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‘El hombre acecha’, Valencia y la Fundación Miguel Hernández

Joaquín de Entrambasaguas, una vez terminada la guerra, se personó en los talleres, ordenando destruir todos los ejemplares que se estaban editando. Pero antes de que esto sucediera, alguien pudo salvar los pliegos ya impresos, sueltos y sin llegar a coserse

El poeta Miguel Hernández

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Juan de Oleza

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Una pequeña joya bibliográfica que acaba de editar la Fundación Cultural Miguel Hernández -‘El hombre acecha’- vuelve a unir al poeta oriolano con Valencia (no olvidemos que en la capital del Turia, Hernández asiste a varias tertulias literarias en compañía de artistas, músicos y escritores como Rafael Pérez Contel, Carlos Palacio, Eduardo Vicente o el erudito Antonio Rodríguez-Moñino).Pero hagamos un poco de memoria al respecto.

A finales de 1938 el poeta oriolano Miguel Hernández concluye El hombre acecha y entrega la obra a la Tipografía Moderna, ubicada en el número 9 de la calle Avellanas de Valencia, de la que en 1934 se hizo cargo Manuel Soler Soria, que había estado trabajando en ella, y adquirió una linotipia equipada con caracteres Elzeviriano, Plantín y Bodoni e imprimió en ella obras de Max Aub (Fábula Verde, Luis Álvarez Petreña y Espejo y Avaricia) o de Juan Gil Albert (Candente horror). La Tipografía fue intervenida y militarizada por la Subsecretaría de Propaganda del Gobierno de la República, aunque continuó bajo la dirección técnica de Manuel Soler. Durante la guerra se había encargado de imprimir folletos y publicaciones republicanas (Nueva Cultura, Madrid, o la mítica Hora de España).

Cuando el jueves 30 de marzo de 1939 las tropas franquistas al mando del general Aranda entran en la capital del Turia, allí siguen apilados sobre el suelo los juegos de capillas [pliego que se entrega suelto durante la impresión] de la penúltima obra escrita por Miguel Hernández, lista para encuadernar y que nunca llegarían a ver la luz. En ese momento se estaban terminado de imprimir la Colección de Canciones de Lucha, que había preparado el compositor alcoyano Carlos Palacio, y El hombre acecha de Miguel Hernández. Ambos ejemplares, todavía sin encuadernar, fueron destruidos por orden del filólogo Joaquín de Entrambasaguas, que presidía una comisión depuradora de publicaciones, según nos dice Óscar Moreno.

Pero el azar hizo que fueran salvados dos juegos de capillas de este libro, compuesto cada uno –nos explica Aitor L. Larrabide, director de la Fundación que lleva el nombre del poeta- por cuatro pliegos y medio impresos en linotipia, sin coser ni encuadernar: 72 páginas en total de formato aproximado 16x22 cm (al estar los liegos aparentemente aún sin desbarbar, cortados sus bordes manualmente en vez de guillotinados, existe una variación de apenas unos milímetros entre uno y otro pliego) más una cubierta con un formato, plegado, de unos 16,8x23 cm, con textos impresos en lomo y cubierta , y pérdidas de papel posteriormente restauradas.

Ya en 1981, la Casona de Tudanca, museo-biblioteca desde mediados de los años setenta, había publicado, a través de la Institución Cultural de Cantabria, una edición facsimilar de El hombre acecha a partir del ejemplar que allí conservaba José María de Cossío. Sin embargo –advierte Larrabide- no se trató de una edición cuidada en su aspecto formal, aunque el amplio y detallado texto introductorio de Leopoldo de Luis y de Jorge Urrutia enriquecía la publicación.

Esta auténtica joya bibliográfica próximamente será presentada en Valencia

Pues bien, hace unos años, en una de las frecuentes conversaciones entre el director de la Fundación Cultural Miguel Hernández y el entonces director de la Biblioteca Pública del Estado ‘Fernando de Loazes’ de Orihuela, César Moreno (hoy patrono de la FCMH), hablaron de aventurarse en la publicación de una edición facsímil de corta tirada, a partir del ejemplar conservado en el Legado de Antonio Rodríguez-Moñino y María Brey Mariño. Para ello, Moreno visitó en dos ocasiones la Real Academia Española consultando el ejemplar, con las siguientes características: “Ejemplar completo, encuadernación en rústica, de color grisáceo de 21,5x15,5 cm, 1 hoja y 72 páginas, 4 pliegos y medio, sueltos sin coser (sin numerar el 1º+ y numerados del 2º al 5º), con 19 poemas, SIN ÍNDICE”. Está “guardado en carpeta de piel con la leyenda grabada en seco ‘Banco Hipotecario de España’, y todo en caja contenedora realizada ad hoc”.

La Real Academia Española, a través de Pilar Egoscozábal, directora de la Biblioteca, y de los académicos Pedro Álvarez de Miranda y Pedro García Barreno facilitaron al máximo las cosas y el tipógrafo Alfonso Meléndez ha asesorado sobre la clase y tipo de papel original empleado en la impresión del ejemplar custodiado en la RAE y realizado la maquetación de tan extraordinario libro. Y, por fin, ha llegado el momento de contemplar esta auténtica joya bibliográfica, gracias a la exquisita edición facsímil realizada en los talleres de Onda Gráfica que próximamente será presentada en Valencia; y espero que también en la Real Academia Española de la Lengua. La ilusión y el cariño desplegado por Aitor L. Larrabide y César Moreno lo merecen.

El hombre acecha

El hombre acecha

Por su parte, Óscar Moreno Ferrández ha sido el encargado de escribir el espléndido texto introductorio titulado Ropajes nuevos para un libro viejo. En él nos cuenta que el catedrático de la Universidad Entrambasaguas, una vez terminada la guerra, se personó en los talleres, ordenando destruir todos los ejemplares que se estaban editando, para hacer con ellos pasta de papel. Pero antes de que esto sucediera, alguien pudo salvar los pliegos ya impresos, sueltos y sin llegar a coserse, -lo que conocemos como capillas- del nonato libro de Miguel Hernández, compuesto por 72 páginas y cuatro hojas de guarda, en papel corriente de medidas 16x22 cm, realizada en linotipia.

En el detallado resumen que Moreno ofrece de las vicisitudes en torno a la obra, recuerda que Rafael Pérez Contel en Artistas en Valencia (1936-39), vol. II, escribe: “En Tipografía Moderna, de la calle Avellanas 9, de Valencia, el equipo ejecutivo de la acción incautadora estaba presidido por el catedrático de la Universidad de Madrid, de filiación fascista, Entrambasaguas, el cual dio órdenes de que fuese incinerado todo el papel impreso en el periodo de la gobernación republicana. Apilados, pliego sobre pliego, en la parte inferior de la pila había unos 50.000 ejemplares y las cubiertas respectivas de El hombre acecha. Ni pliegos ni cubiertas se salvaron entonces, solamente las capillas que, personalmente, hacía llegar el que esto escribe al bibliotecario del Estado Mayor en la Zona central en la Posición Pekin, Rodríguez Moñino. Conforme se iban imprimiendo en la vieja rotativa Marinoni, el maquinista separaba un par de ejemplares de cada capilla”.

Recuerda Moreno Ferrández que tras la muerte de Miguel Hernández, y bajo la tutela de Vicente Aleixandre, se fue ordenando y copiando toda la obra inédita del oriolano. Tal vez alguien que conservaba, o tuvo prestado, un ejemplar del famoso juego de capillas de El hombre acecha, y todo apuntaría a Rodríguez-Moñino, realizó desde este ejemplar una copia mecanográfica. Esta copia, incompleta, y con algunas erratas, circuló en

aquellos años y sirvió para la selección de la Obra escogida de Miguel Hernández realizada por Arturo del Hoyo en la editorial Aguilar (1952), así como para las Obras Completas en la editorial Losada (1960). Asimismo sirvió para la edición de El hombre acecha y el Cancionero y romancero de ausencias, en edición de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia para CUPSA en 1978, así como para la Obra Poética Completa en Zero-Zyx (1976-1977).

El profesor universitario Víctor Infantes de Miguel zanja definitivamente la cuestión

En el prólogo de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia de esta edición de septiembre de 1978 ya se daban algunas precisiones, que iban conformando el puzzle: “Algunas personas lograron rescatar un corto número de ejemplares […]. Desgraciadamente todas nuestras gestiones para encontrar uno de esos ejemplares o, al menos, un juego de galeradas de cuya existencia se oyó hablar mucho en el Madrid de los años cuarenta, han sido infructuosas. Conocemos y poseemos tan sólo una copia mecanográfica obtenida en 1943 asegurándosenos entonces que era fiel transcripción de aludidas galeradas […]. La imposibilidad de realizar personalmente un cotejo entre la copia de un texto ya generalizado y las galeradas de 1939 nos impide garantizar su identificación y su exactitud según hubiéramos deseado para esta edición”.

Avanzando en la investigación, Moreno cita un artículo firmado por el profesor universitario Víctor Infantes de Miguel en El País del domingo 11 de febrero de 1979, bajo el título “Una incógnita desvelada: ‘El hombre acecha’, de Miguel Hernández”. Este artículo zanja definitivamente la cuestión: “Trabajando en los riquísimos fondos de la Biblioteca de Rodríguez-Moñino, una feliz circunstancia ha traído a mis manos el motivo de tantas conjeturas bibliográficas: un ejemplar completo, encuadernado en rústica, de color grisáceo –a gusto del autor, que prefirió, por su austeridad, este diseño a los presentados por Eduardo Vicente y Pérez Contel-, de veintidós por diez y seis centímetros, una hoja y 72 páginas –cinco pliegos numerados-, en cuya cubierta se lee: “Miguel Hernández / El hombre acecha / Subsecretaría de Propaganda-Delegación de Valencia / 1939”. El nombre del autor y el título se repiten en el lomo. Todo ello prueba que no nos encontramos ante unas galeradas, sino ante una obra terminada de imprimir y dispuesta para su inmediata difusión. Consta, asimismo, en la página cuatro, que se imprimió en la Tipografía Moderna, Avellanas número nueve, de Valencia, así como el registro de propiedad y la reserva de los derechos de autor […] El hallazgo de El hombre acecha supone el poder ordenar definitivamente la producción poética publicada en vida del autor”.

Resulta que Infantes de Miguel, tras descubrir el ejemplar, llamó a Leopoldo de Luis para darle la noticia, y éste no perdió el tiempo porque se anticipó al artículo de Infantes y el 2 de febrero publicaba en el diario Pueblo, bajo el título “Otro hallazgo en la bibliografía de Miguel Hernández”, el siguiente comentario: “Nos constaba la existencia de un juego de capillas, del cual se obtuvo la copia mecanográfica que circuló clandestinamente entre un grupo de amigos y admiradores de Miguel en el Madrid de los años cuarenta […] Teníamos la fundada sospecha de que el ejemplar se encontraba en la riquísima biblioteca del que fue bibliófilo el académico Antonio Rodríguez-Moñino pero los legajos que amablemente nos permitió resolver su viuda doña María Brey no nos proporcionaron sino el desconsuelo de su ausencia. En estos días nuevos paquetes que la señora Brey de Rodríguez-Moñiño ha clasificado acaban de proporcionar al profesor Víctor Infantes el deseado hallazgo...".

Con la historia de este libro se entra en capítulos oscuros de nuestra trastienda literaria que sólo la serenidad la objetividad y la investigación recuperan en su justa medida

Ello obligó a Infantes a poner los puntos sobre las íes respecto al hallazgo y lo hizo en el número 12 de Nueva Estafeta (12 de noviembre de 1979): “Quiero precisar algunas cuestiones en torno a esta obra y su aparición. Después del descubrimiento en la biblioteca del académico Antonio Rodríguez-Moñino y del generoso ofrecimiento de su viuda doña María Brey para difundirlo y comentarlo, diferentes voces han escrito sobre dicho ejemplar. Leopoldo de Luis en un reciente artículo publicado en estas mismas páginas [“El hombre acecha, de Miguel Hernández, ya está completo”, n.º 7, junio 1979, pp. 49-55] ha dibujado con cierta extensión el perfil de la obra a la vez que adelanta una personal interpretación del poema “Los hombre viejos” […] La existencia de una cubierta –sea o no clisé, algunas variantes de cierta importancia y la apresurada conclusión de que se tratara de un juego de capillas cuando todos los ejemplares de la edición sólo esperaban coserse y presentaban idéntico estado […]. Me extraña el hecho de que “desgraciadamente todas nuestra gestiones para encontrar uno de esos ejemplares o al menos un juego de galeradas han sido infructuosas”, por dos razones: ¿por qué no recurrir a los responsables de la imprenta donde se prepararon ambas ediciones? Por este indudable testimonio de primera mano, que yo he comprobado, sabemos que el libro de Canciones fue guillotinado en su totalidad antes de entrar las tropas nacionales salvándose un ejemplar que he tenido en mis manos y del que en fecha próxima se realizará una edición facsímil. El libro de Miguel Hernández fue destruido en su totalidad a excepción del ejemplar de Antonio Rodríguez-Moñino -regalo casi seguro del dueño de la imprenta- y quizá otro más del que hablaremos más adelante […]”.

En el artículo citado –afirma Víctor Infantes- “insiste [Leopoldo de Luis] en dos ocasiones en SOSPECHÁBAMOS que ese juego de capillas pertenecía a Rodríguez- Moñino, y lo comprobé a finales del recién transcurrido invierno cuando el profesor Víctor Infantes de Miguel encontró el juego de capillas donde yo estaba casi persuadido que debía encontrarse en la magnífica biblioteca de Antonio Rodríguez-Moñino, cuando en su edición de la obra no cita ni de pasada tal afirmación”. Y remata: “Nadie fue a la biblioteca de Antonio Rodríguez-Moñino en busca del ejemplar ni se realizó la mínima gestión en ese sentido, doña María Brey les hubiera ofrecido –igual que hizo conmigo en aquel momento y en tantas ocasiones siempre- el libro y la información sobre él, sino se hizo fue porque nadie preguntó nunca sobre el tema […] Por tanto tengamos cuidado a la hora de reconstruir hipotéticamente los hechos pasados: la realidad supera cualquier imaginación. Con la historia de este libro se entra en capítulos oscuros de nuestra trastienda literaria que sólo la serenidad la objetividad y la investigación recuperan en su justa medida”.

Incluye esta penúltima obra hernandiana el poema Madre España que empieza así:

 “Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,

con todas las raíces y todos los corajes,

¿quién me separará, me arrancará de ti, Madre?”.

Y termina el libro con Canción última, cuyo inicio es el siguiente: 

“Pintada, no vacía:

pintada está mi casa del color de las grandes pasiones y desgracias”.

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