¿Y por qué no el valenciano en Bruselas?
Pedro Sánchez ha hecho el paripé europeo al que le obliga la circunstancia de gobernar en España gracias al independentismo catalán y nacionalismo vasco, añadiendo el gallego por imperativo cultural, aunque él propiamente no sea, ni mucho menos, un medianejo erudito

Sede del Parlamento Europeo en Bruselas.
Pedro Sánchez se ha jugado el impuesto revolucionario abonable a Puigdemont sobre la cuestión filológica, y lo ha perdido. El catalán no será idioma oficial de la Unión Europea, como tampoco lo serán el gallego, uno de los orígenes del castellano, o el autóctono y antiquísimo euskera. Y mucho menos en el parlamento de Estrasburgo tendrán la cabida que el gobierno español pretende entrometer, aunque, ya puestos en plurilingüismos de barra libre, tampoco se podría entender la discriminación respecto al valenciano, el parecido balear, el bable y hasta se me apuran el panocho nacido en Orihuela y trasvasado a la provincia de Murcia, junto a las otras varias y variables formas dialectales del mosaico idiomático español.
Nuestro presidente, experto trapisondista de la diplomacia ha querido metérsela doblada a la UE, pidiendo la cooficialidad anexa del catalán además del vasco y como propina el gallego, pero Europa responde inmediata con que en su sede orgánica ya existen 24 lenguas oficiales autorizadas parlamentaria y administrativamente donde el español (castellano) tiene especial relevancia como puente con Centro y Suramérica, reconociendo otras 60 lenguas habladas y escritas en nuestro mapa lingüístico comunitario, pero advierte que no todas pueden ser oficializadas; lenguas entre las que se incluye al catalán y variantes dialectales, que, por supuesto no alcanzan capacidad impositiva, como tantas otras de la Europa regional, pues aquello de la Babilonia bíblica y el caos de la lenguas se quedaría corto y más allá del castigo divino en la Bruselas contemporánea con hiperbólico exceso de traductores, transcriptores legales y legiones interpretativas puntualizando sinonimias y demás traslaciones académicas.
Pocos erasmus vienen a España para instruirse y manejar otra lengua que no sea la oficial del Estado, como raramente vamos nosotros a Gran Bretaña para estudiar el galés, a Francia para estudiar el corso o a Bélgica para aprender el neerlandés. Y excuso apuntalar argumentativamente con nuestras universidades de la Comunidad Valenciana respecto a la parla autóctona; entre otras poderosa razones porque en sus respectivos países de origen los europeos difícilmente podrían encontrar educadores que los iniciaran siquiera en catalán como supuesta raigambre del valenciano y del balear.
Esa es otra, porque en el ya avanzado 2025, algún desnortado evocador de grescas bizantinas intenta volver a aquellos polémicos tiempos artificialmente identitarios, (suponíamos que felizmente superados), cuando se discutía enconadamente (hubo sangre) sobre si lo que aquí se hablaba era otro dialecto entre Països Catalans o lengua autóctona derivada más del lemosín o del occitano que del catalán gramaticalizado por Pompeu i Fabra, al que algunos ultraístas de la lengua incluso se atrevieron a emparentarlo como “hereu” del valenciano y nunca aceptaron a la inversa. Una porfía que en el fondo más tenía que ver con cierta animadversión, esencialmente capitalina del Cap i Casal (recuérdese a Elizondo y demás ultranacionalistas valencianos) contra “la prepotente madrastra” entronizada políticamente en la plaza de Sant Jaume e intelectualmente en la Universidad de Barcelona. Es decir, pura intolerancia fronteriza sin posibles isoglosas de una a otra orilla del Ebro.
Desde luego Pedro Sánchez ha hecho el paripé europeo al que le obliga la circunstancia de gobernar en España gracias al independentismo catalán y nacionalismo vasco, añadiendo el gallego por imperativo cultural, aunque él propiamente no sea, ni mucho menos, un medianejo erudito, queriendo demostrar en Europa una pluralidad idiomática figuradamente situada por encima del habla colectiva nacional, tal y como le prometió al prófugo Puigdemont, a Imanol Pradales, e incluso al mismísimo Otegui para que echaran el freno por la independencia cuesta abajo.
Europa trabaja denodadamente por la unidad, buscando consensos entre países con intereses diversos, a veces encontrados, y tomas de posición bajo el beneplácito de las mayorías parlamentarias en la sede de la UE, sabiendo que suma voluntades o no podría hacer frente económico y geoestratégico a las grandes potencias: norteamericana (hoy más adversa que nunca), china (qué ha pasado de la miseria mandarina a proclamarse influyente mundial), y rusa (Putin retomando el zarista Palacio de Invierno), todas ellas bien abastecidas de tecnologías avanzadas, combustibles, fábricas y alimentación, por no hablar de armamento de última generación, y del que sacan sus buenos dineros exportando a terceros países como el nuestro.
No sé quién le habrá estado dando a la bomba de aire viciado que hincha la cabeza de Pedro Sánchez llenándola de quimeras sobre su excelencia como estadista superior, pero una vez expuesto y pillado en farol con fichas que superaban los 170.000.000 €, ha vuelto España excusándose: “hemos llegado hasta el límite”, “hemos hecho todo lo posible, pero…” (fíjense cómo los políticos pluralizan cuando pierden, y singularizan cuando ganan). Total, un envite apriorísticamente perdido, y finalmente pillado sin cartas suficientes.
¿Y porque no el valenciano en Bruselas? Se preguntan los ultranacionalistas del Levante feliz, añorando el casco de Jaume I, y el traslado en noviembre de 1936 a Valencia del gobierno republicano. Pues porque como decía el torero, también recogido en una canción: “lo que no puede ser, no puede ser y generalmente es imposible”. Primero, porque nuestro presidente Mazón, que también ha pasado por Bruselas con empresarios y técnicos solventes, siquiera habla un valenciano de primaria; segundo porque de inmediato más de 60 nacionalidades europeas reclamarían lo mismo evitando agravios comparativos; y tercero porque según las últimas encuestas apenas un 15% de las personas que vivimos en la Comunidad Valenciana, hablamos y escribimos ambas lenguas.
Joan Baldoví y los poemitas estelados de cinco puntas tendrán que esperar a que nos independicemos de Madrid y, al tiempo, no caigamos en manejable colonia de Barcelona. Al fin y al cabo, los de las Islas Baleares reconocen que hablan en catalán, nosotros hemos hecho un emplaste sociolingüístico que no convence a tibios ni a troyanos con eso del “valenciano-catalán” y viceversa.
¿Faltan razones lingüísticas a las ya expuestas? ¿o sólo son argumentaciones segregacionistas de ultramontanos vascos y catalanes? Para ir a la Unión Europea con semejante demanda, primero tendríamos que conocer aquí y mayoritariamente nuestra segunda habla romance. Lo demás es ir a tocar las narices en Luxemburgo cuando tienen otros asuntos colectivos muchísimo más importantes de los que ocuparse que el de sostener a Pedro Sánchez en La Moncloa.