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Luis Motes

Luis Motes

Periodista

El botín de la rusa y las acampadas

Hay un nuevo orden que pugna por que desaparezca la costumbre del ahorro, el preservar las inversiones de toda una vida, el premiar el esfuerzo, como digo, y premiar a quien ha podido reservar algo para la familia y la jubilación.

(Foto de ARCHIVO)
Manifestantes y policías durante los altercados al término de la manifestación por el derecho a la vivienda, en el Palau de Les Arts, a 3 de octubre de 2026.

(Foto de ARCHIVO) Manifestantes y policías durante los altercados al término de la manifestación por el derecho a la vivienda, en el Palau de Les Arts, a 3 de octubre de 2026.Europa Press

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Un tío mío ahorró siendo médico, salvando del cáncer a muchos pacientes, y cuando falleció había dejado un par de pisos y una consulta en herencia a sus hijos. Invertir en metros cuadrados no era un delito, era un plan de jubilación. Los chicos convirtieron la consulta en vivienda y acabó, en alquiler, en manos de una ciudadana rusa. Cuando la mujer se separó del tipo que, al parecer, se trajinaba y que pagaba las facturas, la señora dejó de pagar las mensualidades. Meses después, el contrato finalizó y los propietarios le comunicaron a la inquilina que debía abandonar la vivienda. Lo normal. Como podrán imaginar, la rusa no solo no dejó el piso en una céntrica avenida valenciana, sino que hoy en día alquila por Idealista las seis habitaciones, de lo que debe sacar unos 3.000 euros al mes para la butxaca —a 500 pavos por incauto—. Los abogados consideran que el pleito para sacar a esa amiga de lo ajeno de la casa tardará en celebrarse no menos de tres años. Multipliquen. El botín para la rusa, pasados esos tres años, superará los 100.000 euros. Esto debe de ser eso que llaman la lucha contra la emergencia habitacional.

La ley, los valores y los principios están demodé en esta España en la que, efectivamente, hay una crisis de vivienda. Pero la responsabilidad no es de quienes tienen pisos, sino de quienes no han hecho más. En este país, el único esfuerzo no penalizado es la confección de dosieres. El último episodio al respecto, el llamado "dosier Llorca", es, a decir de todos, un compendio de sospechas y maledicencias con una capa de investigación low cost, cuyo hallazgo más meritorio ha sido descubrir dónde tomaban cañas algunos de los interesados, que casualmente es el mismo garito al que voy yo, y no es el Bar España, caramba. Por lo demás, fum de botja. Todo eso, incluido el ruido de sables dentro del PP valenciano, ha saltado por los aires ante el anuncio electoral de Pedro Sánchez, y resulta que Feijóo tenía razón cuando no designaba candidato aquí para no desviar la atención de lo mollar: el lío en España.

Ahora todo se va a subordinar al proceso electoral que finaliza el 29 de noviembre, y la izquierda aspira, al menos, a empatar el partido. El escenario es tremendamente interesante. Pedro Sánchez ha logrado, por fin, un motivo, una palanca para organizar la ofensiva popular contra el Gobierno de derechas antes incluso de que el PP y Vox lleguen al poder. Lo de las acampadas en Valencia, Alicante o Madrid es una ofensiva preventiva, un Minority Report, táctica descentralizada diseñada, precisamente, no para generar visibilidad ante la Moncloa o en Galapagar, sino ante los nodos institucionales que el Partido Popular, con Vox, tiene en las autonomías: la sede de la presidencia de Ayuso o el edificio consistorial de Catalá.

La jugada es perfecta, además, porque en la Comunitat Valenciana entramos en una semana de alta tensión política y máxima visibilidad, con encuestas en ciernes y el 9 d'Octubre, esa catarsis anual de los valencianos. Los acampados no son Bambi. En el Valencia Real Estate, la cumbre inmobiliaria con Albert Rivera y Toni Nadal, la protesta democrática e inclusiva derivó en nueve policías heridos y cinco detenidos. Quiero decir con esto que Pilar Bernabé ya debería estar dimensionando convenientemente el contexto y el escenario de la bajada de la senyera, con los cachorros de campaña con rumbo de colisión con los ultras que allí puedan congregarse. Por cierto, olvídense de la mascletà porque cada acampada es como la casa del pueblo o las herriko tabernas en versión 4.0.

Con la vivienda ocurre que todo el mundo, incluidas las plumas más sesudas, se olvida de lo fundamental, la piedra angular de cualquier razonamiento frío, desapasionado, profesional y racional: que, para garantizar el acceso a los vulnerables, para que los jóvenes puedan independizarse ya sea comprando o alquilando, para que los nuevos españoles tengan un techo o para hacer realidad el derecho constitucional de acceso, lo que hay que hacer, simple y llanamente, no es quitarles las casas a los que las tienen, sino hacer más casas. Más casas, no hay otra solución. Y, sin embargo, lo que se escucha en los campamentos es gente que pide una vivienda gratis en una sociedad en la que el esfuerzo es una commodity.

Hay un nuevo orden que pugna por que desaparezca la costumbre del ahorro, el preservar las inversiones de toda una vida, el premiar el esfuerzo, como digo, y premiar a quien ha podido reservar algo para la familia y la jubilación. El mundo que desaparece sin que nada lo sustituya es una catástrofe de características insondables. Mi tío, el médico que pasaba consulta —pro bono a veces— en el piso que se quedó la rusa, no sé a quién hubiera votado en las elecciones del 29 de noviembre que acaba de convocar Sánchez. Lo que sí sé es que, hasta que murió, allá por los noventa, votó al PSOE.

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