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Verano idílico en Alicante

Imaginemos un verano en el que los contenedores no rebosen y las calles luzcan limpias, incluso tras noches de fiesta

Playa de Alicante.

Playa de Alicante.

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La mañana estalla con un sol implacable que parece querer derretir cada adoquín de la Explanada. Los turistas llegan a Alicante con la promesa de un verano idílico: olas susurrantes, brisa marina, atardeceres de ensueño, comida deliciosa y bebida barata. En la práctica, te recibe una avalancha de personas que ahogan el paseo, abarrotan el puerto y se amontonan en la Rambla. No se puede caminar tranquilamente, sino que hay que ir sorteando a los paseantes, como se puede. Hace semanas que perdimos todo el glamur, al habernos vuelto esas criaturas de pelo pegado que sudan sin cesar. Da igual a qué hora sea, siempre te hace falta una ducha. El calor, tan característico de julio y agosto, se cuela en cada rincón y obliga a buscar refugio bajo lonas diminutas, o en bares abarrotados. El aire acondicionado se ha convertido en nuestro mejor aliado.

Antes de las nueve de la mañana la playa es ya un enjambre de familias, parejas y grupos de amigos, que corren a tomar su parcela de arena. En el primer tramo, las sombrillas compiten entre sí y los bañistas intentan ganar la guerra por cada centímetro cuadrado del preciado lugar. Apenas hay un hueco libre y, si lo hay, está demasiado cerca del chiringuito, de la música atronadora, de la marea de carritos, colchonetas y neveras portátiles que invaden la orilla, o de los ruidosos vecinos y del niño malicioso, que te merodea con su pelota mientras tratas de comerte el bocadillo. La arena que te lanza el chaval, de manera aparentemente distraída, termina mezclada con tu bebida, tibia a pesar de tus denodados intentos de preservarla como recién salida del frigo de tu casa. Te cagas en la madre que parió a Paneque entre dientes, por no mandarle el niño a su santa madre de un puntapié.

Al mediodía, el calamar rebozado no es el plato estrella del chiringuito, sino el bañista aplastado bajo el sol y la multitud. “Camarero, otra cerveza”, dices, antes de licuarte, pues te has ido sin las chanclas, haciéndote el machote delante de la churri, y la arena está que arde. El termómetro roza los 38 grados y el agua del Mediterráneo, en lugar de convertirse en alivio, se siente como un salón de spa, caliente como un caldo y con más cuerpos de los que puede buenamente admitir. Intentas deslizar las piernas y descubres que la gente se interpone en cada movimiento, que incluso el simple acto de zambullirse se convierte en una coreografía digna de una competición de natación sincronizada.

Pasear por la ciudad resulta tan dificultoso como una gincana: calles estrechas plagadas de sombrillas, de vasos abandonados junto a bancos públicos y de envoltorios de helados, que parecen florecer junto a los contenedores desbordados. Alicante, con su casco antiguo y sus miradores, ofrece rincones de belleza apabullante, pero están ensombrecidos por un velo de suciedad, que se expande como una mancha de aceite.

La economía local se ve robustecida, cierto, pero la ecuación no cuadra cuando el turismo provoca un daño tan evidente en la convivencia cotidiana de los ciudadanos

Esta pasada semana se manifestó la Coordinadora Alicante Limpia (CAL) en la plaza del Ayuntamiento, en una protesta a la que acudieron cerca de 300 personas. Fue solo un acto simbólico, pero que pretende ser el primero de más acciones reivindicativas, dado que Alicante está considerada desde hace cinco años como una de las ciudades más sucias de España. Al caer la tarde, el olor a desperdicio se mezcla con el aroma del mar y de las cocinas, generando una atmósfera contradictoria, que confunde los sentidos. A veces uno se ve obligado a contenerse ante el hedor de un cubo de restos de pescado, o bien con el de los orines de los visitantes, que, ante la ausencia de letrinas públicas, deciden desaguar en cualquier rincón.

Lejos de moderar su entusiasmo, los veraneantes parecen inmunes al caos. Siguen haciendo fotos, brindando con sangría y reclamando más espacio para sus toallas. Los comercios, por su parte, celebran la avalancha veraniega con precios elevados y mesas apiñadas. La economía local se ve robustecida, cierto, pero la ecuación no cuadra cuando el turismo provoca un daño tan evidente en la convivencia cotidiana de los ciudadanos alicantinos, que tendrán que pagar un recibo mucho más caro -estamos todos temblando por la subida que se anuncia- por la limpieza de las calles este año. Y es cierto que la ciudad la disfrutan no solo los vecinos sino también los turistas, quienes no contribuyen con un solo céntimo por lo que ensucian.

Los habitantes de Alicante, muchos de ellos desplazados a barrios periféricos para aparcar o hallar un rincón tranquilo, observan con resignación cómo su ciudad se tambalea bajo el peso de su propia popularidad. Los vecinos se quejan no solo de la falta de limpieza, sino del ruido hasta altas horas y de la sensación de que la ciudad ya no les pertenece. Se percibe un clamor soterrado que exige mejores políticas de gestión urbana y un compromiso real con la sostenibilidad.

Es cierto que el turismo es un motor esencial de la economía. Sin visitantes, muchas familias no podrían mantener sus negocios ni garantizar sueldos estables. Sin embargo, hace falta regulación, un mayor despliegue de servicios de limpieza -reforzados con una supervisión eficaz por parte del Ayuntamiento- y, sobre todo, conciencia colectiva: el público debe entender que los residuos no desaparecen por arte de magia.

Imaginemos un verano en el que los contenedores no rebosen y las calles luzcan limpias, incluso tras noches de fiesta. Un Alicante en el que el calor no sirva de excusa para la anarquía urbana. Un escenario en el que local y visitante convivan con respeto mutuo. El reto está servido: demostrar que Alicante puede brillar bajo el sol de verano y mejorar en su limpieza. Y, quién sabe, así tal vez podremos recuperar la magia de ese verano perfecto que todos añoramos.

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