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152 aniversario del nacimiento de Azorín

Fue una figura central de la literatura española, y lo sigue siendo, aunque fue muy criticado, quizá por la envidia que despertaba su singularidad.

José Martínez Ruiz, Azorín

José Martínez Ruiz, AzorínRAE

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Rafael Maluenda Verdú

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El 8 de junio de 1873 nació en Monóvar José Martínez Ruiz, quien, a través de su seudónimo Azorín, se convertiría en uno de los más importantes literatos, maestro de periodistas y escritores de España de todas las épocas.

La fama de este monovero —el más ilustre y universal de todos los tiempos— está extendida por todo el mundo. Sus obras han sido publicadas en varias lenguas y siguen siendo referencia y modelo estilístico y literario para escritores contemporáneos, como lo fueron para sus coetáneos.

Azorín, además de estar considerado, junto a Cervantes, como uno de los mejores escritores de la historia en lengua castellana, sigue destacando por su estilo impresionista, tanto en la imagen como en el paisaje. La descripción fotográfica de Azorín, lo que él veía a través de su “famoso catalejo”, traslada al lector —por su precisión y detalle— a una imagen casi cinematográfica.

Supo escribir y plasmar en sus libros el alma de las cosas, al igual que Sorolla la pintaba en sus lienzos. Fue una figura central de la literatura española, y lo sigue siendo, aunque fue muy criticado, quizá por la envidia que despertaba su singularidad: el mejor en su estilo, dueño de una claridad y concisión de ideas inigualables.

Azorín encontraba en las cosas pequeñas —insignificantes para otros— la grandeza de la vida. Por ello descendía a describir sus detalles: los colores, los olores del paisaje, el movimiento; hasta los personajes más extraños tenían vida propia en su obra. Fue también el genuino representante y más claro prototipo de la intelectualidad de la Generación del 98, denominación que él mismo acuñó.

Amante de su patria chica, del Monóvar que lo vio nacer, y también de la Yecla que adoptó por ser la cuna de su padre —y donde, siendo niño, realizó sus primeros estudios—, Azorín nunca ocultó sus sentimientos, su cariño ni el orgullo que expresó a lo largo de su vida por haber nacido en Monóvar.

“Sus veranos en el Collao; sus largos paseos por los jardines del Casino; la Biblioteca y los personajes que allí tertuliaban; la mujer monovera, 'siempre limpia y aseada'; el olor a jazmines frescos; la Torre; la campanita de Santa Bárbara…”

Inició su obra en Monóvar, donde, junto a Valencia, Madrid y París, desarrolló sus grandes dotes literarias. Y fue en la capital de España donde triunfó definitivamente y alcanzó la fama, aunque muchas de sus novelas más importantes las escribió en la finca familiar del Collao de Salinas.

Azorín fue acusado por sus detractores de haber abandonado Monóvar para instalarse en Madrid. Pero en su extraordinaria novela Antonio Azorín aclara, a una supuesta “novieta” que el personaje tenía en la vecina Petrel —ciudad muy querida también por el autor, ya que de allí era su madre, doña María Luisa—, los motivos de su traslado a la capital. Lo hace refiriéndose a la fama: “Me he venido a Madrid a emborronar cientos de cuartillas cada día en busca de la fama. Por cierto, la fama, eso de lo que todo el mundo habla y nadie sabe en qué consiste, ni tampoco cómo alcanzarla.”

Fueron los años en los que comenzó a escribir sus grandes e inmortales obras, especialmente novelas y ensayos. La fama le persiguió desde aquel 4 de febrero de 1893, tras su trascendente discurso en el Ateneo de Valencia: La crítica literaria en España.

Siguieron Moratín, Buscapiés, Notas sociales, Anarquistas literarios, Charivari, Pecuchet, El alma castellana, Diario de un enfermo, La voluntad, Antonio Azorín, Las confesiones de un pequeño filósofo, Los pueblos, La ruta de Don Quijote, El político, España, Castilla, El licenciado Vidriera visto por Azorín, El chirrión de los políticos, Una hora de España, Superrealismo, Memorias inmemoriales, Doña Inés, Don Juan, Valencia, Madrid, Agenda, Posdata… y muchas más.

En teatro: Angelita, Old Spain, Brandy, mucho brandy, Comedia del arte, El clamor, El doctor Fregoli, Lo invisible

Tampoco hay que olvidar su paso por la política, donde se hizo célebre a través de sus Crónicas parlamentarias. Ingresó en 1897 en el Partido Federalista de su admirado Pi y Margall, pero en 1907 pasó al Partido Conservador de la mano de Maura y Juan de la Cierva. Obtuvo cinco actas de diputado entre 1907 y 1920 (Purchena, Puenteareas y Sorbas, en tres legislaturas). Fue también dos veces subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes.

Durante su juventud, fue —como él mismo se definió— un “anarquista literario”. Nunca un agitador de masas ni alguien capaz de participar en actos violentos, pero sí un feroz polemista. Sus ideas quedaron plasmadas en miles de artículos, publicados en medios nacionales e internacionales.

Antes de ser “Azorín”, firmó como “Cándido” y “Ahrimán”. Publicó más de cinco mil artículos. Comenzó en “La Educación Católica” de Petrel, “El Eco” de Monóvar y “El Defensor” de Yecla. En Valencia colaboró con El Mercantil Valenciano y El Pueblo, junto a Constantí Llombart y Blasco Ibáñez. Su primer artículo en Madrid fue publicado en El País en 1896, con el título El ocaso de una gloria. A partir de ahí, escribió en Revista Nueva, Juventud, Arte Joven, El Progreso, El Imparcial, El Globo, ABC, La Vanguardia y especialmente en La Prensa de Buenos Aires, entre muchos otros.

En 1913 sufrió una traición política por parte del sector conservador en su intento de ingreso en la Real Academia Española, lo que indignó a la Generación del 98. En desagravio, y auspiciado por Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Baroja, Machado, Benavente, Miró, D’Ors y otros, se le rindió un gran homenaje en Aranjuez el 23 de noviembre de ese año. Su discurso giró en torno a la pregunta de Larra en 1835: ¿Dónde está España?

Pese a todo, Azorín ingresó en la RAE años después, el 26 de octubre de 1924, con el discurso Una hora de España (1560-1590), ocupando el sillón de la letra P.

Quienes lo leemos no podemos olvidar su obsesión por los grises: “grises azulinos, grises verdosos, grises rojizos, grises morados, grises violeta”… y por los olores. El gris de las tierras alicantinas, el recorrido visual desde el tren que lo llevaba a su tierra: “Bifurcación en La Encina; Caudete que quiere ser y no lo es; Villena señorial, su castillo con una ventana que nos mira; Sax con su castillo moruno; el túnel, y al fondo, la industriosa Elda; a lo lejos, El Cid y Petrel; en el valle, otra vez los grises… y por fin ¡Monóvar! Con la ermita de Santa Bárbara y su campanita de voz cristalina…”

Azorín también retrató su “España invisible”; la de la luz mediterránea, el “verdadero Alicante” del interior: Monóvar, Petrel, Biar, Villena… Y en la estación, la tartana que lo llevaba al Collao de Salinas. Así relataba su regreso a la patria chica.

Y esta es solo una prueba más del inmenso cariño que sentía por su tierra. Un afecto que los monoveros seguimos profesando por nuestro paisano más ilustre, el más universal, el gran literato de la lengua castellana, el “pequeño filósofo”, como él mismo se definía: el inmortal Azorín.

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