La derecha no tiene quien le cante
Será que a los muertos de Urda les falta quien les cante. O que a quien debería cantar las cuarenta le han cambiado la partitura

La Fúmiga durante su actuación en el Roig Arena
Monstres i Gegants es una de las canciones emblemáticas de La Fúmiga, que ya tiene algunos años. Fue con esa canción este fin de semana en el Roig Arena cuando los allí congregados de forma masiva bordearon el paroxismo al proyectarse en los grandes muros de leds los semblantes de Mazón y Ayuso con leyendas que rezaban sobre la necesidad de "fer-los fora", de echarlos. Armar una hipótesis sobre la incoherencia que consiste en acordarse del Molt Honorable caído o la presidenta madrileña y olvidarse de Puente o Sánchez, pongamos por caso, monstruos y gigantes de las tragedias más recientes vividas en este país resultaría ridiculamente ingenuo seguramente, pero nos sirve para lanzar algunas ideas.
Hay una ley de la sociología política que no figura en los manuales pero que Iván Redondo conoce bien, y que se sabe cualquiera que haya pisado una manifestación: la derecha no tiene quien le cante. Salvo honrosas excepciones, cuando no innombrables, a nuestra derecha le falta épica, relato y amanuenses, le falta la emoción del corifeo, la vehemencia bien enfocada tras una pancarta de la progresía. La derecha va corta de diseño, de estrategia y sobrada de complejos. Y a la derecha le hace falta trabajar un poquito más. A la derecha no le sobran voceros, ni materia gris porque los que de verdad sabrían pensar están en sus empresas, sus negocios, sus proyectos. La derecha no tiene camarlengos de excepción, prescriptores influyentes, mariachis, artistas, saltimbanquis, actores de cierta fama o pelagatos, da igual. Y, sobre todo, manifestaciones con lemas de imprenta y música de fondo, con batucada si se ponen. La izquierda, en cambio, tiene de sobra, y siempre ha sido así. Gramsci lo explicó mejor que yo, aunque con menos estribillos. Con el «no a la guerra», con el covid, con la dana, con el sursun corda, con lo que se tercie, nunca ha tenido que buscar quien le redacte la pancarta ni quien le ponga banda sonora a la indignación. Siempre aparece un grupete, un actor, un bailarín o un cómico con vocación de fiscal, como por ejemplo Nacho Duato.
Lo que deberían mirarse los allí congregados es qué jodida clase de epigenética individual o colectiva permite a este público apuntarse a la condena de Mazón o Ayuso y olvidarse de Puente o Sánchez
Ahora, con las muertes de Urda, nadie tiene quien le cante, ni quien le escriba, que diría el coronel. Se han identificado ya a la práctica totalidad de las 69 víctimas del accidente, pero a ningún escenario, que yo sepa, le ha dado por acordarse, ni de esas ni de las 46 de Adamuz. Debe de ser que los muertos de Toledo carecen de la sintonía ideológica necesaria para el repertorio, o que el repertorio no admite todavía su nombre. Miren, lo digo con la admiración que merece el fenómeno musical. Este fin de semana La Fúmiga dijo adiós, y lo ha hecho con dos noches en el Roig Arena para 36.000 personas, sin una entrada libre. Un grupo que canta en valenciano, que ha llenado como nadie la plaza de cualquier pueblo y que ha puesto a bailar a tres generaciones. Está genial, y no tengo reparo alguno en decirlo. Lo que, no se, deberían mirarse, no es ya su militancia, legítima, faltaría más, aunque reste legitimidad. Lo que deberían mirarse los allí congregados es qué jodida clase de epigenética individual o colectiva permite a este público apuntarse a la condena de Mazón o Ayuso y olvidarse de Puente o Sánchez. Será que riman mejor. O el caso del bailarían adulador Duato, que ha culpado del accidente a Israel y a Aznar, "guarda'm la cria", que dicen en mi pueblo. O sea, que un tren de alta velocidad alcanza a otro en Toledo y el culpable es un expresidente del siglo pasado y un Estado de Oriente Próximo. Cualquiera menos el que manda aquí. La coreografía exige que la responsabilidad quede siempre lejos del ministerio, y lo más lejos posible.
Al final, en determinados ámbitos, y debería ser motivo de clínica forense, de Puente, de los valencianos que pululan por el Ministerio de Transportes, el de Fomento de toda la vida, y de su responsabilidad política en Urda nadie se acuerda. Eso sí, el ministro descarta dimitir y achaca el accidente a una orden «inexplicable» de reanudar la marcha del AVE tras la caída del sistema LZB. Más inexplicable resulta, en realidad, el contraste. En el accidente del metro de Valencia llegaron a declarar hasta periodistas como responsables políticos. ¿Qué pasa aquí? Será que a los muertos de Urda les falta quien les cante. O que a quien debería cantar las cuarenta le han cambiado la partitura.