ESdiario

El mundo, esa jungla

"Nos hallamos ante un escenario desconocido para la humanidad. Una amiga se declara afortunada de vivir este momento de intenso cambio. Otros, más escépticos, nos mostramos preocupados ante la deriva."

Estudiantes con teléfonos móviles

Estudiantes con teléfonos móvilesXavier Lorenzo

Creado:

Actualizado:

En pocos años la vida ha cambiado de una manera radical, y el desarrollo tecnológico nos ha transportado a una nueva era, pero, a pesar de esta evolución, no hemos conseguido que nuestro planeta dejara de ser una jungla. El mundo siempre ha sido un lugar inhóspito, en el que las personas han luchado por sobrevivir y se han defendido como han podido de las adversidades. En eso seguimos como siempre, más tecnológicos, pero igual de primitivos en realidad.

Nos hallamos ante un escenario desconocido para la humanidad, que no sabemos hacia dónde evolucionará. Una amiga mía se declara afortunada de vivir este momento de intenso cambio en la Historia. Otros, más escépticos, nos mostramos preocupados ante la deriva que puedan tener las cosas: multinacionales a los mandos del poder global, control férreo de nuestros ingresos y gastos con la desaparición del papel moneda, aislamiento de las personas por medio de los móviles que frenan el contacto personal, teletrabajo, pandemias de laboratorio, dificultades para distinguir la realidad de la ficción gracias a la IA, aparición de nuevos delitos ligados a la tecnología… el panorama es incierto.

La inmediatez que exigimos en la respuesta a nuestros mensajes y correos es consecuencia del ansia que nos han generado con los dispositivos electrónicos. No podemos despegar la vista de la pantalla del móvil y cada vez nos cuesta más concentrarnos en otras tareas, como leer un libro, que se han vuelto aburridas. Las telecomunicaciones nos están permitiendo conocer hechos de toda índole en tiempo real, aunque estén sucediendo a miles de kilómetros. 

Por otra parte, ya nada ni nadie está a salvo de que se conozcan sus secretos más inconfesables, e igual tenemos una aspiradora en casa que manda imágenes de nuestra vivienda a un friki, al otro lado del mundo y nosotros sin saberlo. O alguien rastrea en Internet aquellas fotos de cuando éramos jóvenes y admitíamos que nos retrataran en cualquier circunstancia, porque no creíamos que, años después, desde el departamento de recursos humanos de una empresa fueran a rescatar, precisamente, ese vergonzante episodio de nuestra biografía, del que no nos acordábamos. 

Formamos todos parte de un gran escaparate, una especie de “show de Truman” enorme, en el que no nos podemos esconder. Si hablamos con nuestros amigos de realizar un viaje, el espía pagado que portamos todos en el bolsillo toma buena nota sin que se lo ordenemos y nos empieza a mostrar páginas web de atractivas escapadas. Pero escapadas adónde, si no se puede uno perder realmente en ningún sitio.

Lo peor del caso es que, para que no nos molesten, les damos a los niños una tablet desde su más tierna infancia, y así se están calladitos, en lugar de sacarlos a la calle a que se desbraven. Y algunos empiezan a ver páginas reservadas para adultos a una edad temprana, porque no tenemos la precaución de revisar lo que buscan; o se ponen a jugar en línea con quien dice ser un chaval de su edad, ignorantes de que puede ser en realidad un adulto con malas intenciones; y hay chicas de catorce se creen sexys por salir en ropa interior en una página de alguna red social. Los padres lo tienen especialmente complicado en estos tiempos.

Por otra parte, los medios de que disponemos en la actualidad nos facilitan el trabajo. En el mío, por poner un ejemplo, hemos pasado en veinte años de tener que buscar sentencias precedentes para apoyar nuestros escritos en unos tochos enormes de papel, año por año y con una fe inmensa, a obtener una respuesta afinada a nuestras consultas en cuestión de segundos en un clic, con el consiguiente ahorro de tiempo. Este avance es muy valioso e importante porque nos permite llegar más lejos, aunque entraña también no pocos riesgos, como tragarnos sin contrastar informaciones erróneas, sesgadas o anticuadas, sin ser muy conscientes de que la IA a veces también se inventa cosas.

En otras ocasiones, lamentablemente, la información incluye hechos que preferiríamos no saber, como las atrocidades cometidas por Epstein y su cohorte de degenerados, o los bombardeos indiscriminados de Trump -que, para chulo, él- cuando y donde le sale del alma. Como en un videojuego, alguien pulsa un botón y una ciudad desaparece, solo que en esa ciudad vivía gente, personas de verdad, de carne y hueso, y no avatares de una realidad virtual

Esa escena no se puede reiniciar. Al estar lejos, no nos impacta como si ese horror estuviera ocurriendo cerca de nuestra casa, y debido a esa distancia no le damos la importancia debida. Vemos a gente en Ucrania celebrando la triste efemérides del cuarto aniversario de la guerra y no nos causa el menor impacto. Son tantas las cosas terribles que nos hemos tragado gracias a los medios de comunicación, a lo largo de estos últimos años, que parece que estemos inmunizados y seamos menos empáticos que antes, cuando vivíamos en la era analógica y, aunque pueda parecer contradictorio, todo era mucho más sencillo.

tracking