EL OBSERVATORIO DEL 29-n
La izquierda no sabe sumar
Todos querían la unidad, siempre que la unidad empezara por aceptar sus condiciones. Un romanticismo conyugal con capitulaciones matrimoniales, notario de guardia y abogado de parte

El secretario de Organización y portavoz de Podemos, Pablo Fernández; la secretaria general de Podemos, Ione Belarra; la secretaria política de Podemos y eurodiputada, Irene Montero, durante el Consejo Ciudadano Estatal de Podemos.
El pasado viernes, 16 de octubre, expiraba el plazo para registrar coaliciones de cara al 29-N. Y la izquierda situada a la izquierda del PSOE ha vuelto a demostrar que, cuando se trata de unirse, es capaz de lograr lo que ni el PP, ni Vox, ni la ley d’Hondt consiguen: dividirse con una eficacia que ya la querría para sí cualquier escisión de manual. Si la fragmentación del voto mal llamado “progresista” fuera disciplina olímpica, tendrían el oro, la plata y el bronce, y aun así se pelearían por quién sube primero al podio y quién se queda con el himno.
Llevaban semanas proclamando la necesidad de una “candidatura unitaria”. Palabra mayor. Un frente amplio, antifascista, popular, transformador y, sobre todo, imposible. Porque en la izquierda alternativa la unidad no es un método político: es una amenaza existencial. En cuanto alguien pronuncia “una sola papeleta”, cada dirigente descubre de golpe que su ego, su marca, su circunscripción y su sitio en la lista son derechos patrimoniales. Y hay patrimonios, ya se sabe, que no se negocian ni con el reloj echando humo ni con el electorado mirando el reloj.
Ada Colau imploraba una candidatura única; Irene Montero respondía que Podemos tenía un acuerdo con ERC; Antonio Maíllo declaraba que IU no negociaría con Podemos “saliéndose del Frente Amplio”. Es decir: todos querían la unidad, siempre que la unidad empezara por aceptar sus condiciones. Un romanticismo conyugal con capitulaciones matrimoniales, notario de guardia y abogado de parte.
En Madrid y Barcelona donde el poder se vuelve tangile, la 'fraternidad proletaria' entra en modo reparto de butacas
El asunto era tan sencillo como elegir quién encabeza las listas en Madrid y Barcelona, las dos provincias que más escaños reparten. Pero allí donde hay escaños importantes, allí donde el poder se vuelve tangible, la “fraternidad proletaria” entra en modo reparto de butacas. Y como en todo reparto de butacas, primero se discute quién se sienta al lado del pasillo, luego quién paga la fila y, al final, quién tiene derecho a decir que la obra fue idea suya.
Frente Amplio proponía a Colau y a Emilio Delgado. Podemos exigía a Irene Montero como número uno por Madrid y celebraba el tándem con Gabriel Rufián en Cataluña. Colau llegó a ofrecer retirarse e incluso cambiar el nombre de la coalición; Montero descartó integrarse en el Frente Amplio. Una generosidad mutua que habría emocionado a un notario y que al votante de a pie le deja con la sensación de estar viendo una obra de teatro donde todos declaman el mismo monólogo y nadie quiere hacer de apuntador, no vaya a ser que el apuntador cobre protagonismo.
Y mientras tanto, los morados proponían pactar con IU en diez comunidades autónomas, pero dejando fuera Madrid y Barcelona. Traducción simultánea: “seamos hermanos donde no hay nada que repartir y rivales donde hay diputados”. IU, que se presenta como una organización “muy seria”, rechazó un pacto troceado. Como siempre quiere mandar. Pero seria, desde luego, lo es: seria incapacidad de cerrar un acuerdo con reloj en contra. Y con el reloj, ya se sabe, no se negocia; el reloj no acepta enmiendas a la totalidad ni recurre al comité federal.
El resultado es un mapa electoral de inspiración cubista. En Canarias, IU, Sumar, Nueva Canarias y Podemos lograron una coalición, la Unidad del Pueblo Canario. Una excepción que confirma la regla y que, de paso, demuestra que cuando se quiere se puede; lo que ocurre es que casi nunca se quiere, y cuando se quiere es porque el abismo estaba cerca. En Aragón, Chunta, IU, Sumar y otros fueron juntos, pero sin Podemos. En Baleares, otro preacuerdo sin los morados. Cada comunidad un experimento, cada experimento una forma distinta de decir “no”, y todas ellas igual de convincentes y de taquigráficas.
Aquí, en la Comunitat Valenciana, tras semanas de tensión, Esquerra Unida y Compromís cerraron in extremis un acuerdo bajo la marca Compromís-Front Valencià. Un pacto de última hora que demuestra que la unidad es posible cuando el calendario aprieta y el miedo a desaparecer del mapa pesa más que el miedo a que te absorban. Eso sí, el nombre del invento tiene más guiones que un contrato de alquiler y deja claro quién manda y quién se apunta al carro con la esperanza de que el carro no arranque sin él.
En Cataluña, Podemos y ERC sellaron su entendimiento; ERC aclaró que no era coalición, que la lista era de ERC, el programa era de ERC y los diputados serían de ERC. Una colaboración tan amplia que cabía entera en el bolsillo de Rufián, y con sitio de sobra para el orgullo, para el comunicado y para la foto.
El voto útil, ese premio de consolación que la izquierda alternativa fabrica con sus propias manos y luego denuncia en rueda de prensa con gesto de dignidad herida.
En Ferraz, la sede madrileña del PSOE, deben estar tan “preocupados” por este culebrón que apenas pueden disimular la sonrisa. Cada desacuerdo entre Colau, Montero, Maíllo, García, Delgado, Baldoví, Rufián y compañía —todos compitiendo en un “concurso de divas” donde el jurado es el electorado y el electorado ya ni mira— les ahorra trabajo: la izquierda alternativa se encarga sola de fragmentar el voto autodeclarado “progresista”. Fuentes socialistas reconocen incluso que la división puede empujar parte del electorado hacia el “voto útil” del PSOE. El voto útil, ese premio de consolación que la izquierda alternativa fabrica con sus propias manos y luego denuncia en rueda de prensa con gesto de dignidad herida.
En fin, es el milagro de la política española: la derecha discute cómo gobernar mejor; la izquierda a la izquierda del PSOE discute quién firma primero el acta de la reunión en la que se decide discutir. Y cuando el plazo electoral aprieta, convierte la unidad en un ejercicio de gimnasia rítmica: mucha flexibilidad, mucho gesto, pero ninguna medalla. Eso sí, la coreografía impecable, el maillot a juego y el himno cantado a destiempo. Nunca superaran su adolescencia.