Horrores navideños
La suma gracia y monumento al esnobismo es la de las personas que locutan el anuncio al estilo de los españoles afrancesados del siglo XVIII

Papá Noel
Si normalmente a la televisión se le suele llamar despectivamente "caja tonta", ahora en Navidad es denominación común: la "caja de los horrores" por mor de un bombardeo continuo e inmisericorde de anuncios, mayormente de toda clase de perfumes y colonias eternales; cremas y untos mágicos de recóndita y secretísima formulación que prometen el elixir de la belleza eterna, sólo minoritariamente intercalados por jamones al monto, y mucho producto preparado donde manda el bajo precio sobre la calidad requerida de una supuesta delicatessen seriada.
La verdad es que semejante atosigamiento con alguna ventaja tenía que compensarnos. Y no es otra, al menos en mi caso, que la de tener un libro cerca, pudiendo leer 3 o 4 páginas mientras se suceden los spots de señoras guapísimas con sus glamorosos trajes de noche, o provocadores deshabillés, no sabe un servidor de ustedes, queridos/as sacrificados del sofá y del mando televisivo, si tales demostraciones de lencería fina y estilosa guapura son para envidia del colectivo femenino, o desafío a los voyeurs más necesitados en su desviada perturbación mental. O sensu contrario masculino, varoniles efebos exhibiendo esculturales torsos helénicos capaces de marear ursulinas presas de un pecado venial.
Pero la suma gracia y monumento al esnobismo es la de las personas que locutan el anuncio al estilo de los españoles afrancesados del siglo XVIII, o de los emigrantes que volvían de Francia en los años 70 queriéndose dar forzado y afectado toque de refinamiento gabacho:
“Pá Gabán”, por Paco Rabanne, “Caolina Erera”, por Carolina Herrera, o “Pgada” por Prada y para qué seguir ejemplificando esnobismos (intento de copiar a una clase superior a la que no se pertenece de cuna) estos anunciadores/as que parecen masticar una caja entera de chicles hinchables mientras sueltan su ininteligible perorata gangosa, imagino que sólo convincente para quienes en su avidez odorífera se gastan unos buenos euros en cualquier perfumería, incluso ahora se pueden encontrar infinidad de imitaciones hasta en los “chinorris” y supermercados de extendido horario, al punto de que las mejores marcas parisinas se pasan los días pleiteando contra las copias, siempre fraudulentas. De eso sabe bastante la EUIPO, la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea, con sede en Alicante y donde tengo buenos amigos que cuentan un no parar de subtítulos: imitación a…, fragancia de…, equivalencia a…, replica…
La genial frase de uno de los mejores escritores, pero también esnobs de su época, Oscar Wilde, puede darle sentido a lo que venimos comentando: “Muero como he vivido, por encima de mis posibilidades”. Cualquiera puede comprarse un frasquito o botellita mediana de un perfume francés, americano, japonés, inclusive español bien acreditados, de hecho, nos cruzamos cada día, incluso muchas noches parranderas con personas que huelen idénticamente conformes, pero ni las acompaña la sílfide corporal, ni salen de un Aston Martin, ni poseen mayor atractivo sensual (“l'amore è un attimo”) que su envoltorio aroma, tan efímero como fugaz por otra parte.
Imagino el dineral en anuncios que deben gastarse las grandes casas perfumistas, y también que sus directores de marketing no han calculado certeramente como tanta insistencia puede redundar en aprensivo rechazo, cual es mi caso. Por eso, y ya que hoy estoy tan amigable, les daré un consejo (aunque sólo se deben dar los de Administración y pagados), personalmente tengo otra buena amiga que trabaja en la perfumería de enfrente de casa, y es ella, que ha hecho sus estudios en París, Grasse, Barcelona, la que me prepara las mixturas, según época y/u hora a un precio bastante razonable. Les aseguro que contertulios/as casi siempre me preguntan ¿qué colonia llevas? Desde luego ninguna con las que nos afrontan estos días dándole más tiempo a los anuncios que al contenido del programa, imposible de seguir tras los larguísimos intervalos publicitarios.
Huele hasta la pantalla.