el faro de motes
El PP toma un rizo
La verdad es que el clima político en España, el paroxismo de determinados medios, la violencia en la calle y la levedad de los sondeos dan algo de yuyu, y parece recomendable manejarse con prudencia

El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, se hace un selfie durante un acto de precampaña, en el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia
En este bancal que es la Comunidad Valenciana hemos pasado de las listas negras de periodistas de antaño a los intentos de cancelación de hogaño, que los hay. No les aburriré con nombres y apellidos, ni les diré desde qué salas de máquinas se presiona para silenciar a las voces que pretenden ser libres, identificables, vehementes, pero independientes al cabo. El poder es lo que tiene, pero el terrenal es caduco, lo digo por los Beria de turno. Miren, yo lo que veo en el ambiente es miedo, mucho miedo, a ganar y a perder. El miedo es una reacción muy particular, provocada por una amenaza real o imaginaria, y aquí hay abundancia de ambas, que para eso somos huerta. Los partidos reaccionan al miedo con la persecución, el veto, el gulag, y los tiempos de confección de unas listas electorales son épocas de eso, de crímenes versallescos, de delaciones y bulos, de fuego amigo. Son como daguerrotipos de la vida interna: explican muy bien la temperatura, el estado de la convivencia, la realidad de su funcionamiento y el mapa de ambiciones, lealtades y deslealtades. Todo muy edificante.
El PSPV, por ejemplo, se dio prisa y eliminó a las primeras de cambio a todos sus diputados actuales: plan renove, no ha dejado ni uno políticamente vivo. Una purga de manual. El PP valenciano, sin embargo, alargó de forma agónica el trance hasta última hora y se ha quedado a medias en el recambio, pero sus decisiones también parecen responder a la sensación temerosa de quien está al final de la carrera, en el sprint final o en el set point definitivo, y se le ablanda el brazo por miedo a fallar o porque a muchos de los interesados les va el futuro en ello. El fin de semana leí una entrevista a Mark Harris, científico británico y sacerdote anglicano, uno de los defensores del nexo entre religión y ciencia. Dice Harris que la mecánica cuántica no la entienden ni los físicos que la investigan, y algo parecido le ocurre al Partido Popular de aquí, que no lo entienden ni sus parroquianos. Y eso que muchos van a misa.
En términos metafóricos, ya se sabe que al mar hay que respetarlo y adaptarse a él, no combatirlo. Como buen gallego, Núñez Feijóo debe de saberlo, y por eso se maneja con prudencia: a las olas no se las vence, insisto, se las gestiona. Con el pacto con Vox lo que ha hecho Feijóo es normalizar su relación con el partido de Abascal, mucho después de que lo hiciera Mazón, por cierto, y desde luego lo que pretende es tomar un rizo, que en léxico marino significa recoger algo de vela, porque con mala mar y vientos extremos el exceso de paño en un aparejo Marconi puede dar con uno en el fondo. La verdad es que el clima político en España, el paroxismo de determinados medios, la violencia en la calle y la levedad de los sondeos dan algo de yuyu, y parece recomendable manejarse con prudencia. Y no obstante, de la moderación al pavor hay un trecho, que unos recorren con brújula y otros, con los ojos cerrados.
Las relaciones entre Génova y los populares valencianos han sido ciclotímicas a lo largo de la historia, y se ha pasado de la subordinación al respeto, y de la algarada a la obsecuencia, de forma arrítmica
El relato de las últimas horas del domingo pasado, los detalles sobre la confección de las candidaturas al Congreso y al Senado en el Partido Popular, refleja muchas cosas. Para empezar, parece demostrado que el líder popular está hasta el gorro de sus compañeros valencianos. Primero fue la Dana, y ahora la post-Dana. Imaginamos lo que habrán sudado en la calle Génova para confeccionar las listas locales por falta de referencias únicas, versiones unívocas y perfiles consensuados. Las relaciones entre Génova y los populares valencianos han sido ciclotímicas a lo largo de la historia, y se ha pasado de la subordinación al respeto, y de la algarada a la obsecuencia, de forma arrítmica. Recuerdo una vez que me dijeron "a MAR ni le hables". Ahora mismo Madrid tiene aquí un protectorado y gestiona con mando a distancia el estrés postraumático de la Dana de 2024, en una larga convalecencia y con un presidente regional que, perdonen, parece ausente, no concurrente. Quizá por decisión propia, pero es extraño, la verdad. Al PP le atenazan el temor y la desconfianza, cuando no el dolo, en la elección de las personas, en la atribución de valores, en el dimensionamiento de la maledicencia o la sospecha, en la gestión de egos… como si mandaran muchos y nadie al mismo tiempo, como si fuera incapaz de autogestionarse y solo estuviera dispuesto a proyectar ruido para que otros intenten modularlo, a distancia, claro. Es una pena que quien representa una forma libre, respetuosa, igualitaria, liberal y enriquecedora de entender la sociedad no disponga de los mimbres adecuados para llevar a cabo la misión.
Es precisamente este contexto, la interinidad, el multiliderazgo, el miedo en definitiva, lo que ha impedido, seguramente, a Juanfran Pérez Llorca anticipar las elecciones autonómicas y hacerlas coincidir el 29 de noviembre con las generales. La debilidad de la formación y su complejidad orgánica han hurtado al centroderecha valenciano la opción de superar con creces la turbulencia electoral de la dana, pues se habría votado contra Pedro Sánchez, que es lo que hará el electorado valenciano el 29N. Muchos nos preguntamos si el Molt Honorable no se atrevió a dar ese paso por temor al resultado (no parece lógico), porque no podía (no está proclamado) o porque no se lo habrían permitido en Madrid. A toro pasado, todo se ve clarísimo, claro, pero en el caso de Llorca, si se repiten los 13 escaños de 2023 será un éxito que se atribuirán «las» cabezas de lista, y si se dejan alguno en la gatera, ¿se lo reprocharán a él? Y si es así, ¿alguien pondrá en duda su proclamación? Preguntas sin resolver todavía porque, gracias a Dios, y volviendo a Harris, lo cuántico garantiza el libre albedrío, o sea, el voto. Que no es poco, siendo lo único que nadie entiende y todos acaban respetando.