Marlaska barre el monte y olvida la frontera
Ceuta no necesita un monte limpio para un día de excursión. Necesita una frontera controlada y segura, unas instituciones que no mientan por omisión y un Gobierno que entienda que la soberanía no es una palabra de campaña, sino una obligación constitucional

Chabolas, en la playa de Trampolín, en Ceuta.
Cuando Fernando Grande-Marlaska asegura que la primera fase de la actuación en Ceuta se ha completado “con éxito”, uno entiende al instante que en el Ministerio del Interior el diccionario se ha sometido a cierta revisión: donde antes se decía “fracaso”, ahora se escribe “fase superada”; donde antes se hablaba de frontera desbordada, ahora se habla de “situación extraordinaria”; y donde antes se exigía soberanía, ahora se promete que el monte estará limpio para que los ceutíes puedan hacer su tradicional Día de la Mochila. Ahora todo son prisas ante el 29-N
Porque sí: el ministro ha prometido que antes del 1 de noviembre los montes estarán despejados de las personas que llevan meses instaladas en ellos desde la entrada masiva del 30 y 31 de julio. No porque la frontera haya sido defendida, no porque se haya exigido responsabilidad a Rabat, no porque se haya aclarado qué hacían buques marroquíes frente a Ceuta, sino para que los vecinos puedan celebrar una jornada tradicional sin tropezarse con la consecuencia física de la política migratoria del Gobierno.
Marlaska presenta como gran logro el desalojo de los campamentos de Benítez, El Trampolín y El Guano. Está muy bien. Pero conviene recordar que esos asentamientos no deberían haber existido nunca: son el resultado visible de una entrada masiva que el Gobierno no contuvo y que, semanas después, sigue dejando a cientos —quizá miles, según el presidente de Ceuta— de personas fuera de los centros, en montes, barriadas, calles y pisos patera.
El ministro cifra en 12.000 los retornos voluntarios y anuncia cien expedientes diarios. Muy bien también. Pero si la primera fase fue un éxito rotundo, ¿por qué hay que abrir una segunda fase para localizar a quienes siguen escondidos en las zonas forestales? Un éxito que necesita una segunda fase, un plazo nuevo y una promesa adicional empieza a parecer menos un triunfo y más una deuda con intereses.
Tres versiones para un mismo episodio: la transparencia de este Ejecutivo funciona como un caleidoscopio
Lo verdaderamente grave no es solo el campamento: es que el Gobierno siga sin dar una explicación seria, completa y verificable sobre los barcos marroquíes avistados en aguas españolas durante aquellos días. Sánchez los reduce a “hecho puntual”; Marlaska dice que a Interior “no le consta” nada de lanchas, fragatas u otras embarcaciones; el delegado del Gobierno hablaba antes de “patrullaje de rutina”. Tres versiones para un mismo episodio: la transparencia de este Ejecutivo funciona como un caleidoscopio.
Y mientras tanto, el propio informe del CNI remitido a la jueza sostiene que Marruecos conocía días antes la convocatoria, que sus fuerzas actuaron con pasividad en los momentos decisivos y que el dispositivo quedó desbordado. Es decir: no fue una sorpresa meteorológica ni una anomalía cósmica. Hubo información, hubo señales, hubo una movilización anunciada por mar y tierra, y aun así la frontera se convirtió en una puerta giratoria.
Marlaska asegura que el CNI nunca emitió una alerta “en los términos” de lo ocurrido. Qué comodidad esa expresión: “en los términos”. Como si la seguridad nacional se midiera por la elegancia del formato del aviso y no por la capacidad de anticipar un desastre. El CNI, según el informe conocido, trasladó información urgente el 29 de julio a la Delegación y a la Guardia Civil, con convocatoria, fecha y hora; pero el ministro prefiere quedarse en la discusión semántica sobre si aquello era o no una “alerta”.
Aquí está la clave del asunto. Este Gobierno ha convertido el lenguaje en un mecanismo de descontaminación moral. Ya no hay invasión: hay “entrada masiva”. Ya no hay frontera vulnerada: hay “coordinación entre autoridades competentes”. Ya no hay buques extranjeros en aguas españolas: hay un “incidente puntual sin ninguna relevancia”. Y ya no hay miles de personas viviendo en condiciones clandestinas en los montes: hay una “segunda fase del dispositivo”.
No fue una sorpresa meteorológica ni una anomalía cósmica. Hubo información, hubo señales, hubo una movilización anunciada por mar y tierra, y aun así la frontera se convirtió en una puerta giratoria
El problema es que los ceutíes no viven en un comunicado. Viven con la inseguridad, con la insalubridad, con las calles ocupadas, con los asentamientos y con la sensación —que Marlaska llegó a llamar, con su habitual finura, “subjetiva”— de que su ciudad fue sacrificada en el altar de una relación especial con Rabat. El ministro reconoció que él mismo tendría esa sensación si fuera ceutí; una confesión extraordinaria: el responsable de la seguridad admite que, en su lugar, también se sentiría inseguro.
Si el 1 de noviembre los montes están despejados, Marlaska dirá que se cumplió la promesa. Si no lo están, dirá que la situación era compleja, que no se puede actuar de forma inmediata y que quienes critican miran al pasado. El éxito, en definitiva, ya está garantizado por decreto lingüístico: basta con cambiar el nombre del fracaso.
Ceuta no necesita un monte limpio para un día de excursión. Necesita una frontera controlada y segura, unas instituciones que no mientan por omisión y un Gobierno que entienda que la soberanía no es una palabra de campaña, sino una obligación constitucional. Hasta que eso ocurra, cada “éxito” de Marlaska sonará exactamente a lo que es: el aplauso de quien celebra haber recogido parte de los escombros del edificio que él mismo dejó derrumbar.