Burkas versus toples
"A ver si nuestros políticos se preocupan más de la vivienda, del paro y de la delincuencia juvenil, la inmigración incontrolada…, y menos de mujeres enfundadas en su antropología religiosa".

Mujeres con burka y niqab.
¿No estamos locos? ¿Sabemos lo que queremos? ¿Volver al medievo como si se tratara de una película distópica viajando hacia atrás en el tiempo? ¿La Cruz contra la Media Luna? ¿Las Cruzadas religiosas en pleno siglo XXI?
No teníamos bastante fuego amigo con la inmigración, y ahora echamos a la lumbre política la ropa del obligado recato islámico más conservador y atávico de lejanos tiempos integristas, no sé si para todavía creernos cristianos de los 4 dedos, diferenciados de otras religiones (judaica y coránica), o simplemente por liarla parda contra el burka y el niqab, incluso el pañuelo grande de cabeza, vestimentas cobertoras que envuelven a la mujer islámica hasta convertirla en un cono andante indiferenciado en edades, estéticas y personalidades. Se sabe qué hay abajo, pero no quién, porque eso, y desde que tienen uso y abuso de razón, sólo es propiedad de su amo y mandatario patriarcales.
Alicante y Valencia son provincias harto receptoras de población magrebí (nuestro periódico publica cifras elocuentes) que busca amparo y sustento en este supuesto paraíso europeo. Vienen con lo puesto, incluida la educación religiosa que posiblemente sea lo más difícil de transmutar tras una existencia vivida y criada bajo los preceptos del Profeta.
Colijo que exigirle a una norteafricana que se quite el burka al bajar del barco oranés podría sorprenderla y angustiarla tanto como a una española obligarla a quedarse en pelota picada toda vez que atravesara la frontera pirenaica. La cosa quedaría entre el voyerismo más baboso e indecente, o el expresionismo viejuno que daña la vista contemplando nuestra inalterable decrepitud humana con el paso de los años.
Vox, con su singularísimo neofeminismo, asegura que éstas prendas “simbolizan la sumisión de la mujer” y que deberá dictarse la prohibición de llevarlas en cualquier dependencia municipal, y a no tardar posiblemente en espacios públicos. Una barbaridad.
Cierto es que según el Derecho Internacional que cualquier ciudadano/a debe identificarse al pasar de un país a otro, y a ello no ayuda el taparse la cara como bandoleras al asalto de botines o aquellas antiguas leprosas desterradas de por vida al apartado lazareto, todavía hoy a ocultar obligadamente el rostro del resto (los infieles) por ser fisonomía propiedad de un padre o de un marido. Y es aquí donde la colaboración entre la policía de fronteras resulta más que necesaria.
En España tanto en puertos como en aeropuertos funciona una policía femenina (no sé si suficiente) encargada de tales menesteres averiguadores que obliga, además de presentar la documentación reglamentaria y regularizada, a las enfundadas, de lo contrario serán devueltas al país de procedencia, a quitarse cuantas prendas estimen convenientes y necesarias las específicamente encargadas agentes policiales gubernativas. Por lo cual, nadie debiera temer entradas delincuenciales; algo que por cierto y sensu contrario sí sucede con los hombres porque en sus nacionalidades de origen intentan “exportar” a lo peor de cada casa para no estar obligados a una vigilancia permanente de los malhechores habituales. Puente de plata.
María José Catalá y Luis Barcala necesitan la abstención de Vox para seguir gobernando. No parece que este asunto de vestiduras moriscas pueda acabar con la legislatura municipal, por mucho que en Madrid capital de España también se esté tratando la conservación generalizada del poder autonómico y municipal por los populares en la Generalitat y mucho municipio. Por cierto, en varios municipios catalanes y algún madrileño hace años que se prohibieron burkas y niqabs sin mayor éxito y revuelo que el generado por una decisión propia de la Reconquista y ya felizmente olvidadas en el cajón de las estulticias municipales.
Todavía recuerdo hace unos años cuando vi a dos mujeres árabes paseantes cogidas de la mano y disciplinadas con su burka reglamentario. Atrajeron tantas miradas, incluida la mía (lo siento), que debieron regresar apresuradamente a su barco para ponerse otro atuendo que cubriese su rostro de la frente a la nariz, pero sin las preceptivas rendijas burka desde donde debe verse el mundo como a través del ventanuco de una mazmorra.
Supongo que debió correrse la voz entre su paisanaje femenino (y consentimiento masculino) porque ya no pude observar alguna más obedeciendo el implícito mandato de los ayatolas. Otro detalle que me llamó la atención entre nuestras visitantes morunas eran sus incansables caminatas por el comercio alicantino atiborrando bolsas de artículos que probablemente fueran imposibles de encontrar en sus pueblos, fueran para ellas o para el núcleo familiar, especialmente niños/as. Pero jamás en la caminata diurna que suelo hacer desde mi casa en doctor Gadea al final del Postiguet me encontré por el paseo de la playa a ninguna árabe cubierta hasta la nariz, incluso con algún tipo de pañuelo reglamentario coránico supongo que porque las desnudeces occidentales debían parecerles pura obscenidad y desvergüenza, aunque fueran virtuosas madres sin incómodo sujetador y jugando con sus niños.
Releyendo hemerotecas he subrayado alguna noticia en la cual se pedía por parte de colectivos musulmanes que no se vendiese cerdo en las inmediaciones donde se acumulaba mayor población mahometana, incluyendo, por supuesto, las mezquitas. La contestación por parte de los consistorios fue muy clara: ustedes tienen autorizadas sus carnicerías “halal” según la norma islámica, pero no pueden prohibir nuestra acostumbrada alimentación tan rica en porcino. Como y en sentido contrario, tampoco se pueden prohibir actos colectivos islámicos en plazas y espacios públicos, siempre que se cumpla la normativa vigente.
Valencianos y perimetrales de la Comunitat siempre hemos vivido en paz con los islamitas (esencialmente argelinos y marroquíes) sin mayores diferencias que las de los respectivos atuendos. No entiendo a qué viene tanta algarabía discriminatoria por parte de los de Abascal, ni mucho menos que un partido liberal de centroderecha como el PP concurra discriminatorio con otros seres humanos de distinta religión. Y menos en los tiempos generalizadamente agnósticos por los que transcurrimos.
A principios del siglo XVII esta Comunitat Valenciana fue la más inclemente y déspota a la hora de expulsar a los moriscos, un tercio de su población total, ¿repetiríamos aquella ignominia que se llevó mucha mano de obra barata, pero y también médicos, científicos, artesanos y huertanos (dice el refrán: “esta huerta es un tesoro cuando quien la cultiva es un moro”?
A ver si nuestros políticos se preocupan más de la vivienda, del paro y de la delincuencia juvenil, la inmigración incontrolada…, y menos de mujeres enfundadas en su antropología religiosa y cultural que nada tiene que ver con la nuestra, pero no por ello menos respetable.