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Juego sucio

Cada día andamos más desafectados de las tendenciosas y partidistas tertulias televisivas y radiofónicas

Pedro Sánchez y Ursula Von der Leyen

Pedro Sánchez y Ursula Von der Leyen

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“Abomino de lo que usted está diciendo, pero daría mi vida para que pudiera seguir haciéndolo”, es una de las frases (de autor/a discutidas) más tópicas, pero no por ello menos necesarias en el parlamentarismo y en el general devenir del contraste democrático.

Y en lo que afecta a la profesión periodística la desafección de una profesionalidad que cada día pierde mayores credenciales y respaldo en soportes populares por falta de la más mínima equidad: maniqueísmo puro y duro. Portavocía mezquina del partido al que se sirve. Ausencia de criterio imparcial (antes de que abran la boca de hacha ya sabemos lo que van a decir). Emborronar la información veraz con la opinión ideológica y, en definitiva, correveidiles (nunca mejor dicho) de la formación política que les sustenta.

Cuando yo empecé en esto, hace ya algunas décadas, existía un lema no escrito, pero mantenido a rajatabla por los ejercientes de la profesión periodídtica: “perro, no come carne de perro”, en referencia a que se podía plantear cualquier noticia o columna de opinión de manera diametralmente opuesta a la de otro medio de comunicación, pero nunca yendo a la yugular contra el reportero o cabecera donde le habían publicado. Había respeto y, si se quiere un tanto de solidaridad profesional absolutamente ajena con las descalificaciones, algunas soeces y malsonantes, que soportamos hoy en día para descrédito del imbécil pedantón que las emite creyéndose Dios, juez y parte de la verdad absoluta.

Poco menos, o poco más, hemos tenido que oír-leer, sobre todo desde los medios supuestamente de izquierdas, que había que prohibir al medio de comunicación opuesto y contrario, sea de derechas, de centro o ultra, como si todavía anduviéramos en los inquisitoriales tribunales de prensa nazis o soviets por aquellos encorajinados años 30 del pasado siglo, o los más recientes franquistas que vinieron después.

¿Qué culpa tendrán sus madres o las mandarinas?

Si fueran un poco más leídos, que al parecer sólo lo son de contratapa y de entradillas, algunos políticos y opinadores no tendrían que recurrir al insulto chusco para adjetivar al adversario/a. “Canalla”, “sinvergüenza”, incluso hijo de p… o su sinonimia fonética “me gusta la fruta” (¿qué culpa tendrán sus madres o las mandarinas?) suelen ser apelativos que escuchamos con frecuencia no sólo en el ámbito parlamentario nacional, sino y también en las Cortes Valencianas o en cualquier pleno municipal, como descalificaciones personales a falta de argumentarios contrapuestos, pero sólidos y documentados.

Los españoles, los valencianos (incluidos alicantinos y castellonenses – a veces hay que remarcarlo – por aquello de las tópicas animadversiones vecinales), cada día andamos más desafectados de las tendenciosas y partidistas tertulias televisivas y radiofónicas. Todavía no he encontrado una en el reino de los justos que empareje ideologías “fifty-fifty” tal y como se procuraba por aquellos directores de programas en aquella añorada Transición.

Ahora el juego sucio manejo argumental de la parte por el todo (Ábalos-Koldo, Bárcenas-Rajoy…), impera en tanta tribuna parlamentaria que no nos enteramos de sus tesis y antítesis respectivas. Y ya no digamos “coincidentes” porque eso, y al contrario de otros países democráticos, en España parece inaudito, contrariamente a lo que sucede en Inglaterra, Francia o Alemania cuando se tratan asuntos tan delicados como necesitados de consenso, léase la Dana, o el último cabreo que Ursula Von der Leyen tiene con Pedro Sánchez por los fondos europeos y la trapisonda del Gobierno español para distribuirlos a su conveniencia estratégica, y no hacia donde estaban destinados desde el fondo común de la Comunidad Europea, talmente en Bruselas se interpreta como “juego sucio” por parte de un Estado miembro de pleno derecho, pero finalmente trilero al jugar con las ayudas consensuadas en Bruselas. 

Imaginemos que todos hacen lo mismo en lo que nació como un Mercado Común, si bien ateniéndose a controles previamente especificados para cada cual. Europa pierde prestigio frente a China y Estados Unidos, y parte de culpa la tiene Pedro Sánchez por decantarse hacia los orientales, quienes no tendrán complejo alguno a la hora de abandonarnos frente a Donald Trump (irritado por sus bases en España, beneficio al que ya aspira Marruecos), y además por muy tonto, simple y soberbio que nos pueda parecer, sigue siendo el rey del mundo en ejércitos y dólares. ¿Qué falta hacía ir a tocarle los cataplines para volver a ponernos (ponerse él) en el mapa mundial?

Por ello el presidente valenciano Pérez Llorca ha puesto sobre el tapete autonómico el dinero pedido a Madrid, veremos cuánto le sisan por mor de comunidad traidora al socialismo (tal cual Andalucía), pero y además las partidas en las que sus conselleria es piensan gastarlo puntualmente. Lo problemático de todo esto es que debería existir un remanente suficientemente amplio porque nadie sabe lo que va a ocurrir mañana, sea en un barranco o con un virus.

Estamos haciendo a Montesquieu unos zorros con eso de la cortesía parlamentaria (educación), y la división de poderes que se respeten mutuamente; la crítica nunca debe ser chabacana, ni la imposición sin dialéctica previa y constructiva, democracia en el siglo XXI. Volvemos a las dos Españas a las que tan acostumbrados nos tiene la Historia. Mis abuelos y mis padres lo pasaron. Yo no quisiera.

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