opinión
Historias para no dormir

Granja porcina (Archivo)
Este fin de semana se ha celebrado Halloween, una festividad que ya está totalmente asentada en nuestra sociedad. En ella, los disfraces, las calabazas y las historias de terror cobran protagonismo.
Esto que voy a contarte no es una historia de fantasmas, ni de apariciones. Y aunque es probable que no te hayas percatado, está ocurriendo más cerca de lo que crees, en este mismo instante. En el interior de sucias naves, bajo cubiertas de chapa metálica y muros a través de los cuales apenas entra luz.
En estos lugares, de los que es imposible escapar con vida, el terror se apodera de quienes son obligados a cruzar el umbral. El aire denso, el olor a óxido y la tensión del miedo, lo impregnan todo.
La bienvenida a este cruel lugar es un anticipo de lo que espera a quienes están condenados a vivir en este infierno del que sólo la muerte les libera.
A los cerdos bebés se les amputa la cola y se les corta los colmillos. En ninguno de los casos se emplea anestesia. Sus gritos de dolor resuenan entre el hormigón y el metal.
Los pollitos macho, son desechados. En algunos casos se lanzan a contenedores, donde mueren por aplastamiento y asfixia, tras eternas horas de sufrimiento extremo, el dolor de los huesos rotos y la desesperanza por un auxilio que, por más que se implore, nunca llega.
La alternativa, ser empujados a un sistema de cuchillas donde sus cuerpos son triturados. Algunos de ellos, tienen la mala suerte de sobrevivir con graves heridas, convirtiendo su muerte en una prolongada agonía.
A quienes son elegidos para sobrevivir les espera una vida de hacinamiento y prácticas aberrantes, que se ponen en marcha incluso antes de su nacimiento.
Como la selección genética de los pollos que les hace crecer tan rápido que sus patas no soportan su propio peso y sus huesos terminan quebrándose. Tan solo 6 semanas para pasar de huevo a terminar colgados de un gancho, degollados.
Y las madres, no sólo sufren porque sus hijos les son arrebatados sin que hayan podido siquiera lamerles la cara al nacer.
Su tortura es una espiral que comienza con su inmovilización que les fuerza a permanecer tumbadas en una jaula, equiparable al tamaño de un ataúd para una persona, durante el més aproximado que duran el preparto, el doloroso parto y la lactancia de sus bebés.
Esto, dos veces al año, durante los 3-4 años que dura su terrible vida.
Estos macabros métodos de tortura son sólo unos pocos ejemplos de las consecuencias que para los animales tiene el consumo de carne, huevos y leche.
Lo más siniestro y perverso de estas historias de terror, basadas en hechos reales, es que tras ellas hay un muy lucrativo negocio que se encarga de que, no sólo normalicemos la tortura y muerte de los animales, sino que nos han inculcado la idea colectiva de que lo necesitamos para vivir.
Ante esto, cabe recordar:
que necesitamos proteínas, no carne,
que detrás de cada filete, hay alguien que quería vivir,
y que, simplemente eliminando la carne de tu dieta, salvas a los entre 7.000 y 10.000 animales que de media una persona omnívora consume a lo largo de su vida.
Te invito a reflexionar sobre si quieres seguir sosteniendo estas historias para no dormir.