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El arte de gobernar mirando hacia fuera mientras arde el patio

Tal vez Pedro Sánchez crea que puede ganar la partida con su política exterior. Pero los ciudadanos votan mirando hacia dentro. Y dentro, la vivienda, la sanidad, la educación y la convivencia siguen sin resolverse

La presidenta del PSOE, Cristina Narbona, y el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante la reunión de la Comisión Ejecutiva Federal (CEF) del PSOE.

La presidenta del PSOE, Cristina Narbona, y el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante la reunión de la Comisión Ejecutiva Federal (CEF) del PSOE.Diego Radames

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Hay una escena que se repite con sospechosa frecuencia en la política española de los últimos años: Pedro Sánchez comparece en la Moncloa, activa su mejor registro internacional y nos habla de Gaza, de Trump, de la OTAN o de Bruselas, mientras los problemas domésticos se acumulan sin resolver. El adelanto electoral del 29 de noviembre, anunciado tras el rechazo del Congreso a sus dos decretos de vivienda, no es una excepción. Es, más bien, la enésima demostración de un patrón: cuando la política interior se le atraganta, Sánchez se refugia en el escenario global. Y esta vez, el precio lo paga la posición de España en el mundo.

Porque convocar elecciones anticipadas no es un gesto neutro. En el contexto internacional actual, es una señal de inestabilidad que llega en el peor momento posible. España es un miembro destacado de la Unión Europea y de la OTAN, dos clubes que exigen previsibilidad, continuidad y credibilidad. Un Gobierno en funciones, con la agenda legislativa congelada, con fondos europeos por justificar y la mirada puesta en las urnas, es un socio debilitado. Y en un momento en el que Europa se juega su futuro en Ucrania, en Oriente Próximo y en su propia relación transatlántica, llegar a la mesa de Bruselas con un Ejecutivo interino no es precisamente un signo de fortaleza.

La paradoja es que Sánchez ha construido buena parte de su proyección exterior sobre la crítica a la derecha radical. Le gusta presentarse como la excepción europea frente a Trump, Netanyahu, Le Pen, o Meloni. Pero esa pose de adalid progresista se desmorona cuando se examina con un mínimo de rigor. Su firmeza verbal contra Trump y contra i Netanyahu, por ejemplo, contrasta con su debilidad manifiesta frente a Marruecos, ese reino alauí ante el que el gobierno de Pedro Sánchez ha ido cediendo posiciones sin contrapartidas claras. No solo ha resuelto mal la relación con Rabat, sino que, de paso, también con Argelia, cuya Reunión de Alto Nivel ha quedado en el aire.

Mientras tanto, la invasión de Ceuta, aun por explicar, trata de taparla echándole las culpas a Feijóo y Ayuso de la crisis de la vivienda, cuando esta la ha causado él mismo con sus promesas incumplidas durante dos legislaturas, convirtiéndola en el centro de la campaña ocupando las calles. Acorralado, Sánchez se ve obligado a gestionar un polvorín que él mismo contribuyó a avivar.

Sánchez ha apostado por la política internacional como bandera. Pero una bandera ondea mejor cuando hay un mástil sólido que la sostenga. Y ese mástil, hoy, está más quebradizo que nunca

No es un detalle menor. En política internacional, la coherencia es un activo. Y Sánchez ha demostrado tener una coherencia elástica: dura con los aliados de la OTAN cuando le conviene, blanda con quienes controlan los flujos migratorios. Esa doble vara de medir no pasa desapercibida ni en Washington ni en Bruselas. En la capital estadounidense, donde Trump aspira a revalidar el control del Congreso en las próximas elecciones de medio mandato, su retórica anti-OTAN y su laxitud sobre el control de la frontera sur europea y atlántica no ayuda precisamente a mantener una relación fluida. Y en Bruselas, donde se prepara un ciclo electoral clave con Francia, Italia, Polonia y Grecia en el horizonte, la debilidad de un socio importante como España no pasa inadvertida.

Hay quien dirá que todo esto forma parte del juego democrático y que Pedro Sánchez tiene derecho a convocar elecciones cuando lo considere oportuno. Es cierto. Pero también lo es que un presidente del Gobierno no solo representa a su partido: representa a España. Y en el tablero internacional, España no puede permitirse el lujo de aparecer como un socio poco fiable, ensimismado en batallas internas provocadas por él mismo y dispuesto a sacrificar su proyección exterior en aras del cálculo electoral.

Sánchez ha apostado por la política internacional como bandera. Pero una bandera ondea mejor cuando hay un mástil sólido que la sostenga. Y ese mástil, hoy, está más quebradizo que nunca. La crisis en Ceuta, la relación con Marruecos, el enfado de Argelia, la incertidumbre en la UE y la OTAN, la sombra alargada de Trump y Netanyahu: todos esos factores confluyen en una campaña que, le pese a quien le pese, se jugará también fuera de nuestras fronteras. Y Sánchez, con su decisión, no ha hecho sino debilitar la posición de España en las relaciones internacionales

Tal vez Pedro Sánchez crea que puede ganar la partida mirando hacia fuera. Pero los ciudadanos votan mirando hacia dentro. Y dentro, la vivienda, la sanidad, la educación y la convivencia siguen sin resolverse. Mientras tanto, España pierde peso en el mundo. Y eso, aunque no aparezca en los titulares de campaña, es una factura que todos acabaremos pagando.

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