DERECHO A LA PROTESTA
La gala de los Goya
Me declaro admiradora de ese grandísimo y camaleónico actor, llamado Eduard Fernández. Y también y muy especialmente de la productora de “La infiltrada”, María Luisa Gutiérrez, súper elegante, que salió al final de la gala y nos dio un discurso muy valiente, acerca de la memoria histórica

Los equipos de 'La inflitrada' y 'El 47' tras conocerce el Goya ex aequo a Mejor Película en la 39º edición de los Premios Goya.
Me gusta ver los Goya, asistir en calidad de espectadora a ésta y otras celebraciones, como los premios Princesa de Asturias, que es la otra gran cita de los reconocimientos y el glamur en España. Ambos eventos se han consolidado a lo largo de los últimos años, y cada vez tienen mayor peso específico en nuestro país. De hecho, parece como si hubiera una “entente cordiale” entre la Casa Real y el Gobierno, y un reparto entre ambos, pues los premios asturianos están capitaneados por la monarquía, y los Goya, por el Gobierno. Por cierto, que a Pedro Sánchez le sienta muy bien el smoking, las cosas como son, aunque estando allí el mismísimo Richard Gere – por cierto, ¿le vamos a dejar que viva tranquilo? – y Antonio Banderas la competencia estaba muy dura. Cierto que la entrega de los premios Goya, como se viene diciendo a lo largo de los años, es la gran fiesta del cine español y ello implica un gran revuelo mediático, los posados de la alfombra roja, y el discutible gusto de muchas mujeres, sacado a pasear impúdicamente pensando que iban guapas -como la protagonista de “La infiltrada”, Carolina Yuste, que iba como disfrazada para Halloween-, o una directora de cine, que presentó un premio, y que llevaba unas sandalias de playa en amarillo fosforito que herían la vista. Ni siquiera se libró este año Belén Rueda, que parecía haber querido emular a Úrsula, la mala de la peli de dibujos de La Sirenita, y a la que casi le pilla la cola del pomposo vestido el panel por el que salieron ella y sus acompañantes al escenario. Pero qué divertido es esto de la pasarela.
Los Goya del pasado sábado fueron de esos momentos que uno no debería perderse, para poder estar al día del salseo patrio. Quién nos ha dejado en el último año, quién tiene y no premio, qué película nos hemos perdido y cuál nos habría gustado ver. No quiero ni imaginarme el nerviosismo de los nominados antes de que los presentadores abrieran el sobre y leyeran el nombre del premiado. Debió de ser una tensión próxima al infarto.
En Alicante hay que estar al quite, porque de una semana para otra los títulos van cambiando y es fácil perderse algún estreno interesante. Una de las ventajas de que una película reciba un Goya de los importantes -mejor película, mejor director, o mejor protagonista femenina o masculino- es poder verla, porque con frecuencia las reponen tras los premios. Por cierto, me gustó encontrar que entre los reconocimientos a los fallecidos durante el año 2024 figuraba el periodista alicantino Antonio Dopazo, que fue crítico de cine.
La noche del sábado me di cuenta de lo poco que había ido al cine en el último año, a pesar de que me guste mucho hacerlo. Y, lejos de la idea generalizada que había hace unos años de que nuestro cine era malo con algunas excepciones, como las obras de Almodóvar, Juan Antonio Bayona o Amenábar, considero que la industria está mejor que nunca y que nuestro país lleva ya mucho tiempo ofreciendo películas de buena calidad. Es obvio que muchos proyectos cinematográficos se quedan en el tintero por falta de recursos económicos, pues son inversiones carísimas, que, en muchas ocasiones, además, no obtienen los resultados acariciados. Y que las películas españolas podrían aspirar a tener más calidad si dispusieran de mayor presupuesto.
Centrándonos en el tema de las producciones cinematográficas, muchas se van a las Comunidades Autónomas que tienen una fiscalidad especial, es decir, Canarias, País Vasco y Navarra, pues los incentivos que ofrecen no dejan lugar a dudas a quienes quieren producir cine en España. Los productores quieren trabajar donde les ofrezcan más ayudas. De ahí que, después de aportar tanto dinero público, el proyecto de la Ciudad de la Luz haya resultado un poco frustrante, por no haber sido capaz de alcanzar la repercusión que habría cabido esperar, en cuanto a la atracción de inversiones. No ha conseguido remontar tras el cerrojazo de Europa. Hay ya muchos sitios con grandes platós, incluso en España, y los alicantinos necesitarían una puesta a punto para poder echar a rodar, nunca mejor dicho. No somos competitivos.
Ahora algunos antiguos líderes etarras se han tuneado en políticos y negocian de tú a tú con el Gobierno imponiendo sus condiciones, como si aquí no hubiera pasado nada
Volviendo a la gala, qué quieren que les diga, me declaro admiradora de ese grandísimo y camaleónico actor, llamado Eduard Fernández. Y también y muy especialmente de la productora de “La infiltrada”, María Luisa Gutiérrez, súper elegante, que salió al final de la gala y nos dio un discurso muy valiente, acerca de la memoria histórica. Algunos se estarían retorciendo en sus asientos. La socia de Santiago Segura dejó claro que, si han podido rodar esta cinta, que me muero por ver, ha sido gracias a los taquillazos de sus películas familiares. Compensan con los ingresos de las películas más taquilleras el coste de otras cintas con mensaje y más arriesgadas, como esta. Según contó, hicieron esta película sobre una guardia civil que se infiltró durante años en la ETA porque quieren que no se olvide lo que ocurrió con la banda terrorista hasta hace poco en España. Querían homenajear a las víctimas del terrorismo. Ahora algunos antiguos líderes etarras se han tuneado en políticos y negocian de tú a tú con el Gobierno imponiendo sus condiciones, como si aquí no hubiera pasado nada. Me emocionó que Gutiérrez dedicara el premio a la familia de Gregorio Ordóñez y a la Fundación de Víctimas contra el Terrorismo. Tiene razón esta productora, y gracias por sus palabras, pues no podemos olvidar lo que pasó en España bajo el terror de la banda durante décadas. Un país que olvida corre el riesgo de volver a caer en los mismos errores.