiene que salir por turnos al espacio que podemos utilizar. El almuerzo tenemos que hacerlo en las aulas y las botellas de agua se han convertido prácticamente en el llavero del estudiante, porque las fuentes brillan por su ausencia.

Y la sombra…

La sombra, bajo el sol de Valencia, cotiza casi como bien de lujo.

Eso sí, hemos recuperado los juegos tradicionales a una velocidad prodigiosa. Nunca hay mal que por bien no venga. A este paso, antes de Navidad dominamos el pañuelo, la comba y media etnografía valenciana.

Pero el patio es solo una parte.

Un colegio nuevo necesita mucho más que un claustro ilusionado y luchador, alumnado y familias con ganas, y unas paredes recién pintadas.

Necesita materiales. Equipamiento. Recursos tecnológicos. Conectividad. Y necesita una estructura administrativa que permita hacer algo tan revolucionario como gestionar un colegio con cierta normalidad.

Nuestro centro todavía no dispone de número propio y administrativamente dependemos de otro colegio. Eso, que escrito en una línea parece poca cosa, se traduce en matrículas, plataformas, dotaciones, gestiones y decisiones cotidianas que convierten cualquier trámite aparentemente sencillo en una pequeña expedición para poner una pica en Flandes.

Para añadirle un poquito de emoción, el centro del que dependemos ni siquiera tiene el mismo horario.

No queríamos estrenar únicamente edificio. Por lo visto, también estrenábamos nivel avanzado de coordinación.

En las aulas ocurre algo parecido.

Hemos tenido que adaptar espacios concebidos inicialmente para Infantil a grupos de Primaria. En primero o segundo todavía podemos hacer encaje de bolillos. En los cursos superiores, el bolillo empieza a necesitar ingeniería.

Y luego está la tecnología.

Estamos en 2026. Hablamos de competencia digital, innovación, metodologías activas y escuela del siglo XXI. Pero faltan recursos tecnológicos y, para terminar de redondear la experiencia, en algunos puntos del edificio hasta la cobertura móvil decide tomarse el día libre.

Innovación por inhibición.

Contar esto no significa que no creamos en el proyecto. Precisamente al contrario.

Somos un claustro que ha creído en él desde el primer día.

Y quizá por eso mismo conviene decirlo en voz alta: que sepamos adaptarnos no puede convertir lo provisional en normal ni las carencias en paisaje.

Malilla llevaba años esperando este colegio. El alumnado y las familias lo merecen. Y quienes estamos construyendo desde cero su proyecto educativo necesitamos poder hacerlo con las condiciones adecuadas.

No hablamos de lujos.

Hablamos de poder utilizar el patio en condiciones. De disponer de los materiales y del equipamiento necesarios. De contar con una estructura administrativa propia y de que un edificio nuevo sea, además de nuevo, plenamente operativo.

Porque aquí ya no estamos preparando una apertura.

El alumnado está. Las familias están. Nosotros también.

Seguiremos buscando soluciones, ajustando horarios y sacando adelante cada imprevisto. Somos maestros: improvisar con dignidad y conseguir que encima parezca fácil forma parte de nuestro oficio.

Pero convendría no confundir nuestra capacidad para resolver con que todo esté resuelto.

Porque cuando quienes estamos dentro conseguimos que las costuras apenas se vean, desde fuera puede parecer que no existen.

Y existen.

Esto ya no es un proyecto dibujado sobre un plano. Tampoco una visita de obra ni una fecha marcada en un calendario.

Es un colegio.

Con niños y niñas entrando cada mañana.
Con familias que confiaron en él.
Con un claustro construyendo desde cero su identidad.

Por eso no necesitamos que lo provisional aprenda a convivir con nosotros.

Necesitamos que deje de ser provisional.

Las ganas ya las hemos puesto.

La paciencia también.

Septiembre, de hecho, se nos ha terminado antes que las obras.

Así que la pregunta ya no es si el colegio iba a abrir a tiempo. Abrió. Y dentro estamos todos.

La pregunta ahora es otra:

¿Llegaremos a Reyes con un colegio completamente terminado o tendremos que incluirlo también en la carta?

Porque ilusión no nos falta.

Pero, a estas alturas, lo que necesitamos ya no es magia.

Necesitamos que se termine. Y que se termine bien.

Y, por si acaso, convendría recordar una cosa:

a Melchor, Gaspar y Baltasar no les corresponde recepcionar colegios.