opinión
Navidad y tercera edad

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Un año más nos estamos aproximando a las Navidades, ese tiempo de final del año en que todos nos sentimos en la obligación de ser mejores personas, o al menos intentamos parecerlo. Son días para reunirnos con la familia y las personas a las que más queremos, y también para la exaltación de la amistad y la justificación del consumismo y el desparrame en general. Y esas reuniones son parte de nuestras costumbres, el juntarnos para comer y beber como si no hubiera un mañana, por más que muchos no le encuentren el sentido a las celebraciones de estas fechas. Sin el sentido religioso y trascendente de estas fechas puede que todo parezca un cascarón vacío, por más que los buenos deseos sean en sí mismos esencialmente positivos para la convivencia.
En buena medida nuestra sociedad ha girado hacia un mayor laicismo a lo largo de las últimas décadas, pero no se replantean las fechas clave navideñas como parte de los hábitos comúnmente aceptados de nuestra cultura cristiana, herederos de las celebraciones antiguas del solsticio de invierno, sin que exista un cuestionamiento acerca de si el 8 o el 25 de diciembre han de ser días festivos o no, por ahora y espero no vivir para verlo. España es aconfesional como Estado, pero se reconoce el peso de la tradición histórica en este tipo de detalles, que no son menores. En todos los hogares españoles se hacen comidas y cenas especiales, se montan belenes, árboles de Navidad, se compran regalos y se celebran reencuentros memorables en estas fechas, en las que se echa especialmente de menos a los que ya no están y a los que viven lejos y no han podido regresar por las fiestas, a los que imaginamos deprimidos por no poder estar aquí.
Hay muchas personas en España que cenan solas cada día, incluso en las Navidades. Ignoro cómo se han de sentir ante tanto jolgorio televisado, tanto cava y dulces navideños invadiendo el súper desde el mes de octubre —cada día se adelanta más el anuncio de las Navidades; vamos a empezar a este paso a finales de agosto con las fiestas—, tantos anuncios clónicos un año tras otro sobre las delicias del amor en familia y el tradicional villancico de Mariah Carey, tuneada de jovencita. Cierto es que muchos se reúnen por pura imposición del calendario, sin ganas, pero, a fin de cuentas, allí están, todos alrededor de la mesa, le pese al cuñado que le pese. La tradición es la tradición y en nuestro país está férreamente asentada.
Estar solo por pura elección es maravilloso, pero hay muchas personas que querrían tener compañía y no la tienen. Y en estas fechas se deben de sentir muy tristes. Según la encuesta del INE, de los nueve millones de personas mayores que hay en España cerca de dos millones viven solas. De estas, 850.000 personas tienen más de 80 años y el 78 % son mujeres. El perfil predominante es, por lo tanto, el de anciana sola de más de 80 años, y muchas de ellas no tienen a nadie en el mundo.
El otro día saltó la noticia, posiblemente falsa, de que una anciana, doña Mary, había fallecido en una estación de tren de México, tras tres años esperando que volvieran sus hijos a recogerla. Los hijos habían emigrado a los EE. UU. en busca de mejor fortuna y la madre se quedó durante este tiempo, confiando en su regreso, como la protagonista de la famosa canción En el muelle de San Blas, de Maná, esperó a su amor. Muchas personas ancianas esperan que sus familiares se acerquen a verlos y les den su cariño en el momento más vulnerable de su vida, pero a veces las visitas se espacian y reciben poco de ese cariño que tanto necesitan. Somos egoístas por naturaleza y anteponemos nuestros gustos y preferencias a estar pendientes de los mayores.
La atención a las personas mayores en la tercera edad es una cuestión de dignidad y de justicia social. La soledad no deseada se ha convertido en una de las grandes epidemias silenciosas de nuestro tiempo. En esta sociedad individualista, basada en la competitividad y en el ensalzamiento de la juventud, las personas mayores son un verdadero lastre para muchos, que optan por dejarlos a su suerte, sin reparar en sus necesidades, tanto físicas como especialmente emocionales. Muchos están solos en el mundo, han perdido a todos sus seres queridos. Los mayores necesitan también cariño, abrazos, socializar, sentirse importantes para alguien y que su vida tiene un sentido.
Muchos de estos mayores han enviudado, perdiendo así el referente más directo de su vida, sin el que se sienten en cierta medida cojos y desamparados. Estar solo por elección es maravilloso, sí, pero cuando es el resultado de las faenas que hace la vida y uno no lo desea, puede ser una cárcel, un peso que hace más penosa la ancianidad, por la pérdida de facultades y las limitaciones físicas y mentales que comporta. Combatir la soledad en la tercera edad requiere, además de políticas públicas, redes comunitarias y un compromiso activo de la familia y de la sociedad en su conjunto. Una sociedad no puede realmente progresar dejándose a la gente más vulnerable atrás. Y en estas fiestas, especialmente. Feliz Navidad a todos.