Decir no a la guerra
"Los poderosos están en una escalada muy peligrosa, viendo quién es el más chulo del barrio, y la humanidad está sobre en un auténtico polvorín en estos momentos".

Manifestación de 'no a la guerra' en Valencia.
Decir no a la guerra es apostar por la vida y por la continuidad de este planeta. Es lo justo.
Decir no a la guerra es negarse a aceptar que haya países con más derechos que otros en el orden mundial, y que tenemos un jefe supremo que puede decidir sobre la vida y la muerte de toda la humanidad.
Decir no a la guerra es lo único sensato que podemos hacer, si queremos proteger a nuestros hijos de las ansias de poder de los más burros de la clase, a los que hemos dado los mandos del botón nuclear. El mérito, la formación y la capacidad deberían tener un peso específico en estos momentos y no solo la testosterona. Por cierto, nótese que no hay ninguna mujer entre esos grandes mandatarios.
Dicen los que se alimentan de eslóganes de películas que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, pero cabría una matización: un gran poder debería conllevar una gran responsabilidad, aunque estemos asistiendo a un claro ejemplo de que esto no es así en realidad. Los poderosos están en una escalada muy peligrosa, viendo quién es el más chulo del barrio, y la humanidad está sobre en un auténtico polvorín en estos momentos. De hecho, ya hay quien ha tirado una cerilla encendida a un secarral y ahora se sorprende de haber provocado un incendio.
Decir no a la guerra es reconocer que estamos consternados ante las barbaridades que están sucediendo en estos días, incluidos los asesinatos de niños -¿cómo se pueden quedar tan frescos, diciendo que han tirado por error un pepinazo a una escuela?-. Y también es negarnos a aceptar sin pestañear una realidad absolutamente descabellada, injusta, absurda, desquiciada y repugnante.
Decir no a la guerra es plantarse ante unos mequetrefes que lo único que hacen es mirar por sí mismos y por sus propios intereses, incluidos sus ansias de poder y la creación de una cortina de humo para sacar del foco mediático ciertas noticias pestilentes que les conciernen.
Decir no a la guerra no es un gesto simbólico, sino una obligación moral y jurídica, y es que no podemos normalizar la violencia y el uso de la fuerza. El Derecho Internacional nos da herramientas claras para negarla y exigir responsabilidades. Aceptar la guerra es renunciar a la vida humana y las normas que la protegen. Cada vez que bajamos la voz ante la violencia cedemos terreno ante quienes la usan como instrumento para hacer política. El uso de la fuerza entre Estados está prohibido por la Carta de las Naciones Unidas. Los Estados tienen que abstenerse de la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia de cualquier otro Estado.
Y esta prohibición no es teórica, sino que debemos seguir apostando por el Derecho Internacional como piedra angular del orden internacional contemporáneo, lo que incluye el respeto a las fronteras de terceros países y la no injerencia en los asuntos internos de estos. Desde Nuremberg, el inicio de una guerra ilegal se considera un acto punible. Hay responsabilidad penal por planear o ejecutar agresiones que violen la paz.
Oponerse a la guerra es exigir que los responsables no queden impunes. Atacar de la forma que se está haciendo, causando daños a civiles, es ilícito y pueden estarse cometiendo crímenes de guerra. Aceptar la guerra debilita las normas que protegen a todos los Estados y a los ciudadanos, que necesitamos que estén sólidamente amparados dentro del ámbito internacional.
Decir no a la guerra conlleva estar en contra de sus efectos, que han empezado ya a notarse, aunque tenga lugar a miles de kilómetros, como por ejemplo al llenar el tanque del coche de combustible, que se ha disparado. El Gobierno trata de contentarnos bajando el IVA al 10 por ciento, pero ¿por qué estaba al 21 por ciento hasta ayer mismo, siendo un bien de primera necesidad? En todo caso, la medida se agradece porque notaremos algo de alivio para el bolsillo.
Por otra parte, aunque el mundo esté en guerra y la escalada sea cada vez más peligrosa, no tiene sentido decir que los Presupuestos Generales de 2026 no se han publicado hasta ahora por este motivo, como dijo Sánchez la semana pasada. Es una excusa absurda, pero bien traída. Nuestro presidente tiene un arte y una imaginación increíbles a la hora de tratar de justificar lo injustificable, y en esto hay que reconocer que es un maestro.