Morant, la ingeniera de la interpretación selectiva
Tergiversar cuatro bloques programáticos en una sola mañana, y hacerlo además con el aplomo de quien cita textualmente, requiere un entrenamiento que trasciende la simple torpeza

La secretaria general del PSPV-PSOE y ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, durante la clausura de la conferencia Política del PSPV-PSOE, a 20 de septiembre de 2026, en Alicante.
Hay quien, ante la evidencia de una manipulación burda, recurre al viejo aforismo de “o es tonta, o se lo hace”. En el caso de Diana Morant, ministra de Ciencia y lideresa del PSPV, la respuesta se antoja casi un ejercicio de caridad intelectual: se lo hace. Y se lo hace con una precisión que, paradójicamente, solo puede explicarse desde una inteligencia estratégica muy por encima de la media. Porque tergiversar cuatro bloques programáticos en una sola mañana, y hacerlo además con el aplomo de quien cita textualmente, requiere un entrenamiento que trasciende la simple torpeza.
Feijóo compareció ayer en la Cadena Ser y dijo, entre otras cosas, que su compromiso es actualizar las pensiones conforme al IPC y reactivar el Pacto de Toledo. También afirmó que su objetivo no es solo subir el salario mínimo, sino también el salario medio, y que pactará ambas cosas con los agentes sociales. Sobre el aborto, cuestionó que las menores de 16 y 17 años puedan interrumpir el embarazo sin consentimiento de sus padres, y puso un ejemplo: “una niña de 16 años necesita la autorización de sus padres para hacerse un tatuaje y no la necesita para abortar”. Sobre la eutanasia, se limitó a decir que quiere reformar la ley para “reabrir el debate”.
Con este material, cualquier observador mínimamente honesto habría concluido que el líder del PP modula, matiza y, en algunos puntos, se compromete a mantener el statu quo con retoques. Pero Morant, dotada de un don innato para la exégesis creativa, escuchó otra cosa. Donde Feijóo dijo “pactar el salario mínimo con los sindicatos”, ella oyó “bajadas del salario mínimo”. Donde Feijóo dijo “actualizar las pensiones al IPC”, ella oyó “bajadas de las pensiones”. Y donde Feijóo puso un ejemplo sobre la coherencia en la autorización parental, ella escuchó que “ha dicho literalmente que, si una chica de 16 años no puede conducir, no debería de poder abortar”.
A un mes de las elecciones, el electorado de izquierdas necesita un villano nítido, sin aristas
Es, hay que reconocerlo, un ejercicio de funambulismo semántico digno de una cátedra de hermenéutica electoral. La ministra Morant no miente: interpreta. No manipula: contextualiza. No lanza bulos: construye relatos. Y en esa construcción, cada matiz del adversario se convierte en un hachazo a los derechos sociales, cada duda razonable en un plan oculto de recorte, cada ejemplo pedagógico en una declaración literal. La pregunta, claro, es por qué. La respuesta se llama 29-N. A un mes de las elecciones, el electorado de izquierdas necesita un villano nítido, sin aristas, y Feijóo, con su perfil tecnócrata y sus contradicciones reales, no siempre lo pone fácil. De ahí que Morant, cual traductora simultánea del miedo, se encargue de afinarlo.
Lo verdaderamente llamativo no es que lo haga. La política está llena de intérpretes interesados. Lo llamativo es la desfachatez con la que se atribuye al adversario declaraciones que no ha hecho, y la impunidad con la que cuenta para ello. Porque cuando se lee el “fast check” de sus intervenciones, uno descubre que, de los bulos que se le atribuyen en un solo discurso, varios giran en torno a estas mismas declaraciones de Feijóo. Y, sin embargo, ahí sigue, erigida en azote de la desinformación ajena, mientras la propia se desliza por el sumidero de la propaganda sin que nada ni nadie la detenga. Toda una agit-prop bolchevique, es esta chica de Gandía
Morant no es tonta. Es algo mucho más inquietante: es una política que ha interiorizado que, en la era del ruido, la verdad es un estorbo y la exageración, un imperativo categórico. Y mientras ella se afana en fabricar monstruos de feria para consumo interno, los problemas reales —la vivienda, la productividad, el deterioro institucional— esperan a que alguien, en algún sitio, se atreva a mirarlos sin filtros ni caricaturas. Pero eso, claro, exige una honestidad que no da titulares. Y la ministra, hay que reconocerlo, vive de los titulares.